Mundo de Dragones

Capítulo 8 — Un plan arriesgado

No perdimos tiempo. Antes de que la última lámpara terminara de estabilizarse, Sebastián ya había reunido a todos los que necesitábamos en la sala de estrategia: una habitación circular en las profundidades del castillo, dominada por completo por una mesa gigante sobre la cual descansaba una maqueta del reino entero, tallada en madera y piedra con un detalle tan minucioso que podía distinguir edificios individuales en la capital y hasta los senderos más pequeños del bosque que habíamos dejado atrás hacía apenas unas semanas.

El Rey, todavía vestido con las galas de la celebración interrumpida, presidía la reunión con una expresión que no dejaba lugar a dudas sobre lo furioso que estaba, aunque mantenía la voz controlada con el esfuerzo visible de alguien acostumbrado a gobernar por encima de sus propias emociones. A su lado, Alsfonso examinaba la maqueta con los brazos cruzados, y Sebastián se movía de un extremo a otro de la mesa, coordinando a un grupo de generales que hablaban todos al mismo tiempo hasta que una sola mirada suya los hizo callar de golpe.

—Necesitamos concentrarnos —dijo, con una autoridad que no había mostrado ante nosotros hasta ese momento, una autoridad que finalmente encajaba con el título que llevaba—. Tenemos poco tiempo, y cada minuto que perdamos discutiendo es un minuto que ellos usan para alejarse.

Busqué a Lucius entre la creciente actividad de la sala, extrañado de no verlo todavía, considerando que la coordinación de la retaguardia debería haber terminado hace un buen rato.

—¿Alguien ha visto a mi hermano? —pregunté, a nadie en particular.

—Reportó haber asegurado el perímetro trasero hace una hora —respondió uno de los soldados, sin levantar la vista de sus propias notas—. Probablemente sigue coordinando la limpieza de los últimos rezagos.

No le di mayor importancia en ese momento, aunque en retrospectiva, debí haber prestado más atención a la vaguedad de esa respuesta.

✦ ✦ ✦

—¿Qué sabemos hasta ahora? —preguntó el Rey, con la mandíbula tensa.

—El apagón fue provocado por un hechizo de supresión colocado con anticipación en el sistema de lámparas mágicas del salón y en el suelo —respondió uno de los generales, señalando un pergamino con notas apresuradas—. Sofisticado. Requirió acceso previo y conocimiento detallado de la red mágica del castillo. Esto no fue improvisado.

—Un trabajo interno, entonces —murmuró Alsfonso, con el ceño fruncido.

—O alguien con información privilegiada —agregó Sebastián—. De cualquier forma, confirma lo que ya sospechábamos, esto se planeó con mucha anticipación, y el robo de dragones probablemente formó parte del mismo plan desde el principio.

Sentí una opresión helada en el pecho al escuchar eso. Doce dragones robados en las últimas semanas, un pueblo entero aterrorizado por extorsión, y todo, aparentemente, apuntando hacia este momento exacto.

—Entonces todo fue una distracción —dije, casi sin darme cuenta de que hablaba en voz alta—. El robo de los dragones, los bandidos con la marca del toro y ahora este secuestro. Solo para desviar nuestra atención de lo que realmente querían.

Sebastián asintió, acercándose a la maqueta y señalando varios puntos distribuidos alrededor de la capital y sus alrededores inmediatos.

—Basándonos en los patrones de movimiento reportados durante las últimas semanas, y en la logística necesaria para trasladar a un rehén sin ser detectados, hemos reducido las ubicaciones probables a cinco puntos.

Señaló cada uno mientras hablaba: un almacén abandonado cerca del puerto comercial, una antigua mina en las colinas al norte de la ciudad, una granja aislada a varias horas de camino hacia el este, las ruinas de una torre de vigilancia olvidada en el límite del bosque, y una casona en desuso perteneciente, según los registros, a una familia noble caída en desgracia hacía generaciones.

—Tenemos cinco ubicaciones y un margen tiempo limitado —dijo mi Alsfonso—. Formaremos cinco equipos. Cada uno investigará un punto simultáneamente.

—Yo iré con el equipo de la mina —se ofreció Alsfonso, ya dirigiéndose hacia la salida con la confianza de alguien acostumbrado a tomar decisiones rápidas.

—Yo tomaré el almacén del puerto —añadió Sebastián.

Asignaron rápidamente el resto de los equipos, distribuyendo soldados, magos, y algunos aventureros de confianza reclutados a toda prisa del gremio —entre ellos, para mi sorpresa genuina, Liz, que insistió en unirse a pesar de las protestas iniciales del capitán de la guardia.

—No pienso quedarme sellando pergaminos mientras ustedes dos arriesgan el pellejo —había dicho, cruzándose de brazos con una terquedad que no dejaba espacio para discusión, hasta que finalmente le asignaron un puesto en el equipo de la granja.

—Kael, tú vendrás conmigo y con el equipo que revisará la casona abandonada —decidió el Rey, con un tono que no admitía discusión—. Tu conexión personal con esto te da motivación, pero también te vuelve un riesgo si actúas sin pensar. Necesito que sigas órdenes.

—Entendido.

No estaba del todo seguro de poder cumplir esa promesa, pero la hice de todas formas.

Antes de que el grupo se dispersara del todo, uno de los generales alzó la voz una última vez.



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En el texto hay: aventura, magia, dragones

Editado: 11.09.2026

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