Narrado por Alicia
Nunca creí que fuera a escribir esto. O recordar esto. O sobrevivir esto.
Hay una sensación después del pliegue que no sé describir bien. No es paz. No es alivio. No es claridad total. Es como si algo en mí estuviera respirando por primera vez, pero en lugar de oxígeno, inhalara verdad.
Y la verdad arde.
Cuando salimos del pliegue, o mejor dicho, cuando el pliegue nos devolvió al mundo, algo era diferente. No había cielo. No había suelo. No había arriba ni abajo. Todo era un centro. Todo era ahora. No podía mirar a Charlotte sin querer llorar. No podía ver a Jayden sin querer abrazarlo y a la vez empujarlo lejos. No podía tocar mi propia piel sin sentir que me pertenecía por primera vez.
No hablamos. Durante horas. ¿Minutos? El tiempo no tenía sentido allí. Coral decía que esa parte del pliegue era el eco. Lo que no se había dicho. Lo que no se había llorado. Lo que no se había amado lo suficiente como para dejarlo ir.
Yo lo sentí en el pecho. Una presión dulce. Como una carta sellada que por fin se puede abrir.
Cuando volvió el mundo, lo hizo despacio. Primero la tierra. Luego los sonidos. Luego los cuerpos. Éramos los mismos, pero no éramos iguales.
Esa noche, me aparté. No por huir, sino porque necesitaba hacer una pausa. Mi cuerpo estaba lleno de voces. De memorias. De cosas que no había querido ver.
Me senté frente al fuego que encendimos juntos. Todos dormían o fingían dormir. Jayden respiraba hondo. Thomas estaba cerca de Charlotte. Coral dormía con una sonrisa diminuta en los labios, como si soñara con cosas que nosotros aún no podíamos entender.
Miré las llamas. Pensé en mi madre. En sus silencios. En la vez que me encontró llorando en el baño y solo dijo "sé fuerte". Pensé en lo que significa ser fuerte. Pensé en todas las veces que fui cruel por no saber pedir ayuda. Pensé en esa versión de mí que sonreía cuando quería gritar. En la que amaba sin decirlo. En la que torturaba en los sueños y lloraba al despertar.
No hay redención en el pliegue. Solo espejo.
Y sin embargo, esa noche, frente al fuego, puse mis manos cerca de las llamas y dije mi nombre en voz baja:
—Alicia Branden.
Y sentí que algo dentro de mí se alineaba. No para borrar lo que fui. Sino para sostenerlo con respeto.
Al día siguiente, Coral propuso que camináramos sin destino. Que el bosque nos guiara. Charlotte asintió. Jayden también. Todos sabíamos que aún no habíamos terminado.
La caminata fue larga. Pero no dolía. Cada paso era una liberación lenta. Los árboles parecían inclinarse para escucharnos. Las piedras vibraban leve bajo los pies.
Nos detuvimos en un claro donde había un árbol blanco. Literalmente blanco. Como si hubiera sido pintado por el viento. Coral dijo que ese era un lugar de memoria. Que allí podíamos dejar algo si queríamos. Algo que ya no debíamos cargar.
Thomas fue el primero. Dejó una pulsera rota.
Jayden, una hoja de papel en blanco.
Dylan, una cuerda hecha trizas.
Charlotte dejó una piedra con una palabra que no alcancé a leer.
Yo dejé una de mis pulseras. La negra. La que usaba desde que tenía trece. La que me recordaba que no debía confiar. Que amar era peligroso. Que mostrarme era exponerse.
Cuando la coloqué al pie del árbol, no sentí alivio inmediato. Pero sentí algo romperse. Como un hilo tenso que por fin se soltaba.
Coral dijo:
—Nada se pierde. Todo se transforma. Incluso el miedo.
Y por primera vez, le creí sin resistirme.
Esa noche, Jayden vino a hablar conmigo. Caminamos en silencio. Luego nos sentamos a la orilla del río.
—Tu mirada ha cambiado —me dijo sin rodeos.
—La tuya también —respondí.
Hubo un momento largo de pausa.
—Quiero que sepas que te veo. No por lo que hiciste o no hiciste. Sino por lo que cargas. Y lo que sueltas. Y lo que decides sostener aunque duela.
No supe qué decir. Sentí ganas de llorar, pero no lo hice. En vez de eso, le tomé la mano. No como gesto romántico. Como testimonio.
—Gracias por quedarte cuando ni yo me quedaba conmigo.
Jayden asintió. No necesitaba decir más.
El río seguía su curso. Nosotros también.
Esa fue la primera noche en que soñé con luz. No con tormentas. No con puertas. No con gritos. Una luz inmensa que no cegaba, solo contenía.
Y al despertar, supe que mi historia no empezaba en el dolor. Ni terminaba en él.
Mi historia empieza ahora.
Y lo que arde... no se olvida.
Pero ya no duele igual.
Editado: 08.07.2025