Murmurium

Capítulo 3

Pero no hay respuesta. La escasa luz de las linternas revela un lugar desordenado. Están en el comedor. Hay una mesa atestada de trastos sucios, un sillón de dos cuerpos cubierto con papeles y ropa, y varias colillas de cigarrillo desperdigadas por el suelo.

Una puerta da acceso a un pasillo de no más de un metro de ancho. Ese pasillo conduce a las habitaciones y al baño del departamento. Dos policías se colocan frente a la puerta cerrada, apuntando constantemente. Los otros registran el comedor y la cocina, pero no encuentran nada.

Ahora todos se ubican delante de la puerta que da al pasillo, también cerrada. Nuevamente, Rodríguez se prepara. A la cuenta de tres, lanza otra patada...

Los haces de luz alumbran hasta el final del pasillo. Está completamente despejado, pero un olor penetrante a pólvora los recibe. Avanzan con cautela, llegan al baño; dos permanecen vigilando el final del pasillo, mientras los otros irrumpen en el pequeño cuarto sin resultados positivos.

Siguen avanzando hasta la puerta siguiente. También está abierta. Efectúan la misma operación de antes. El cuarto está atestado de cajas y artefactos varios; por lo visto, Ramírez lo utilizaba como depósito.

La última habitación es la principal. Ya no quedan dudas: allí se encuentra Ramírez. La puerta está cerrada. La carga de adrenalina en los policías alcanza su punto máximo.

Esta vez, dos se colocan agachados, en forma oblicua a la puerta; los otros, contra una de las paredes. El comisario Cáceres extiende su brazo derecho y baja lentamente el picaporte. La puerta se abre con un pequeño empujón. El olor a pólvora que proviene del interior es mucho más intenso.

Mientras tanto, en el pasillo exterior del departamento, los policías de civil aguardaban en una vigilia tensa. El aire parecía haberse solidificado; todos contenían la respiración, temiendo que el más mínimo ruido rompiera aquel silencio sepulcral que se les pegaba a la piel como una película de sudor frío.

Diez minutos que parecieron horas después, la puerta se abrió con un crujido metálico. El comisario Mendoza emergió de la penumbra seguido por sus hombres. El rostro del oficial, habitualmente imperturbable y parco, mostraba una rigidez extraña, una mueca de repugnancia que le crispaba las facciones. A sus espaldas, los subordinados avanzaban con pasos vacilantes, con los rostros deslavados por una palidez cenicienta, como si acabaran de asomarse al mismo infierno.

—Hay un arma y restos de masa encefálica desparramados por las paredes —sentenció Mendoza con una voz que sonó hueca, despojada de su autoridad habitual—, pero no hay cuerpo.

—¡No puede ser! —exclamó Sergio, dando un paso al frente mientras el corazón le golpeaba las costillas—. ¡En cuanto escuchamos el estruendo, nos plantamos frente a la puerta! ¡Nadie salió!

—Damos fe, comisario. Lo oímos desgarrarse la garganta en un grito y, tras el disparo, ganamos el pasillo en segundos —añadió Cáceres, buscando en la mirada de sus compañeros un apoyo que solo encontró en ojos desencajados.

—Encontramos una 9mm en el piso, todavía caliente. Hay charcos de sangre fresca que aún humea y restos orgánicos por toda la habitación… pero ni rastro de un cadáver. —Mendoza clavó una mirada gélida en sus hombres—. ¿Alguien tiene la gentileza de explicarme cómo hizo para evaporarse si el único acceso es este pasillo y estamos en un tercer piso con las ventanas selladas desde fuera?

—No puede ser… simplemente no puede ser —repetía Sergio como un mantra, clavando la vista en las baldosas gastadas mientras sacudía la cabeza, negándose a aceptar una realidad que desafiaba la lógica.

—Voy a necesitar un informe detallado por escrito de cada uno de ustedes para primera hora de la mañana. Ahora despejen la zona, vayan a dormir si es que pueden —ordenó el comisario, aunque sus propios ojos delataban que él tampoco encontraría descanso.

Los policías que habitaban aquel monoblock se dispersaron como sombras. La perplejidad los envolvía mientras regresaban a sus departamentos en un silencio absoluto, solo interrumpido por el eco de sus propios pasos.

Afuera, la noche no ofrecía consuelo. Una ráfaga de viento helado comenzó a aullar con violencia entre las moles de concreto de los gastados edificios, arrastrando bolsas de nylon y un silbido agudo que, para los presentes, sonaba como un coro de malos presagios.




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