Murdok
Esta mañana había sido una de las más estresantes que había tenido en años, había hablado con el gerente de la Galería de Otoño, para que tomaran en cuenta que estaría de visita; además pedí que mantuvieran abierta una de las exhibiciones que más disfrutaba.
Me levanté a las cinco de la mañana, fui al gimnasio e hice mi rutina con un solo objetivo en mente: mirarme como el hombre que borraría las huellas de cualquier otro.
Al llegar a casa tomé una ducha fría, mi mente estaba llena de pensamientos que antes no tuve, preocuparme porque todo saliera de acuerdo a mi meticuloso plan.
Carter me había asesorado por llamada, dejé que Ernesto estuviera con su esposa, si lo aturdía con otra consulta amorosa, caería en un colapso mental que no era bueno para los negocios del grupo Smarnova.
—Tienes que lucir como un hombre moderno, si usas traje todo el tiempo darás la impresión de que no sabes usar nada más. Ella es más joven que tú, más lista, aprende a conectar con ella —me decía en un audio grabado.
Me coloqué la camisa gris de polo, si esto no era casual, no sabía entonces que lo era, junto con unos pantalones que obscuros. El reloj en la muñeca era primordial, recordaba que Valentina también tenía uno, y ahora al ver uno, su imagen sonriendo llegaba a mi cerebro de inmediato.
Tocaron a la puerta, el repartidor llegó con las flores que había ordenado.
—Entrega para el señor Smarnova —decía el chico que apenas podía sostenerlas, su rostro era cubierto por los ramos, me extendió una tableta digital para colocar mi firma.
—¿Dónde están los otros?
—Mis compañeros los están subiendo en el elevador, señor.
—¿Son tal cual los pedí?
—Sí. Son dos tamos con cien lirios y uno con cincuenta, con los colores que ordenó.
—Bien —firme de recibido, los dejaron sobre la mesa del comedor, me sentía orgulloso, Valentina iba a estar feliz al verlos.
Tomé el auto más discreto que tenía, de color negro, acomodé cuidadosamente los ramos en la parte de atrás, para que ningún pétalo sufriera maltrato en el camino.
Coloqué la dirección en el GPS del auto, aunque no era tan necesario, pues ya había memorizado las rutas alternas para llegar hasta su casa.
Me estacioné afuera, su casa tenía ese color característica de color amarillo, tenía dos pisos y era delgado, me preguntaba como estaba administrado por dentro. Había unos cuantos árboles con pocas hojas alrededor, bajé para poder esperarla, analizaba cada metro de su vecindario, era tranquillo sin demasiados vecinos que pudieran asomarse.
Sentía una extraña sensación, miré hacia su casa, donde había una cortina que estaba algo torcida, reconocí la silueta de una mujer, me reí, ¿me espiaba desde un sitio tan obvio?
Se dio cuenta, ella se apartó como si hubiera visto un fantasma.
Minutos después salió de su casa, actuando como si nada hubiera pasado, ¿Valentina era el tipo de mujer que prefería ignorar los hechos antes que enfrentarlo?
Cada cosa que se ponía la hacía lucir como la única cosa maravillosa en esta ciudad, en este mundo. Ella entró al auto, esperaba una sonrisa, un "gracias", un "lo recordaste", un "son hermosas" al ver las flores.
Recibí un "no tengo espacio". ¿Quién reaccionaba así a un regalo? Pero, si hubiera caído a mis abrazos en el primer instante no sería la mujer que deseo.
Las conversaciones con Valentina eran ligeras, sentía que podía contarle cualquier cosa, quizá era el hecho de que no me respetaba ni un poco. ¿Burlarse de mi edad? ¿Girarme los ojos como una adolescente? ¿Enojarse por querer que hablemos?
Me resultaba sumamente interesante.
Se suponía que la galería nos estaría esperando para que pudiéramos ser los primeros en admirar la exhibición. Había un accidente a unos metros de nosotros, y apenas había conseguido que Valentina sonriera.
—Carajo —susurre, frenando el auto—. Parece que ha habido un accidente más adelante, no llegaremos a tiempo.
—¿Está muy lejos la galería? —me preguntó mientras se asomaba por la ventana, como una de esos cachorros que adoran el viento en su rostro.
—A cuatro calles.
—Vale, entonces hay que caminar.
—¿Caminar? —dudé, está zona era bastante ajetreada, por las diferentes oficinas que se encontraban en los edificios.
—Sí. Seguro que puede hacerlo, solo tiene que dejar su auto estacionado en algún lugar —señaló un espacio frente a una tienda—. Ahí.
Miré mi reloj, quizá llegaríamos a tiempo para poder tener las actividades que organice.
Caminábamos uno junto al otro, su altura era como la del promedio, quizá medía 1.65 cm o poco más, desde mi perspectiva podía observar parte de su cabello, y la punta de su nariz que se movía como la de un conejo al detectar aromas que le atraían.
—¿Está asustado? —preguntó con una sonrisa burlona, está situación parecía divertirle tanto que no lo ocultaba.
—No.
—¿Y por qué apenas puede avanzar? —me tomó del brazo para acelerar el paso, parecía estar cansada de tener que ir lento—. Si no nos apresuramos el tiempo va a correr, ¿quería tener todo en estricto horario, o no?
—Supongo que recorrer cuatro calles no es demasiado.
—¿No está acostumbrado a estar en las calles? Creí que esta zona era popular para los negocios como el suyo.
—Suelo venir para tener reuniones con algunos socios, pero el recorrido lo realizó en auto, no a pie.
—Deberías ver su expresión, es como un niño asustado en la gran ciudad. ¿No le gusta caminar por aquí?
—Crecí en los suburbios, las pocas veces que salía a conocer Nueva York estaba al lado de mi niñera o con los guardaespaldas que mi padre contrató para mi madre.
—Su padre se escucha como un hombre hecho a la antigua.
—Es riguroso, si hay que llamarlo de una manera.
—¿Por eso me está cuidando demasiado? Cada que alguien pasa cerca de nosotros, parece un lobo listo para atacar. Debe relajarse, en esta ciudad a nadie le importa lo que suceda con los demás.
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Editado: 18.08.2026