Murdok: Buscando una esposa

Cap 07

—Pensé que ni vendrías a trabajar, ¿segura que estás bien? —me preguntaba Hanna mientras me seguía a mi oficina.

—No puedo faltar solo por un error, además no quiero que los empleados piensen que algo malo pasó.

—¿No has hablado con él? Yo hablé con su asistente, se disculpó miles de veces, creo que las cosas se malinterpretaron.

—Es que no sé cómo todo termino así, ¿por qué el señor Murdok creyó que yo estaba ahí para casarme? Y, ¿qué hay del depósito? Si no sabía que era una asesora de citas, ¿para qué me dió tanto dinero? ¿Creyó que era una clase de prostituta? —suspiré.

—Dijiste que quería un matrimonio arreglado, eso suena más lógico que querer buscar a una mujer de la que se enamore. Y dos meses, debe estar desesperado.

—Es muy extraño, ¿solo leyó algo de información mía, y decidió que era adecuada? Ni siquiera me conoce.

—Ya sabes cómo funciona esto, más que otra persona Val. Lo primero que ven es el estatus, la ocupación y la edad. Tú misma pensabas en presentarle a una empresaria, no problemática, encajas a la perfección.

—Es diferente, si me hubiera querido involucrar con un millonario ya lo habría hecho. Entre más lejos este de él, protegeré a mi empresa.

—A decir verdad, no creo que haga algo en contra de nosotros. Ya han pasado dos días, no hizo ninguna publicación en los medios, ni ha llegado alguna carta para audiencia —Hanna se sentó, mientras acomodaba los lápices en mi escritorio, tenía un desastre.

—No sé si confiar en él. El dinero que transfirió es demasiado, tengo miedo de que venga a reclamarme, ya programé los pagos para fin de mes, contando el bono. Si anuncio que se los quitaré después de darles esperanzas, me van a linchar aquí mismo.

—¿Y si llegan a un acuerdo? —llevaba el cabello recogido en una coleta de lado, la falda corta blanca y la blusa a juego me hacían ver pulcra. Seguía mirando mi celular, que ya había vibrado al menos nueve veces, los mensajes no paraban de llegar.

—Desde hace rato estás al pendiente de tu celular, ¿a quien esperas?

—A nadie.

—Ese es el celular privado, no de trabajo. Y ahí tienes menos de cincuenta contactos, vamos, dímelo.

—Cometí la equivocación de darle mi número al señor Smarnova, ciegamente pensé que lo necesitaría para empezar el contrato.

—¿Te está amenazando? ¿Chantajeando?

—No. Esto no parece una amenaza, es más bien, ¿hostigamiento? No ha parado de mandarme mensajes, ya me habla de "tú".

—Si no es una amenaza, ¿qué te dice? —confundida quiso arrebatarme mi celular, para ver los mensajes, fui más rápida que ella, alzandolo en el aire.

—¿Qué piensas que haces Hanna? No puedes quitarmelo, para chismosear.

—Debía intentarlo. Esto es lo más cerca que has estado en meses de hablar con un hombre que es buen prospecto.

—Ya vas a empezar a hablar de eso —le giré los ojos —. Estamos trabajando, no sé porque dejó que todos hagan lo que quieran, soy tu jefa, ¿no deberías respetarme?

—No lo hago para molestarte, pero siempre te guardas las cosas. Estuviste el fin de semana sin hablar con nadie, eso me preocupa.

—Estoy bien. No me gusta cargar mis problemas a otras personas, soy capaz de resolverlos —exclamé con un tono más feroz de lo que esperaba, Hanna se quedó callada, sabiendo que me había molestado.

Salió de la oficina.

Me cubrí la cara con las manos, un fuerte suspiro salió de mí, podía manejar las cosas por mi cuenta. Dejarme al descubierto, era humillante.

[...]

Seis años antes

Recordaba a mi madre, cuando yo tenía veinte años en el pueblo, me habían aceptado en la universidad del estado, tendría que viajar y buscar algún departamento para estudiantes.

—No empaques nada Valentina. No irás —me dijo con frialdad, mi madre sentada en el comedor con una cerveza en la mano.

—¿Cómo qué no iré? Ya he aceptado, mi carta de admisión también llegó.

—Es dinero desperdiciado. ¿Sabes cuánto tendré que pagar para costear la universidad? No irás.

—Pero, yo he trabajado para poder juntar el dinero de la matrícula, también trabajaré tiempo extra para ahorrar para el alquiler.

—Te necesito aquí. Para trabajar para la familia, yo estoy en la fábrica, si te vas de casa, no nos va a alcanzar.

—Carolina ya tiene edad para trabajar medio tiempo. Puedo hablar con mi jefa, y le dará un turno en la cafetería.

—No. ¿Ya no quieres saber nada de nosotras o qué? Carolina tiene que seguir en la preparatoria, pronto atrapará al hijo del alcalde.

Apreté mi mano contra el pantalón rasgado que tenía puesto. La universidad era el sueño de mi vida, la oportunidad de irme de un lugar rústico donde la palabra de mi madre, era la última decisión.

—¿Y Carolina es más importante que yo, por estar seduciendo a un imbécil que solo piensa en como aprovecharse de ella? —pregunté con ironía.

—Es más provechoso que tú, piensas que es fácil irte de aquí. Te avergüenza de lo que te he dado, una casa, ropa, los estudios. No llegaron de la noche a la mañana.

—Claro, pero soy yo quien hace que sigamos teniendo eso. Pago la renta, la comida la tenemos que racionar, hago de todo para que al llegar, haya al menos un plato de sopa caliente. ¡En vez de eso, las botellas de licor están en la basura! —grité con repudio, odiaba tener que pelear con mi madre, solía aguantar sus actitudes, pero que opinara de mi futuro, no lo toleraba.

—¡¿Te atreves a gritarme, niña?! —se levantó de golpe, me dio una bofetada limpia, me hizo tambalear—. ¡¿Crees que me haces un favor?! ¡Tu padre se fue tan pronto cumpliste seis años, nunca le importaste! ¡Si quieres vivir en mi casa, seguirás mis malditas reglas, Valentina!

La imagen de mi madre siempre fue atemorizante, tenía el cabello castaño al igual que Carolina, siempre estaba despeinado, su piel bronceada, los ojos marrones, los vestidos entallados que se negaba a cambiar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.