—¡Señorita White! ¡Contrólese, o le pediré que salga! —me advirtió la doctora después de ver el golpe.
—Está bien.
—¿Sabes quién es este hombre?
—Sí. Así que le pido que nos deje hablar unos minutos.
—Le daré solo cinco minutos por seguridad. Hablaré con la policía mientras tanto.
Ella salió.
—Me lo merezco —habló Mason, como si sus palabras me hicieran sentir aliviada.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Vine a verla.
—No tienes ningún derecho de ver a mi hermana.
—¿Y tú si?
—Soy su familia.
—¿Qué hay de tu madre? Debería poder ver a su hija.
—No me vengas a hablar sobre mi madre. Dime cómo supiste del hospital.
—Ella me lo dijo. He estado buscando a Carolina por todas partes, nadie en el pueblo quiso decirme nada, hasta que encontré a tu madre.
—Te lo advertí, si te veía cerca de mi hermana o de mí, te mataría.
—¿Ahora usas amenazas reales? No te pareces a la Valentina que solía conocer.
—¿A qué viniste realmente? ¿Me crees tan estúpida? Ella no te importó hace cinco años, cuando te necesitaba, de que sirve que vengas arrastrándote.
—Quiero arreglar las cosas, Valentina.
—¿Cómo entraste al hospital? Debiste usar uno de tus malditos trucos para acceder. ¿Tu padre movió sus contactos? Veo que sigues siendo un vividor.
—Borraste a Carolina de todos los lugares. No sabía nada de ella, ¿qué querías que hiciera? ¿Olvidarla?
—Sí. Es exactamente lo que pretendía. Ese día, te importó un carajo lo que sucedió, yo conozco tu verdadera cara Mason. Puedes fingir con todo el maldito pueblo, con mi madre, con tu patético padre; pero conmigo no.
—He cambiado. De lo contrario no estaría aquí buscando a mi novia.
—¡Ella no es nada tuyo! —le grité—. ¡La usaste! Te aprovechaste y te fugaste, me importa poco que creas que soy una perra. Si me entero de que buscas otra vez a mi hermana, me encargaré de arruinarte la vida, como se la arruinaste a ella.
Hice a un lado la silla que estaba en mi camino, iba a salir de ahí.
—¿Qué yo le arruiné la vida? Te equivocas, ambos somos culpables.
—Deja de hablarme.
—¿Vamos a fingir que haces esto porque de verdad te importa Carolina? Te sientes igual de culpable que yo, por eso finges cuidarla, preocuparte por ella.
—No sabes nada. Eres un mentiroso manipulador. Desde el momento que llegaste a nuestras vidas, fue una alerta de que destruirías todo.
—Pero me adorabas. Las cartas de amor, los regalos, las noches juntos, ¡me amabas, Valentina! —gritó.
—Eso fue en el pasado. Ya no soy la chica tonta de veinte años que te creyó.
—La odias.
—¿Qué dijiste?
—Que odias a tu propia hermana. Por eso la tienes encerrada en un manicomio, ¿es tu manera de hacerla pagar por lo que te hizo?
—¡Cállate! No te atrevas a hablar sobre mis sentimientos, vete.
—Valentina —se levantó— yo aún no me perdono por lastimarte.
—¿Perdonarte? —reí—. Deberías dejar de ser tan narcisista, piensas que eres quien ha sufrido más este tiempo, abre los ojos, ojalá sientas dolor, que prefieras morir.
Salí del cuarto, la doctora estaba de pie al otro lado.
—¿Todo está bien? —preguntó, guardando la empatía en sus ojos.
—Sí. No quiero que pueda entrar a este hospital, estoy pagando para que mi hermana esté segura aquí adentro. Levantaré cargos contra ese hombre por agredir a Carolina.
—Le comentaré a la policía, están tomando las declaraciones de los testigos.
—¿Puedo ver a Caro? —dije en un hilo de voz, me hacía la fuerte, pero mis manos seguían temblando, y las ganas de llorar me sofocaban.
—Claro. Solo evite usar un tono fuerte, puede seguir aturdida por el escándalo, quizá aún no despierte del sueño inducido.
—Tendré cuidado.
[...]
La habitación de mi hermana estaba en el segundo piso del hospital, recordaba bien el número 214. Venía a visitarla tres veces al mes, sin falta.
Cuando Carolina tuvo la primera crisis, fue devastador. Ella tenía dieciocho años, yo veinte.
Seis años antes
Después de las prohibiciones de mi madre, sobre no dejarme ir a la universidad, no tuve otra opción que seguir sus órdenes. Pues sabía que si intentaba irme, ella lograría encontrarme, y usaría a mi hermana como una excusa para hacerme regresar a la fuerza.
Decidí entonces, procurar que Carolina tuviera un futuro más brillante que nosotras dos. Ya que no logré inscribirme a mi carrera de arte, perdí el lugar; ese año había sido el segundo dónde realice el examen.
La primera vez, a los dieciocho me habían rechazado, dijeron que tenía talento, pero que debían darle la oportunidad a otra persona. Me la pasé afirmando que pronto abandonaría la casa, mi madre fue la más feliz al verme regresar sin nada en las manos, reprochando que era una lección, de que "no valía lo suficiente".
Para no estar demasiado tiempo en casa junto a ella, y el terrible olor a alcohol que parecía bañar la sala todas las noches, conseguí un nuevo empleo en la cafetería del pueblo.
Teniendo veinte años, ya había experimentado una vida dura.
Entonces apareció el primer rayo de calidez que había tenido en mucho tiempo, estaba en la cafetería atendiendo las mesas y llevando los postres del desayuno a las familias que decidieron entrar.
Betty, la esposa del dueño, era quien me acompaña en las jornadas laborales. Era una señora de cabello castaño deslavado, un par de arrugas poco notables en las comisuras de los labios, y un poco robusta.
—¿Por qué no descansas un rato? Yo me ocupo de las mesas —me sugirió quitándome la bandeja de café de las manos.
—Todavía no es mi hora de descanso, seguiré trabajando. Solo relájate —Betty me llevó de los hombros, para que evitara mi escape. Le sonreí y me senté en la mesa, mi celular se había quedado sin batería, por lo que mi opción fue acostarme sobre la fría mesa de color rojo, para observar desde la ventana.