Tenía demasiadas cosas en la cabeza; quería saberlo todo, absolutamente todo, pero había sido interrumpida.
—Señorita, en veinte minutos debe estar lista. La están esperando en la sala de estar.
—Está bien, Lola, ya bajo.
Tenía que saber sobre Gilbert, tenía que saber más que una simple mención. ¿Por qué había vuelto? Volví a colocar el diario en el mismo lugar y, ya lista, me dirigí a donde me esperaban.
Lo que mis ojos vieron fue a Gilbert, quien hizo una reverencia.
—Tenemos que irnos, ya se nos hace tarde para ir al Garnier.
Hoy era un día decisivo. Un día más tranquilo que la vez pasada. De quince, solo elegirían cinco esta vez. Hoy debía mostrar más audacia, más inspiración; hoy tenía que brillar mucho más que antes.
Bajamos del auto y, frente a mí, estaban Loty y Low, quienes lucían preciosos. Entramos al salón donde nos cambiábamos y dejábamos nuestras cosas juntos.
—¿Están listos? —preguntó Loty.
—¡Claro!
—A eso vine, a ganar.
—Estaremos los tres dentro de los cinco —respondió Low.
—Y así también en su corazón —musitó Loty, logrando que Low se sonrojara.
—¿Ah, sí? ¿Te gusta alguien? —pregunté.
—Lo sabrás en su momento.
—Oh, vamos… ¿por qué no le dices que te mueres de amor por mí? —dijo Loty riendo, haciéndonos reír también.
—No serían mala pareja —confesé.
Se escucharon pisadas y todos volteamos hacia la puerta. Yo seguía colocándome las zapatillas cuando sentí un silencio sepulcral. Me puse de pie al ver el rostro de horror de Loty y la confusión de Low, lo que me obligó a girarme.
Y entonces lo vi.
Malakai.
La diferencia de tamaño entre él y yo era notoria. Me recorrió de pies a cabeza con la mirada, haciéndome sentir diminuta.
Su piel era tan clara y lechosa que el tono rosado de sus mejillas le daba un aspecto macabro al tenerlo tan cerca. Se podía decir que de joven fue un hombre encantador, pero ahora generaba una necesidad instintiva de huir.
—¿Así que eres una Dumont? —dijo con desdén—. Solo te recuerdo una cosa, niña: el que seas hija de Madame no te asegura nada aquí. No pienses que por ser una mocosa privilegiada obtendrás las cosas fácil. Mira a tu alrededor.
Obedecí.
—¿Crees que ellos están aquí para perder su tiempo? ¿Crees que tu apellido es dueño de esto?
Se acercó aún más, erizándome la piel.
—Este lugar se lo merecen otros, no tú.
Se giró y se fue, dejando el ambiente cargado de miedo.
Pero no me quedé callada.
—En algo tiene razón.
Se detuvo al oír mi voz, sin voltearse.
—Mi apellido no es dueño de esto, ni mucho menos estas personas vinieron a perder su tiempo. Todos vinimos con un propósito: ganar. Me vaya hoy o llegue a la final, siempre haré las cosas correctamente, porque sí, soy privilegiada, pero mis triunfos son fruto de mi esfuerzo. Así que, mientras esté aquí, le demostraré que no estoy donde estoy por casualidad.
Siguió su camino como si nada hubiera pasado.
—Cada vez que ese hombre está cerca me da miedo —dijo Loty—, es como si de su cuerpo salieran murciélagos invisibles.
—No seas exagerada —respondió Low—. Solo es de carácter fuerte.
—No exagero. Además, todos sabemos que los alemanes siempre tienen algo siniestro. Yo, en tu lugar, Aurora, lo evitaría.
—Te daría la razón, pero vine aquí a ganar. No puedo demostrar miedo; los débiles siempre son carnada. No vine a hacer enemigos, vine a competir.
Voz omnisciente
Las personas se acomodaban en el teatro para presenciar cada presentación. En algo tenían razón Malakai y Aurora: ella tenía reconocimiento gracias a su apellido, pero todo lo hacía limpiamente. Luchaba cada paso y se esforzaba para ser seleccionada.
Cada presentación era impecable. Todos tenían lo suyo, y eso no se podía negar.
Si en la primera selección se habían esforzado, esta vez lo hacían el doble. Todos querían ganar.
Sofía fue la siguiente en pasar.
Con la fiereza reflejada en el mentón en alto, era una de las competidoras más talentosas y egocéntricas que habían pasado por el Garnier después de Madame. Hizo una reverencia y comenzó el espectáculo.
Vestía un tutú azul eléctrico y alas de cisne blancas adornaban su peinado pulcro.
El lago de los cisnes inundó el lugar.
Sus movimientos eran delicados y seductores. Piruetas dobles en puntas, brazos extendidos, saltos al viento, un grand jeté en arabesque que hizo estallar los aplausos. Buscaba ser la mejor y lo sabía. Su mirada se dirigió a los jueces, pero también a Malakai, como si declarara su victoria.
Loty, Low y Aurora lo entendieron: Sofía quería ser elegida.
Se retiró lentamente y, al pasar junto a Aurora, soltó una risita burlona.
Hazlo mejor que yo.
Aurora sintió rabia, pero sabía que la competencia no se gana reaccionando. El más débil es quien se deja provocar.
Loty y Low siguieron. Su coreografía era conjunta, pero cada uno brillaba por sí mismo. Eran impecables. Una obra teatral donde dejaron cuerpo y alma. Low sostuvo a Loty en el aire, bajándola lentamente, con las miradas conectadas, mientras el público aplaudía.
Juntos eran magníficos.
Y finalmente, Aurora.
Entró vestida en tonos que evocaban un atardecer. Era como un cielo incendiado tras la lluvia. Su presencia eclipsaba todo. El público guardó silencio.
Sus ojos se cruzaron con los de Malakai, impasible.
La música comenzó.
Aurora se olvidó del mundo.
Giraba, saltaba, danzaba. Tenía a todos atrapados.
Estaba interpretando la misma presentación de Lilith. La que había despertado el interés de Malakai años atrás.
Madame, entre el público, lloraba.
Aurora no lo sabía. Solo danzaba.
Una pirueta lenta, en puntas, brazos extendidos. Un desafío.
Un final perfecto: el sueño.
Salto. Giros. Sincronía.
Se detuvo, alzó el rostro e hizo una reverencia.
El silencio fue roto por un aplauso seco, seguido de una ovación.
Sus ojos se encontraron nuevamente con los de Malakai, que la miraba irreal, consciente de una sola cosa:
Ese dominio del cuerpo…
solo lo tenía alguien que él había conocido muy bien.
El mundo es un rompecabezas y tú eres la ficha faltante.