Narrado por Jayden
La casa ya no duerme.
Desde hace tres noches, todo cruje. Las vigas se quejan como si recordaran un peso antiguo, como si el eco de los pactos pasados estuviera cargando de nuevo sobre sus márgenes. Y yo, que he visto a Charlotte transformarse en palabra viva, que he sentido a Dylan hablar sin mover los labios y a Alicia escribir con tinta que no proviene de esta realidad, empiezo a comprender que el final no es un final.
Es un cruce.
Y estoy parado frente a él.
Hoy encontré un nuevo cuaderno. No lo escribí yo. Tampoco Charlotte. Estaba en la biblioteca, entre dos libros que nunca había tocado. Era viejo, de cubierta de piel vegetal, y olía a tierra. Dentro, había dibujos de puertas.
No de puertas físicas. Puertas mentales. Emocionales. Simbólicas. Cada una marcada con una palabra: Perdón. Furia. Recuerdo. Miedo. Nombre.
Esa última me heló la sangre.
"El Nombre es el umbral. Saberlo... es entrar. Decirlo... es desaparecer."
Charlotte también lo vio. No me lo dijo, pero su silencio fue suficiente. Ella lo ha sentido. El Nombre está cerca.
Y pronto alguien lo pronunciará.
Thomas está más callado que nunca. Carga el peso de algo que no dice. Lo observo caminar por la casa como un guardián silencioso, un obelisco en movimiento. Ha aceptado su lugar en la estructura, pero eso lo está quebrando por dentro.
Alicia llora en las madrugadas. La escucho desde mi cuarto. No la consuelo. No porque no quiera, sino porque sé que cada lágrima que suelta es parte de lo que debe recordar. Ella no está quebrándose. Está restaurando memorias prohibidas. Cosiendo el tiempo.
Samanta aparece y desaparece. La niebla se ha vuelto parte de su sombra. A veces hablamos y no estoy seguro de que realmente esté ahí. Es como conversar con el borde de una revelación.
Dylan apenas duerme. Escribe códigos que se activan solos. Dice que el Nombre está hecho de cinco sonidos que no se pueden pronunciar en secuencia sin provocar una fractura.
Y Charlotte...
Charlotte ya no es sólo Charlotte.
Hoy me habló de su decisión.
—Voy a dejar que el Corazón hable por completo —dijo—. No un fragmento. No una visión. Todo.
—¿Y el precio? —pregunté.
Ella me miró con esa mirada que ya no necesita ojos.
—El precio es el Nombre.
—¿Vas a decirlo?
—No yo.
Esa respuesta me sacudió.
Esa noche, todos nos reunimos. Por primera vez desde que la Raíz floreció, estuvimos en la misma habitación. En círculo. Con velas encendidas. Con la piedra palpitando bajo nuestros pies.
Charlotte nos miró a cada uno.
—Voy a mostrarles algo —dijo—. Y después, uno de ustedes elegirá si cruzamos del todo.
No nos preguntó si queríamos. No hizo falta. Ya no estamos aquí por voluntad. Estamos porque el tejido nos eligió.
Ella abrió el cuaderno que había encontrado. Y comenzó a leer.
Pero no en voz alta.
En mente.
Todos lo escuchamos.
Una historia que no era historia. Un antes del tiempo. Una voluntad que quiso nombrarse y, al hacerlo, se dividió en miles de partes.
Nosotros...
éramos esas partes.
El Nombre era la unidad perdida.
Terminado el relato, la piedra se abrió. De su interior, emergió una esfera de raíz y luz. Palpitaba con un ritmo que no era terrestre. Y desde su centro, cinco notas resonaron. No sonidos. Sensaciones puras.
Y una frase:
"Uno debe decirme. Uno debe perderse para que los demás sigan."
Nadie habló.
Nadie se ofreció.
Hasta que Charlotte tomó mi mano.
—Tú ya lo conoces. Siempre lo supiste. Desde que abriste el primer libro. Desde que entraste a la casa. Eres el archivo. El testigo. El puente.
Negué con la cabeza.
—No soy tan fuerte.
Ella sonrió.
—Precisamente por eso.
Pasé la noche con el Nombre en la punta de la lengua.
Dormí abrazado a mi cuaderno.
Soñé con un mundo sin lenguaje. Sin historia. Sin carga.
Un mundo mudo.
Y comprendí que nombrar... es crear.
Y también cargar.
Cuando amaneció, me senté junto a la esfera.
Todos estaban allí. Nadie dijo nada.
Respiré hondo.
Y pronuncié el Nombre.
No como palabra.
Como acto.
Como renuncia.
Como verdad.
Todo se volvió blanco.
Luego rojo.
Luego sonido.
Y después...
Solo calma.
No recuerdo exactamente lo que vi.
Pero sé que cruzamos.
Sé que la Raíz ahora respira a través de nosotros. No como una fuerza invasora, sino como una historia que ya no quiere ser contada desde afuera.
Charlotte me abrazó.
Y en su silencio, entendí algo que ningún libro me habría enseñado:
Al final, no importaba quién lo dijera.
Importaba que alguien...
tuviera el valor de recordar su verdadero nombre.
Editado: 08.07.2025