Murmurium

Capítulo 5

Se graduó con honores y, gracias a sus excelentes calificaciones, pronto logró conseguir un puesto en un hospital de Buenos Aires, donde dio sus primeros pasos como profesional, aunque sin recibir salario. Tras completar su período de prueba, fue contratado de manera oficial y comenzó a percibir su sueldo.

En ese hospital, entre el bullicio y el constante ir y venir de pacientes, doctores y enfermeros, conoció a su actual esposa, Verónica Lerea —o Vero, como él la llama—, quien es pediatra. Se casaron después de dos años de noviazgo, y celebraron una gran fiesta organizada por sus compañeros de trabajo.

Esteban trabajó allí un par de años más y, gracias a un préstamo bancario y al apoyo de su padrastro, logró independizarse y abrir su propio consultorio. El lugar contaba con una pequeña sala de espera, bien atendida por su secretaria, Gladis, una mujer madura y responsable.

Pronto se destacó entre sus colegas y se ganó, merecidamente, la reputación de ser un excelente profesional. En la actualidad, además de atender a sus pacientes particulares, colabora con la policía elaborando perfiles psicológicos de criminales y brindando asistencia al personal policial, que muchas veces sufre altos niveles de estrés.

Su esposa continuó trabajando un tiempo más en el hospital, hasta que decidió que lo más importante era dedicarse por completo al cuidado de su primera hija y, luego, de la segunda que estaba por nacer.

Hoy Nancy cumple 15 años. Ya es toda una señorita, y tanto Esteban como Verónica están sorprendidos de lo rápido que ha pasado el tiempo. Lo único que lamenta Esteban esa noche es no poder contar con la presencia de su madre y su padrastro, quien sufrió un infarto hace un par de meses que casi le cuesta la vida, y aún se encuentra muy delicado de salud.

Esteban baila con orgullo el vals de los quince años junto a Nancy, mientras un fotógrafo —entrado en años y con algo de sobrepeso— toma fotografías desde distintos ángulos. El resto de los invitados los rodea y aplaude, y Verónica observa emocionada desde el umbral de la cocina.

Suena el teléfono. Una de las mellizas lo atiende y corre hacia su madre, tirando de su ropa para avisarle que hay una llamada. Verónica se dirige al aparato. Un par de minutos después, llama a su esposo, quien ya había cedido su lugar al novio de Nancy.

—Es tu mamá, Esteban —dice Verónica, con rostro serio.

Esteban entra a la casa y toma el teléfono.

—¿Mamá?... ¿Cómo estás? ¿Llamabas para saludar a tu nieta?

—Hola, hijo. Sí, la llamaba para felicitarla, pero sobre todo para avisarte que hay un problema con tu hermanastro. Pedro ha desaparecido.

—¿Cómo que desapareció? ¿Qué pasó?

—No lo sé, hijo, la policía no me ha dicho mucho. Quiero que vengas y hables con ellos, por favor. Estoy muy preocupada por tu padre. Todavía no sabe nada.

—Está bien, mamá, no te angusties. El lunes a primera hora estaré allá. Déjame organizar todo aquí.

—Está bien, hijo. Pásame con mi nieta, por favor.

—Claro, pero por favor no le cuentes nada.

—No te preocupes. Adiós, hijo.

—Adiós, mamá. Saludos a papá.

—¿Qué pasó? —pregunta Verónica.

—Tengo que viajar el lunes a Comodoro. Pedro ha desaparecido. ¡Nancy, tu abuela quiere hablar contigo!

—¿Pedro ha desaparecido? ¿Cómo? No entiendo.

—Eso es todo lo que la policía le dijo a mi madre. Así que voy a ir a ver si puedo averiguar algo más. Me preocupa sobre todo mi padrastro… sigue muy delicado.

En ese momento, Nancy aparece y toma el auricular de las manos de su padre. La pareja se dirige a la cocina.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar? —pregunta Verónica, sin ocultar su disgusto.

—Una semana, dos como máximo —responde Esteban, abrazando a su esposa— Volvamos a la fiesta. No quiero que los chicos nos vean preocupados —concluye.




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