Muñequita de porcelana

Eligiendo

Había dejado a Low en su casa y regresé a la mía. Me quité la ropa, me metí en la bañera y empecé a llorar. Tenía mucho dolor comprimido: tantas cosas juntas… mi madre; Malakai, que ahora resultaba ser mi padre; no saber nada de Loty; mi familia; y la pelea de hace un rato.
Tenía tanto por llorar, tanto por sacar.
Mi vida era una completa mentira. No era lo que yo había imaginado.
No.
Mi vida había sido moldeada de esta manera.
Voz omnisciente
Ya sabíamos que las cosas se le habían vuelto complejas a Aurora. Alejandro había complicado todo aún más.
¿Por qué seguía interfiriendo en su vida?
¿No se suponía que iba a casarse con alguien más?
Cada vez que se encontraba con alguno de sus tíos trataba de escabullirse; no se sentía lista para mirarles a la cara, y ahora mucho menos al comprender la magnitud de las cosas. Era como si todo se hubiera puesto de cabeza de un momento a otro.
Aurora no sabía que Malakai ahora se culpaba por haberse marchado sin justificación y buscaba redención. Él sabía que los ojos que ella tenía eran iguales a los de Lilith, pero también eran los de una Dumont; nunca imaginó que el amor que sintieron años atrás diera como resultado a Aurora.
Indagaba en la perfección de la última presentación. Solo él conocía esa manera de ser, porque él era así.
En su habitación, reía en medio del llanto. Solo se preguntaba:
—¿Dónde estaba Lilith?
Se cambió de ropa y se dirigió directamente al comando donde se encontraba al mando William Dumont. Los soldados estuvieron alertas mientras avisaban de su visita, ya que no esperaban que un alemán tuviera el descaro de entrar en un cuerpo del ejército francés.
Cuando William recibió la noticia, preparó su arma, colocándola en el cinturón, listo para disparar si era necesario. La tensión se volvió palpable; William no dudaría en actuar.
Malakai había ido en son de paz; solo quería hablar. La visita de Aurora al hotel donde se hospedaba lo había dejado estático. Fue un golpe de realidad que no tuvo diecinueve años atrás.
William se reía al enterarse de que los Valoy y los Dumont tenían lazos de sangre. No podía creer que su sobrina hubiera sido tan ingenua como para enamorarse. Le parecía un mal chiste.
El enojo lo llevó a accionar el arma, apuntando al rostro de Malakai.
—Mátame y sabrás que has vuelto a condenar a tu país.
Esas palabras detuvieron las balas que estuvieron a punto de salir, porque aquello no solo afectaría a las familias, sino a dos países enteros.
William dejó la pistola sobre la mesa, intentando pensar, pero sus impulsos le ganaron. Lanzó un derechazo al pómulo derecho que hizo sangrar la boca de Malakai al instante.
Él no intervino. Sabía que, si seguía vivo, era por Lilith. Ella jamás, por más lastimada que estuvo, reveló su nombre. Prefería que muriera solo en su vejez, porque el amor que sentía era inefable. De alguna forma, los golpes que siguieron eran su redención, y los aceptó sin restricciones.
William se contuvo; si continuaba, iniciaría una nueva guerra.
Malakai fue levantado por los soldados y, antes de irse, dijo:
—Busquen donde deseen y hagan justicia, porque me equivoqué una vez… pero esta vez no.
Y sin más, salió del lugar, habiendo dicho todo lo que vino a decir.
Faltaba aproximadamente una hora para que comenzara la final. Las empleadas habían preparado a Aurora, dejándola como una muñeca. Llevaba el cabello recogido, un tutú plateado con cisnes de encaje incrustados en la vestimenta, tul blanco brillante y zapatillas del mismo tono.
Tocaron la puerta. Entró Madame.
—No es momento para una reunión familiar —respondió Aurora.
—Déjennos solas.
Las mujeres acataron la orden y salieron de la habitación.
—¿De qué quieres hablar? Ya tenemos que irnos.
—No tienes que castigarnos con el látigo de la indiferencia.
—Creo que eso no significa nada después de lo que le hicieron.
