Era sencillo entrar en pánico, porque a diferencia de mis otros clientes vip, donde dos eran mujeres y dos varones; ninguno de ellos tenía la reputación que Murdok Smarnova tenía.
Mis investigaciones eran claras, un hombre de negocios que forjó un imperio con esfuerzo, convirtiéndose en el rey de Nueva York, cualquiera que entrara a una tienda, o se hospedara en la ciudad, sabría que seguramente el establecimiento tenía influencia del grupo Smarnova.
En mis previos intentos de contactarlo para hacerlo participe de mis citas arregladas, no obtuve respuesta, mis correos eran ignorados o rechazados. O me advertían que ningún asunto personal con él sería atendido de esa forma. Ya que, el señor Smarnova se podía dar el lujo de escoger a quien ver.
Salí de mi casa de prisa, la casa tenía dos pisos, aunque el último solo lo utilizaba como una clase de ático para guardar las decoraciones festivas.
Cuando cerré la puerta con llave sentía su fuerte mirada a mis espaldas, casi me atravesaba. Bajé cuidadosa las escaleras del porche, estábamos quizá a siete metros de distancia.
—Hola —me sonrió, me revisó de pies a cabeza, ¿en serio se iba a poner exigente con mi vestimenta cuando fue él quien no quería decirme a dónde íbamos? —. Te ves hermosa.
Mi cuerpo se detuvo. Había recibido cumplidos de muchas personas, pero el de él, se sentía como una cubetada de agua fría, que traté de esquivar.
—Gracias. ¿Nos vamos?
—Adelante —el señor Smarnova abrió la puerta del copiloto.
—¿Y su chófer?
—Le dí el día libre. Cómo dijiste que no querías a nadie más en esta reunión, seguí tus órdenes.
—No pensé que lo tomaría en cuenta —me senté en el lugar designado, de inmediato un aroma floral invadió mis sentidos, como un reflejo analicé el auto, en la parte trasera se encontraban tres grandes ramos que apenas dejaban visibles los asientos.
Volteé a ver confundida al hombre que solo me sonreía con delicadeza. Orgulloso de su acto.
—¿Qué es eso? ¿Va a darle flores a su primera cita? Es algo pronto, se marchitaran —comenté estupefacta, intentaba entender cuáles eran sus intenciones, dentro de mí, sabía perfectamente lo que trataba de hacer. Un hombre que llama tantas veces a una mujer, le coloca un apodo, y dice que es "hermosa", solo quiere una cosa.
—Son para ti.
—¿Para mí? Son demasiadas, no tuvo que comprarlas.
—Yo creo que son pocas, quería comprar un par más, pero el auto se quedaría sin espacio.
Lo sabía. Los ramos eran de lirios, rosados, con papel de un tono más claro, dos eran enormes, ¿cuántas serían? Calculaba cien en cada uno, y el tercero tendría quizá, la mitad de flores.
—¿Por qué? ¿Por qué hace todo esto solo para una empleada? —lo desafíe, ¿sería el señor Smarnova lo suficientemente valiente para decirmelo a la cara?
He conocido a varios hombres, los trucos que utilizan como plan de conquista. Conozco a los novios de las novias, unos escogen todo para no desperdiciar dinero, otros permiten que no haya un límite de presupuesto, y otros parece no interesarles.
Murdok Smarnova era diferente.
No medía las consecuencias de sus decisiones.
Entonces lo supe. Todo parecía más claro que antes.
Él se presentó a ese restaurante para una cita arreglada, estuvo hablando conmigo por minutos pensando que yo estaba en la misma sintonía. El matrimonio por conveniencia.
Por eso actuaba tan atento, él creyó que estaba interesada, que nos casaríamos cuando él lo dijera.
¿Cómo no lo creería? Si él es el estándar máximo de un hombre en Nueva York.
Regla número uno de los millonarios: adoran el control.
Y como yo, huí del lugar, lo ignoré, hasta lo insulté. Parece que he despertado un deseo que se supone que debe tener por otra mujer.
No. No. No.
Fui demasiado descuidada, firmé un contrato sin notarlo antes. ¿Dónde tenía la cabeza?
Murdok Smarnova no me contrató para conseguirle una esposa en dos meses. Quiere lograr algo imposible, que me interese en él.
Odio tener la razón.
Odio no haberme dado cuenta.
Y odio, saber que ha comenzado a funcionar.
—Es un detalle que quise darte, no eres mi empleada, por ahora serás mi compañera —azotó la puerta sin dejarme responder. Esto era muy malo, caí en la cueva del lobo, cuando la principal regla para ser casamentera es: jamás involucrarse emocionalmente con el cliente.
¿Ahora que hago?
—No tengo espacio en mi casa, deberá devolverlas —para poder salvar mi pellejo tendría que usar mis propios métodos, la negación.
—Encontrarás espacio. Son tus flores favoritas.
—Aún así es demasiado.
—¿Qué no te gustan?
—Sí... —maldita boca, las palabras salieron antes de que las pensara—, pero no tengo espacio, y le pido que se abstenga de darme está clase de regalos. Ya se lo dije, no acepto nada de mis clientes.
—Soy diferente —giró la cabeza hacía mí—, no deseo que me compares con ninguno de esos idiotas, son viejos y anticuados.
—Usted... —entrecerre los ojos—, ¿sabe con quién he trabajado?
Así que la privacidad no era una palabra que significara algo para Murdok.
—Sé que trabajaste con el anciano de Cox, entiendo de dónde has creado los límites. ¿Crees que soy igual?
—Sé que no es igual, pero no debería porque saber sobre las personas que me han contratado. Se supone que hay confidencialidad, ¿dónde lo averiguó?
—Tengo mis fuentes —ignoró responder, se colocó el cinturón de seguridad, arrancó con velocidad.
Estaba atrapada en un vehículo, con seguro de niños, con un hombre que no conocía los límites. Podía ser un hombre de negocios, pero éramos muy diferentes, demasiado.
¿Ahora qué? Analicé mis opciones, intentar abrir la ventana y saltar en un auto en movimiento en medio de la avenida de Nueva York donde seguramente a nadie le importaría mi gran hazaña, terminaría con varias heridas. Pero, si lo ofendía podría tronar los dedos para que todo rastro de mi carrera de organización de bodas se fuera al carajo.
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Editado: 18.08.2026