La ferretería prosperó, y con ella los bienes de la familia Ramírez. A los veintiséis años, Juan Carlos se casó por primera vez tras cinco años de noviazgo con la hija de un farmacéutico. La felicidad no tardó en llegar: al año y medio nació Pedro Ramírez, su único hijo biológico. Lamentablemente, Cecilia, su esposa, de salud frágil, empeoró tras una cesárea y nunca se recuperó. Su muerte sumió a Juan Carlos en una profunda tristeza que ni siquiera el hijo recién nacido pudo mitigar.
Se refugió en el trabajo, volcándose por completo a la ferretería. Pedro creció bajo el cuidado de su abuela materna, y Juan Carlos lo visitaba esporádicamente. Esta ausencia generó en Pedro una carencia afectiva importante que, con los años, Juan Carlos intentaría remediar. La muerte de su padre lo dejó al frente del negocio y con varias propiedades a su nombre. Fue entonces cuando sintió la necesidad de acercarse más a su hijo, tal como su propio padre lo había hecho con él: prepararlo para que algún día asumiera la responsabilidad del negocio familiar.
Pedro comenzó la secundaria en el colegio salesiano Deán Funes, demostrando interés por los estudios. Juan Carlos quería que pasara más tiempo en la ferretería, pero sus suegros se opusieron, viendo en esa actitud un intento de desvalorizar la educación del muchacho. Juan Carlos luchó por la custodia y prometió no interferir en los estudios de su hijo. Tras una acción judicial, logró que Pedro viviera con él.
Sin embargo, la relación entre ambos era distante, como la de dos desconocidos. La falta de experiencia paterna de Juan Carlos nunca logró superar esa barrera. Pedro no soportaba la ferretería, la detestaba, y sentía resentimiento hacia su padre por querer imponerle un futuro que no deseaba. Se prometió a sí mismo que, al cumplir la mayoría de edad, abandonaría aquella casa que le resultaba ajena. Se volvió una persona poco sociable e irritable, aunque sus calificaciones jamás decayeron. Se graduó como el mejor estudiante de su promoción.
Con el título en mano y la mayoría de edad a pocos meses, enfrentó a su padre para decirle que no contara con él, que forjaría su propio destino. La discusión fue terrible. Juan Carlos se sintió traicionado y lo trató como un delincuente. Le reprochó los gastos de su crianza y le recordó que al menos debía aprender a manejar la ferretería para asegurar su estabilidad económica. Ante la negativa firme del muchacho, decidió castigarlo: si se iba de casa, no recibiría ni un peso y sería desheredado.
Pedro se marchó al cumplir los veintiún años y volvió a vivir con sus abuelos maternos. Allí planificó su futuro y, al ver una propaganda de la escuela de policía, encontró lo que buscaba.
Juan Carlos, desilusionado por la ruptura con su hijo, prometió que si volvía a formar pareja, no repetiría el error de anteponer el trabajo a la crianza. Su madre falleció poco después, y la soledad se volvió total.
Conoció entonces a su actual esposa, quien ya tenía un hijo. Aunque la pareja no pudo tener hijos propios, Juan Carlos asumió con dedicación su rol de padre con Esteban, como si fuera su verdadero hijo. Esteban, carente de figura paterna, encontró en Juan Carlos al padre que le faltaba y lo adoptó como tal. A diferencia de la rigidez con Pedro, esta vez Juan Carlos permitió que Esteban eligiera su propio camino, apoyándolo siempre.
Este cambio de actitud le trajo la satisfacción de sentirse querido y respetado, pero aún conservaba una herida abierta: Pedro. Su vida era un misterio. Solo sabía que se había graduado de la escuela de policía y trabajaba en Sarmiento. Decidió entonces dar un paso hacia la reconciliación.
Se puso en contacto con él y, aunque no lograron una relación cercana, llegaron a un acuerdo. Pedro lo visitaba una vez al mes, más por compromiso que por deseo. Con el tiempo, ambos hijos crecieron y siguieron caminos separados, tratándose como extraños cada vez que se cruzaban. Nunca hubo entre ellos ni amistad ni celos, simplemente eran dos desconocidos compartiendo un vínculo familiar.
Cuando Esteban se enteró de la desaparición de Pedro, su preocupación fue grande, pero no por Pedro en sí, sino por su padrastro, que a pesar de la fría relación que mantenía con su hijo directo, lo amaba profundamente. Juan Carlos había sufrido recientemente un infarto y aún se estaba recuperando. El médico le había indicado reposo absoluto y prohibió que fuera informado de la desaparición de su hijo. Estando en reposo, Juan Carlos había preguntado a su mujer por qué su hijo Pedro no había ido a verlo. Ella lo convenció de que Pedro había sido trasladado temporalmente a otra localidad, y para terminar de desviar su atención, le dijo que vendría a visitarlo Esteban.
Esteban encuentra a su padrastro en el lecho, despierto y de buen ánimo, esperando ansioso la visita de su hijo adoptivo. El rostro del anciano se muestra demacrado, pero en mucho mejor estado que el de hacía un mes, cuando Esteban tuvo que viajar de urgencia por el tema del infarto.
—¿Cómo estás, papá? —dijo Esteban, dándole un beso en la frente.
—¡Hola, hijo, qué gusto verte! ¿A qué se debe esta visita? ¡Todavía no tengo planes de morir!
—¡Jajaja! ¡Claro que no vas a morir, papá! Vine por unos trámites que tengo que hacer; en una semana regreso.
—¡Qué bien! ¿Te vas a quedar en casa?
—¡Por supuesto! Mamá no me perdonaría si me hospedara en otro lado.
—¿Cómo están mis nietas? Lamento tanto no haber podido estar en el cumpleaños de Nancy. ¿Recibió su regalo?
—Sí, papá, no te preocupes. Le encantó, te mandó muchos besos.
—¡Mi nieta, ya toda una señorita!
—Así es. El tiempo pasa volando, papá.
—Así es, hijo, así es. Mira cómo estoy yo ya.
—Estás fuerte como un toro, papá. Te vas a recuperar pronto. Bueno, descansa, así en la noche vemos alguna película juntos. Me voy a duchar y luego salgo un rato.
—¿Te asustaste mucho en el avión? —preguntó el anciano con una sonrisa, recordando la fobia de su hijastro.
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Editado: 28.12.2025