—Me equivoqué, ¿okey? Lo dije, y no me voy a negar a algo que está escrito ahí. Pero entiéndeme: estaba llena de rabia. Ella se negaba a hablar con nosotros. Éramos su familia.
—Familia que la trató mal en el momento más duro.
—Fue duro para todos. Teníamos una guerra y…
—No me importa, ¿okey? Ahora lo único que importa es ganar, para ver si así sigues con tu digno apellido. Pero conmigo ya no más. Con todo lo que leí, me mataron… y tú también me mataste. Quien es capaz de hacer eso es una mujer que no quiere absolutamente a nadie.
—Quizá fui dura. Quizá la ambición y el poder me cegaron, pero tu madre y tú son mis niñas.
—Entonces, ¿no te importa que sea una Valoy? ¿No te importa que el hombre que tanto desprecias sea mi padre?
Esperaba verla sufrir, pero solo me miró con lástima.
—Ya lo sabíamos. Y aun así te amamos y te seguimos amando. Tu madre estaba sumida en la tristeza y solo vio lo malo. A pesar de todo, te cuidamos. No nos importó la sangre. Siempre serás nuestra Rory. Aunque tu madre hoy no esté, yo traté de cuidarte, curé cada herida, disfruté tu tiempo. No tuve hijos, pero me volví madre. Tus llantos, risas y alegrías son el mejor premio que la vida me dio —se acercó llorando—. Tú siempre serás el cielo de mi tempestad.
Aurora no podía odiarla. Ese sentimiento no se borraría, aunque deseaba creer que lo que estaba ocurriendo era real y, por una vez, bueno.
El Garnier estaba lleno. Todos habían venido a conocer al nuevo ganador. Solo quedaban tres participantes.
Low aún estaba herido por los golpes propinados por Alejandro.
¿Loty? Aurora buscaba entre el gentío, pero no estaba. No imaginaba que Loty no se encontraba allí… ni llegaría.
Dentro del salón aún tenía la esperanza de verla aparecer, pero solo encontró a Low, quien fue a brindarle su apoyo. Había sido descalificado, pero para él todo había valido la pena: no permitiría que su amiga fuera lastimada por alguien tan insignificante como Alejandro.
Se abrazaron.
—No debemos esperar a Loty —le susurró—. Se ha ido.
¿Loty se iría sin decir nada? No lo sabía. Sentía que algo grave tuvo que haber ocurrido para marcharse así.
Entonces sus ojos se cruzaron con los de Sofía, cargados de arrogancia y desprecio.
—Sofía y Aurora serán las primeras en pasar. Será un duelo.
Había practicado con Loty, pero Sofía no era ella. Sofía podía usar cualquier recurso para ganar.
—Mejor que el otro joven pase primero. Él es uno y nosotras dos. No suena equitativo —respondió Sofía con una sonrisa irónica.
La gente buscó asiento. La música comenzó a fluir; la orquesta era una exquisitez. El joven salió a dar lo mejor de sí. Sabía que no tenía el nivel de ellas, y ese fue su mayor error: dudar de su propio potencial. Su presentación terminó entre aplausos.
—Con ustedes, Sofía y Aurora. Lamentablemente será el último show de la tarde. Se nos ha informado que Loty no pudo participar por un percance familiar, y Low fue eliminado tras haber sido golpeado días atrás. Esperamos su pronta recuperación. Demos un fuerte aplauso a nuestras chicas.
Ambas vestían igual, pero en colores opuestos: blanco y negro, el bien y el mal, el cisne blanco y el cisne negro.
Sería un duelo a muerte, dejando cuerpo, alma y sudor.
El silencio fue absoluto hasta que la orquesta comenzó a tocar El Cascanueces.
Sus extremidades se sincronizaron; parecían reflejos. Saltos, giros limpios, dos cuerpos que se movían como uno solo. La lucha por demostrar quién era la mejor se volvió intensa. Sofía atrapaba miradas con sensualidad; Aurora regalaba equilibrio y respiración.
Frente a frente, espaldas conectadas, piruetas dobles en pointe, brazos extendidos, vueltas interminables.
El éxtasis era total.
Casi al final, ambas ejecutaron el gran jeté en arabesque. Dos muñecas giratorias dentro de una caja musical.
Aurora abrió los ojos y vio a Malakai observándolo todo.
Y al cerrar la pieza, regaló un tempo de cabriolé que hizo estallar al público en furor, demostrando que, cuando decía algo, lo conseguía.




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