Inexistente
Todos deseamos un final feliz, pero esto no es un cuento de amor.
Esto… es la realidad.
Aurora no logró salvarse.
No consiguió escapar de las manos de Low y de su padre.
Por más que lo intentó… no lo logró.
Fue golpeada con una vara de metal hasta perder el conocimiento. No una, sino dos veces, asegurándose de que su cráneo permaneciera intacto.
Mientras los Low hacían de las suyas, Madame disfrutaba de la fiesta que habían organizado, rodeada de invitados… sin imaginar que su sobrina nunca estuvo realmente desaparecida.
Estaba en París, sí, pero lamentablemente… no estaba viva.
Tampoco sospechó que la más pequeña de los Dumont no danzaba de alegría…
sino que había sido convertida en una muñeca de tamaño real.
Sería exhibida años después, cuando el tiempo hubiese enfriado las sospechas.
Malakai, por su parte, intentaba recuperar el tiempo perdido con su familia:
los juegos, las risas, los llantos que nunca compartió con su hija.
Quería demostrar que no tuvo nada que ver con la desaparición de Lilith… y era cierto.
Ella ahora era una muñeca de porcelana.
Pero nadie lo sabía.
Nadie lo imaginaba.
Mucho menos que Aurora también formaba parte de ese plan macabro.
Todo aquello que Malakai había deseado —redención, reencuentros, explicaciones—
jamás se cumpliría.
Nunca más volvería a verla.
Todos buscamos culpables.
Todos buscamos venganza.
Pero quien quiere dañarte no avisa:
simplemente actúa.
Creemos en lo que vemos.
En lo que nos dicen.
En lo que nos conviene creer.
Y nunca sabremos realmente quién tiene la razón…
y quién no.
O eso solía decir mi abuela:
creemos en lo que queremos creer.
Cerré el libro…
o quizá solo lo imaginé.
No lo sé.
¿Existió Aurora?
No lo sé.
Todo indica que pudo haber sido real…
o que todo…
fue producto de mi imaginación.