Murmurium

Prólogo

Diario del doctor Esteban Fuentes Fragmento inicial 24 de abril de 2002

En todos los años que llevo ejerciendo esta profesión, recorriendo los pasillos de hospitales públicos y atendiendo en la intimidad de mi consultorio privado, nunca viví un caso tan perturbador ni tan profundamente extraño como el que estoy a punto de relatar. Mientras escribo estas líneas, mis manos tiemblan levemente, una reacción física que mi mente analítica intenta catalogar como fatiga, aunque sé perfectamente que es puro y simple pavor.

Soy consciente de que, al redactar este documento, voy a dejar de lado la ética profesional y el juramento de confidencialidad que ha regido mi vida durante décadas. Sin embargo, creo que es menester —casi un deber moral para con la humanidad— dar a conocer los hechos acaecidos que me tuvieron como principal involucrado. Son estos mismos sucesos los que me llevan hoy a dejar constancia por escrito de todo lo sucedido, impulsado por la sombra de mi propia y posible desaparición. Escribo para toda aquella persona dispuesta a conocer y, sobre todo, a tratar de entender lo inexplicable; escribo para que, cuando mi voz calle, sea el lector quien saque sus propias conclusiones sobre la fragilidad de nuestra realidad.

La mente humana es una intrincada y sorprendente red de neuronas, un laberinto prácticamente inexplorado donde la lógica es apenas una débil linterna en una caverna infinita. En su interior se esconden secretos tan sorprendentes y oscuros que, cuando alguno de ellos decide revelarse ante nosotros, nos deja sumidos en una parálisis de incredulidad. Como sociedad, nos protegemos de lo que no comprendemos: cuando alguien manifiesta una verdad que desafía nuestras leyes físicas, simplemente le damos la espalda, lo catalogamos de loco y lo confinamos en el olvido de los manicomios, bajo el sedante de la indiferencia.

Con mis cincuenta años recién cumplidos y veinticinco ejerciendo como psicólogo clínico, supe ganarme una reputación sólida entre mis colegas y un respeto profundo de mis pacientes. He publicado artículos, he dictado conferencias y he ayudado a cientos de personas a reconstruir sus psiquis fragmentadas. Todo ese bagaje, toda esa estructura de títulos y diplomas colgados en mi pared, no garantiza que usted deba creer ciegamente lo que voy a contar. Pero sí debe servir para dejar sentado que esta historia no proviene de una mente alucinada, ni de un hombre que busca fama a través del escándalo, ni mucho menos de una naturaleza enfermiza.

O al menos... eso quiero creer.

Mientras el reloj de pared marca las tres de la mañana en este silencio opresivo, me pregunto si la locura no será, en realidad, un exceso de claridad. El caso que cambió mi vida comenzó de la manera más trivial, pero pronto se transformó en un rompecabezas cuyas piezas no pertenecían a este mundo. Siento el peso de los libros en mis estantes, tratados de psiquiatría y manuales de diagnóstico que ahora me parecen juguetes inútiles ante la magnitud de lo que presencié.

He revisado mis notas una y otra vez, buscando el error, la falla en mi percepción, el síntoma de mi propio colapso nervioso. Pero las pruebas están ahí, grabadas en mi memoria con el fuego de la experiencia directa. Lo que sigue es la crónica de mi descenso hacia una verdad que preferiría no haber conocido jamás. Si estas páginas son encontradas y yo ya no estoy para defenderlas, ruego que no se las tome como el desvarío de un anciano, sino como la advertencia de alguien que miró demasiado tiempo hacia el abismo y descubrió que el abismo tiene ojos.




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