Murmurium

Capítulo 7

Cuando desciende del avión, lo recibe un cielo revuelto, con nubes desgarradas en jirones, y un día típico de Comodoro: mucho viento y tierra. Hace frío, por lo que se coloca el abrigo y camina lo más rápido que puede para resguardarse de las ráfagas que amenazan con derribarlo. El vestíbulo central del aeropuerto presenta un aspecto desolador; los escaparates de revistas y los pequeños puestos de comida rápida están prácticamente vacíos. Pronto, en medio de aquella soledad, logra identificar a una mujer bajita, de unos 68 años, cabello teñido de castaño oscuro para cubrir las canas, algo excedida de peso y con gafas recetadas de escasa graduación. Una falda burdeos asoma por debajo de su abrigo marrón, y una cartera de tamaño mediano, de un negro azabache, cuelga firmemente de su mano derecha.

—¡Mamá! —exclama Esteban, dejando en el suelo su bolso de viaje y el maletín, y abre los brazos para recibir a su madre, Elvira.

—¡Esteban, hijo! ¿Cómo estás?

—Recuperándome de un viaje horrible, madre. ¿Cómo está papá?

—Tu padre está un poco delicado, pero aún no sabe nada sobre lo de Pedro, hijo. Aunque ya le parece raro que no haya venido el fin de semana a verlo. Le dije que estaba de guardia.

—Qué problema... Bueno, vamos a casa y después me pongo en contacto con la policía. ¿Sabes quién está llevando el caso?

—Es un tal Toledo. Tengo el número en el bolso —dice Elvira mientras empieza a revolver en su interior.

—Está bien, madre, no lo busques ahora. Tomemos un taxi y me lo das en el camino. Quiero llegar a casa para saludar a papá —concluye Esteban, enganchando su brazo izquierdo con el derecho de su madre. Toma el bolso y el maletín con la mano libre, y se encaminan hacia las puertas corredizas. Afuera los recibe el viento frío del oeste. Encogidos, corren hasta el taxi más cercano: un viejo Ford Falcon, bien cuidado.

El trayecto hasta el centro de Comodoro dura unos veinte minutos, y desde allí, alrededor de siete minutos más hasta el barrio Pueyrredón, donde Juan Carlos Ramírez, padrastro de Esteban, tiene una casa de dos plantas.

La casa luce, como siempre, en perfectas condiciones. Mantenerla así es una obsesión de Juan Carlos. Recientemente ha sido pintada de un blanco radiante que contrasta perfectamente con un techo rojo de tejas españolas. El jardín del frente se destaca por su césped recién cortado y unos rosales constantemente regados. La puerta de madera del cerco es de cedro, al igual que la puerta principal, el portón de tres hojas del garaje y las ventanas tipo balcón con vidrio repartido. Una pequeña vereda hecha de adoquines conduce a Esteban y a su madre hacia la entrada principal.

Ingresan a un amplio comedor, bellamente amueblado con un juego de sillones de cinco piezas. Un mueble modular de cedro contiene un sinfín de copas, botellas y fotografías antiguas en portarretratos con marcos dorados. Un gran reloj de péndulo, también de cedro, cuelga de la pared marcando las tres y cuarto de la tarde. Varios cuadros al óleo, con paisajes agrestes de la Patagonia, completan la decoración. Del comedor surge una escalera de madera lustrada que conduce al piso superior, donde se encuentran los dormitorios y un segundo baño. Una arcada conecta el comedor con una cocina amplia, amueblada en sintonía con el resto de la casa. Desde la cocina, una puerta lateral lleva al garaje, que incluye un gran fogón, y otra puerta al fondo conecta con un patio amplio, custodiado por Boby, un dóberman ya un tanto desequilibrado por la edad. El baño de la planta baja, ubicado detrás de la escalera, es un sencillo baño de servicio.

Juan Carlos Ramírez, el padrastro de Esteban, llegó a Argentina junto con sus padres cuando tenía apenas cinco años, provenientes de España. Vivieron tres años en Buenos Aires, pero pronto sus padres, cansados del ritmo agitado de la ciudad, decidieron buscar un lugar que se asemejara más a su origen pueblerino. Así surgió el traslado a Comodoro, por entonces una localidad que ofrecía abundante trabajo gracias a la actividad petrolera. El padre de Juan Carlos trabajó durante diez años en la empresa estatal, y con los ahorros logró independizarse, abriendo un almacén de ramos generales que con el tiempo se transformó en la ferretería más importante de la región. Juan Carlos solo cursó la escuela primaria; luego se dedicó por completo a ayudar a su padre. Nunca pensó en hacer otra cosa. Ambos compartían la misma idea: él sería quien continuaría el legado familiar.




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