Narrado por Jayden
La libreta ya no me pesa. No la uso para protegerme. Ahora es una compañera. Un testigo. Y, a veces, un espejo.
Escribo porque me nace. Porque hay cosas que quieren quedarse. Pero ya no tengo miedo de olvidar. El olvido también tiene su sabiduría: guarda lo que debe reposar. Y guarda espacio para lo que viene.
Hoy amaneció distinto. El cielo era azul, sí, pero un azul nuevo. Como si alguien lo hubiera reescrito con menos miedo. Charlotte fue la primera en notarlo. "Es el mismo azul del sueño", dijo. Nadie le preguntó cuál sueño. Todos sabíamos a cuál se refería.
Desayunamos lo poco que teníamos. No por necesidad, sino por costumbre. Coral dijo que pronto estaríamos fuera del pliegue. No lo dijo con tristeza ni con entusiasmo. Lo dijo como quien observa una puerta abrirse y no teme lo que hay del otro lado.
Thomas preguntó si volveríamos al mismo lugar de antes. Coral negó con suavidad.
—Nada vuelve a ser igual. Ustedes tampoco. Así que ese "antes" ya no existe.
Me quedé pensando en eso mientras recogía mis cosas. No porque tuviera muchas, sino porque quería honrar el acto de cerrar. De cuidar. De llevar lo necesario.
Alicia guardó una piedra. Charlotte dobló una flor seca. Dylan llevó un trozo de tela. Coral se quedó con las manos vacías. Como siempre. Porque ella lleva dentro todo lo que necesita.
Caminamos en silencio.
El bosque se fue abriendo. Como si se despidiera con respeto. Había un canto lejano. No sabía si eran aves, o el mismo pliegue cerrándose desde atrás. El viento nos acariciaba. No nos empujaba. Nos reconocía.
Llegamos a un claro. Allí había una puerta. De madera. Antiguamente real. No un portal luminoso ni un vórtice vibrante. Una puerta sencilla, con la pintura descarapelada, como las que hay en las casas donde la gente aún cree en milagros pequeños.
—Ésta es la salida —dijo Coral.
—Ésta es la entrada —corrigió Charlotte.
Y todos sonreímos.
Uno a uno, cruzamos. No hubo despedidas. No eran necesarias. El pliegue no nos echaba. Nos devolvía. Como un corazón que, tras una contracción profunda, vuelve a latir hacia afuera.
Al otro lado, el mundo era reconocible. Pero no igual.
El aire sabía distinto. Las formas eran más nítidas. El tiempo... el tiempo había cambiado. No sabría decir si habían pasado semanas, meses o años. Pero nuestras sombras tenían otra textura. Nuestra piel respondía al viento como si lo entendiera.
Nos abrazamos. No como quienes temen perderse, sino como quienes se reconocen. Coral nos miró por última vez.
—Aquí comienza la segunda travesía. La de traer lo aprendido. La de no olvidar.
Y se fue. No en cuerpo. En vibración. Como si se disolviera en el aire. No hubo drama. Solo certeza.
Los primeros días en el mundo fueron raros. Las personas a nuestro alrededor parecían no haber notado nuestra ausencia. Pero algo en sus miradas cambiaba al vernos. Como si recordaran algo sin saber qué.
Volvimos a nuestras casas. A nuestras rutinas. Pero ninguno fue el mismo. Charlotte reanudó sus estudios, pero ya no buscaba respuestas. Buscaba resonancias. Alicia empezó a escribir canciones. Algunas con rabia, otras con ternura. Thomas comenzó a hablar más con su madre. Dylan, de forma inesperada, abrió un pequeño taller donde enseñaba a otros a reconocer su propia voz.
Yo seguí escribiendo. Pero ahora también hablaba. Leía mis textos en voz alta. Grababa mi voz. Me escuchaba. Porque quería reconocerme.
Una noche, meses después, volvimos a reunirnos.
Fue idea de Charlotte. En la misma casa. En el mismo patio. Cada uno llegó por su cuenta. Con algo para compartir. Con algo para callar también. Encendimos un fuego. Nos sentamos en círculo. No por imitación. Por memoria.
Hablamos de lo que dolía. De lo que sanó. De lo que no entendimos. De lo que nos sigue doliendo.
Y cuando hubo silencio, leí esto:
"Donde empieza el mundo no hay mapas. Solo huellas.
Las dejamos sin saber. Las seguimos sin certeza.
Pero hay momentos en que el suelo responde, en que el viento se alinea, en que los rostros frente a ti se iluminan porque saben, sin decir, que has llegado.
El mundo no empieza con una explosión. Empieza con una mirada.
Y en esa mirada, hay casa. Hay pliegue. Hay pulso. Hay todo."
Nadie aplaudió. No hacía falta. Thomas me puso una mano en el hombro. Alicia respiró hondo. Dylan asintió. Charlotte sonrió con los ojos. Y supe, en ese instante, que habíamos hecho algo importante:
Nos habíamos traído de vuelta.
Y el mundo... el mundo también había cambiado.
Porque donde alguien vuelve con el corazón intacto, el mundo aprende a latir distinto.
Editado: 08.07.2025