El martes, Esteban se levantó temprano con un fuerte dolor de estómago. La noche anterior había cenado con sus padres y comido con tanta voracidad que, quien lo hubiera visto, habría pensado que llevaba días sin probar bocado.
Tomó unos mates amargos sin acompañarlos con nada sólido, y el efecto laxante no tardó en manifestarse. Luego de una placentera visita al baño, el dolor de estómago desapareció.
A las nueve y media de la mañana partió rumbo al barrio policial. A lo lejos, los monoblocks de color pardo comenzaban a asomar.
"¿Cómo puede vivir la gente hacinada de esa forma?", se preguntó mientras frenaba bruscamente la camioneta de su padrastro para no atropellar a un perro callejero.
—Estúpido perro —pensó—, si hubiera sido otro, ya te habría pasado por encima.
Estacionó en la pequeña playa de aparcamiento correspondiente a los residentes del monoblock 3. Bajó del vehículo, cerró con llave y se ajustó el cuello de la campera. Un viento helado, con aroma a mar, atravesaba todo a su paso como si fueran dardos de hielo.
Mientras caminaba hacia la entrada del edificio, tanteó el bolsillo interior de la campera para asegurarse de que llevaba la llave. Al llegar, una mujer barría la entrada y le dedicó una mirada poco amigable. Esteban la saludó con un “buenos días”, pero ella desvió la mirada y continuó barriendo.
—Vaya hospitalidad —pensó Esteban, mientras ingresaba al edificio y subía las escaleras hacia el tercer piso.
Las paredes, sucias y con una pintura que nunca fue renovada, daban al lugar un aspecto desagradable. A Esteban le entraron ganas de terminar cuanto antes lo que tenía que hacer y salir de allí.
La puerta del departamento de Pedro aún tenía colocada la cinta amarilla de la policía. Esteban abrió la puerta y se agachó para ingresar sin romper la faja, luego cerró detrás de sí, buscando a tientas el interruptor. Todo estaba oscuro, ya que los postigos cerrados no dejaban pasar la luz del día. Encendió la luz del comedor: un ambiente sucio y desordenado apareció ante sus ojos.
Había una pequeña biblioteca con varios libros de distinta índole, un juego de sillones de cuatro cuerpos, un televisor de 20 pulgadas junto con una videograbadora. Al lado del televisor, colgado de la pared, un teléfono inalámbrico, y en medio de la sala, una mesa baja cubierta de papeles desordenados. La cocina estaba verdaderamente sucia, con manchas de aceite y grasa, como era de esperarse en la vivienda de un soltero. Los azulejos mostraban un tono amarillento que se intensificaba detrás de la cocina. Había platos y cubiertos amontonados en el fregadero. Todo indicaba que Pedro no era muy amigo del orden ni la limpieza.
Esteban no tenía muy claro qué lo había llevado hasta allí. Tenía la esperanza de encontrar algo que los investigadores hubieran pasado por alto, aunque sabía que esa gente hacía muy bien su trabajo y que difícilmente se les escapara un detalle.
Siguió por un pasillo central que conducía primero al baño y luego a dos habitaciones contiguas. La primera funcionaba como depósito de todo lo que no encontraba lugar: una caña de pescar, una caja de herramientas, valijas, una bicicleta todo terreno roja, un banco con pesas esparcidas en el suelo, un viejo colchón apoyado de canto contra la pared, y un sinfín de objetos que deberían haber terminado en la basura. Telarañas adornaban las esquinas del techo y de las paredes.
Entró a la habitación más grande, y un temor repentino lo invadió. Se acercó a la ventana para abrir el postigo metálico, pero la perilla estaba rota, así que le fue imposible destrabarlo sin herramientas. Tuvo que conformarse con la tenue luz amarillenta del foco del techo. Bajo esa iluminación pudo ver una cama matrimonial desordenada, dos mesas de noche: una con un vaso con agua y algunos medicamentos esparcidos; la otra, con una Biblia y una estampa de la Virgen María usada como señalador. Un guardarropa enorme ocupaba toda una pared. Tenía las puertas abiertas y en su interior se veían dos uniformes perfectamente planchados y envueltos en fundas de nylon, varios pares de zapatos y zapatillas, y algunas cajas de las que asomaban fotos, muchas de ellas tiradas en el suelo. Había también otro televisor, de 14 pulgadas, justo frente a la cama. Y, finalmente, lo que no quería ver, pero era imposible ignorar: una gran mancha de sangre seca en el piso y salpicaduras en las paredes. Una de ellas mostraba la marca del impacto de un proyectil, rodeada con tiza blanca.
Esteban se agachó para observar con detenimiento la escena. Buscaba alguna explicación, una señal escondida en los extraños dibujos formados con la sangre. Pero no encontró nada. Todo indicaba un final trágico. Se inclinó aún más, apoyando las manos en el suelo, y miró debajo de la cama. Solo había polvo y pelusas.
Se puso de pie y fue al guardarropa. Revisó las cajas llenas de fotografías. Al observarlas, se le ocurrió una idea: tomó algunas en las que Pedro aparecía sonriente, vestido con uniforme, y las guardó en el bolsillo interior de la campera. Luego se fijó en los uniformes. Estaban como salidos de la tintorería, sin uso. Los sacó de sus fundas y revisó los bolsillos. En uno de ellos, el bolsillo pequeño de la chaqueta, encontró un papel casi destruido, que había sobrevivido al lavado. Lo abrió. Había un nombre apenas legible y un número de teléfono: “Sra. Noemí. Tel. 4443722. De lunes a viernes, de 10:00 a 18:00”. Lo guardó sin saber exactamente por qué.
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Editado: 28.12.2025