El inspector Toledo lo recibe en un despacho atiborrado de papeles en desorden, hojas y más hojas tamaño oficio mal acomodadas en carpetas baratas de cartón color gris. La oficina es pequeña y está mal pintada, como toda la dependencia policial: no alcanzan los fondos para más. Toledo, un hombre de unos 39 años, alto, robusto y de cabello canoso, esboza una especie de sonrisa a modo de bienvenida mientras le da la mano a Esteban.
—¿El señor Esteban Fuentes? —expresa más como una afirmación que como una pregunta.
—El mismo. Usted es el inspector Toledo, ¿no?
—Dígame Toledo nomás. Detesto toda esa pompa de "inspector". No sé por qué, pero me hace acordar al programa de la Pantera Rosa —dice Toledo sonriendo.
—Esperemos que tenga más suerte que aquel "inspector" —le contesta Esteban.
—Esperemos —repite Toledo, poniéndose serio—, pero todo lo que hemos averiguado hasta ahora no ha arrojado nada claro.
—Mire, Toledo, usted puede hablarme directamente. No me va a perturbar en lo más mínimo en cuanto al tema afectivo. Puede contarme toda la verdad, y si no me equivoco, no se trata solamente de una simple desaparición. Supongo que hay algo más. La relación que yo tenía con mi hermanastro era por demás distante. Si estoy acá en estos momentos es sólo por mi padrastro. Él no está enterado del asunto pues sufre serios problemas de salud. ¿Me entiende?
—Le entiendo, Fuentes. Tengo entendido que usted es psicólogo y ha trabajado para la policía en Buenos Aires.
—Así es. De vez en cuando colaboro con la policía para trazar algún perfil psicológico de algún criminal, pero son trabajos esporádicos.
—Bien. De todas maneras, este es un caso extraño. Le comento qué fue lo que pasó.
—Lo escucho.
Toledo se reclina en su asiento y extrae una de las carpetas grises del montón que se halla sobre el escritorio, en cuya tapa se lee garabateado con un marcador grueso de color negro: "CASO PEDRO RAMÍREZ - 02/06/99". Se la acerca a Esteban. Mientras el psicólogo hojea la carpeta, Toledo pasa a detallar todo el incidente, dando a conocer algunos detalles que figuran en el expediente.
—Cuando se ingresó al departamento, y después de retornar la luz, se revisaron cuidadosamente todas las habitaciones. Se encontraron calmantes para dormir a montones y de todas las marcas. Por lo visto, Pedro Ramírez venía con problemas de sueño desde hacía un tiempo. El arma que se encontró se verificó que era de él, había sido disparada recientemente y contenía solo huellas digitales de Ramírez. La sangre fresca que se halló junto al arma en el piso correspondía a Ramírez —le dice Toledo, indicándole las fotos del interior del departamento.
—Aquí hay muchísima sangre —expresa Esteban, un tanto espantado por lo que le muestran las fotos: un piso lleno de sangre, al igual que las paredes que forman el ángulo de unión, salpicadas tras el disparo.
—Es muy difícil que Ramírez haya sobrevivido a este disparo. Según la investigación, estaba sentado en el ángulo de las dos paredes y el disparo se efectuó a la altura de la cabeza, presumiblemente en la boca, con una inclinación de 45º. La bala lo atravesó y se incrustó en la pared.
—¿Y cómo no está el cuerpo?
—Esa es la gran pregunta. No sabemos cómo pudo desaparecer, más si nos guiamos por los testigos, todos ellos hombres de la policía con legajos intachables.
—¿Verificaron que el cuerpo no haya sido trasladado?
—Se corroboró que nadie pudo haber entrado ni salido del departamento. Estamos hablando de un tercer piso, con sus postigos todos cerrados interiormente y una única puerta que también estaba cerrada por dentro, con la llave puesta en la cerradura. Imposible hacerlo y después salir.
—¿Me está diciendo que el cuerpo se esfumó? —expresa Esteban, asombrado.
—No le estoy diciendo nada. Solo estoy especificando qué fue lo que encontramos, e hipotéticamente qué fue lo que sucedió. Acá no hay rastros de violencia; no hay señales ni huellas dactilares de otra persona; no se encontraron evidencias de que el cuerpo haya sido arrastrado, y tampoco se puede decir que todo fue preparado de tal forma como para hacer creer que se mató. Imposible preparar un escenario así. Por otro lado, tenemos las declaraciones de los testigos quienes escucharon a Ramírez, y más específicamente una declaración de sus vecinos, un matrimonio joven, quienes lo oyeron llorar minutos antes de escucharse el disparo. Pero lo más relevante es que ya lo venían escuchando desde hacía unos meses.
—Esto es insólito. No puede haber crimen ni suicidio sin cuerpo, a pesar de que todas las evidencias indiquen que así fue.
—Tenemos algunas declaraciones de sus compañeros de trabajo que ratifican el estado de ánimo de Ramírez, el mismo expresado por sus vecinos. Todos concuerdan en que hacía un tiempo que Ramírez prácticamente se había aislado del grupo. Aunque nunca fue muy comunicativo, su apariencia personal dejaba mucho que desear. Consultamos al psicólogo que atiende al personal policial, pero dice que en el último examen realizado a Ramírez no notó nada extraño en su comportamiento.
Esteban tiene el entrecejo fruncido desde hace varios minutos. Su expresión denota una total incertidumbre. Algo le falta a este rompecabezas... ¿pero qué es?
—Necesito su autorización para ir a ese departamento.
—No hay problema. Ya lo registramos de pies a cabeza. Le voy a dar las llaves, ya no hay nadie custodiándolo.
Toledo le entrega las llaves del departamento de Pedro Ramírez.
—Gracias, Toledo. Iré mañana a echar una ojeada. Si se me ocurre algo, lo llamo.
—Con todo gusto acepto sugerencias. ¿Cuánto piensa quedarse en Comodoro?
—Una semana, estimo. Más no creo. ¿Por qué me pregunta?
—En caso de no vernos acá, puede llamarme a este otro número —dice, garabateando ocho dígitos en un pedazo de papel.
—Este número es de Buenos Aires —dice Esteban, observando el papel.
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Editado: 28.12.2025