Muñequita de porcelana

Ballet

Low, después de haber sido descalificado, sabía que aquello le afectaría, pero no quiso decírmelo. Se esforzaba por mantenerse tranquilo; los golpes aún eran notorios y, aunque algunos días se quejaba, fingía que no pasaba nada. Era uno de los amigos más hermosos que la vida y el ballet me habían regalado.
Había ganado la competencia y Sofía había quedado en segundo lugar. Como dije antes, todos estábamos allí por un objetivo: ganar. Desafortunadamente, solo podía haber un vencedor, y esa había sido yo.
Loty… aunque la conocí por poco tiempo, me dolía profundamente que se hubiera ido sin despedirse, sin dejar una carta. Nada me había afectado tanto. Mi corazón le tenía un cariño inmenso. Low me dio la noticia unos días antes de la final y supuse que su país la necesitaba. Solo esperaba que, dondequiera que estuviera, nos recordara como nosotros a ella.
Me encontraba en la casa de Low. Sabía que eran originarios de Croacia, pero residían en París desde hacía muchos años. Sus padres también habían pertenecido al mundo de las competencias; quizás ellos conocieron a mi madre. Low hablaba poco de ellos y eso me entristecía. Algunas personas tenían a sus padres juntos, pero no se amaban de la forma correcta. En mi caso, me dolía haber descubierto por mis propios medios que Malakai era mi padre. La vida que conocía no era lo que creía. Aun así, debía asumirlo.
Mientras observaba la mansión —una de las más hermosas que había visto en París—, un cuadro captó toda mi atención: un lago cubierto de flores, una fuente de agua cristalina y, en el centro, una bailarina detenida en una pose perfecta. Me sentí hipnotizada.
—¿Te gusta? —preguntó la madre de Low—. Mi esposo lo pintó hace catorce años. Quiso unir el ballet y el arte.
No supe qué responder. Me sentía halagada… y extrañamente inquieta.
Más tarde, Low me tomó de la mano y me condujo por la mansión hasta una enorme puerta dorada. El ambiente cambió. Las luces eran tenues, el aire pesado.
—Mi querida Aurora Dumont —dijo su padre—, gracias por honrarnos con tu presencia. Quiero mostrarte mi obra más preciada.
Avancé con cautela. Entonces las luces revelaron varias figuras humanas… inmóviles.
—Son esculturas de cera y porcelana —explicó—. Arte puro.
Al acercarme, el mundo se detuvo.
Una de ellas era idéntica a mi madre.
—¿Por qué… por qué tienen una muñeca que se parece a mi madre? —pregunté, aterrorizada.
La risa de ambos me heló la sangre.
Y entonces la vi.
Loty.
Mis piernas cedieron.
—Estas no son muñecas… —susurré—. Son personas.
La verdad me golpeó con una brutalidad indescriptible. Mi madre nunca se había ido. Siempre había estado allí. Loty tampoco desapareció.
Low me había traicionado.
—¿Por qué les hicieron esto? —grité—. ¡Low, ella era nuestra amiga!
Fue entonces cuando todo se reveló.
1914
La había observado durante mucho tiempo. Era enigmática, hermosa. Sus ojos azules hipnotizaban; un azul de tarde que muere en noche. Para mi desgracia, esos ojos ya pertenecían a otro.
Los vi salir entre los arbustos, siempre a la misma hora, desde extremos distintos. Detrás de la biblioteca había un lago. No debía acercarme, pero su presencia me dominaba.
Quise delatarlos. Eran familias enemigas. Si los separaban, yo estaría allí para consolarla.
Una tarde cayó al suelo frente a mí. Era ella. Intenté ayudarla, pero retrocedí al recordar quiénes eran los Dumont.
—¡También estoy en tu clase, Lilith! —grité.
No volteó.
Malakai me observaba.
—¿Un amorío? —sonreí—. Interesante.
Lo amenacé con la verdad. Le exigí que se alejara. Sabía que no tenía opción.
Los celos lo consumieron. Me golpeó. Fui a su casa. Nombré a los Dumont.
Eso fue suficiente.
Desde entonces, todo se puso en marcha.
Presente
—Y así empezó todo —dijo el padre de Low—. Y aquí termina. Contigo.
Low gritó que me quería, que deseaba mis ojos, que Loty fue un error. Que Alejandro ya estaba muerto.
Corrí. Caí. Me golpearon.
—Era por las buenas o por las malas —susurró su padre—. Tú elegiste.




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