En ese momento, escuchó voces y pasos de niño corriendo al otro lado de la pared. Le recordó que allí vivían los vecinos que supuestamente habían escuchado a Pedro.
Salió del cuarto, apagó la luz y un escalofrío recorrió su cuerpo. Sentía la extraña impresión de que alguien lo observaba desde atrás. Salió del departamento lo más rápido que pudo y, en su apuro, se llevó por delante la cinta policial. Intentó dejarla como estaba y cerró la puerta con llave.
Respiró hondo para calmar el miedo repentino. Luego, golpeó la puerta del departamento contiguo. Le abrió la mujer que había visto barriendo.
—¿Qué desea?
—Disculpe, mi nombre es Esteban Fuentes. Quería hacerle unas preguntas.
—¿Sobre el vecino?
—Sí, sobre el señor Ramírez.
—¿Es usted policía?
—Pedro era mi hermanastro.
—Perdone, lo que pasa es que ya estamos cansados de responder siempre las mismas preguntas, como si estuviéramos mintiendo. Y eso que mi esposo también es policía.
—Entiendo. Tal vez le pregunte lo mismo que otros, si no le molesta.
—Está bien, pase.
El departamento de la vecina era idéntico al de Pedro, pero limpio y ordenado. Un fuerte olor a desinfectante con aroma a lavanda impregnaba el aire. Esteban se sentó.
—¿Desea café, té o algo fresco? —preguntó Eleonora, ahora mucho más amable.
—Gracias, señora. Le agradecería un poco de agua.
—Muy bien. ¿Qué desea saber exactamente? —preguntó la mujer desde la cocina mientras llenaba un vaso largo con agua mineral.
—¿Usted conocía a Pedro?
—Solo de vista. Tanto mi esposo como yo lo saludábamos cuando lo veíamos en el pasillo. Pero era una persona muy reservada. Nadie en el edificio tenía una relación cercana con él —dijo, entregándole el vaso a Esteban.
—He notado que los ruidos se filtran fácilmente de un departamento a otro. ¿Sabe si Pedro tenía visitas?
—Mire, si no fuera por los ruidos que empezamos a escuchar hace unos tres meses, habría pensado que no vivía nadie allí. Era muy solitario.
—¿Qué clase de ruidos?
—No sabría cómo explicarlo... parecía que imploraba, que pedía que lo dejaran en paz... y lloraba. Al principio pensé que era la televisión, alguna película, pero luego se volvió algo constante.
—¿Nunca intentaron averiguar si tenía algún problema?
—Mi esposo pensaba hacerlo el mismo día del disparo, pero antes de que pudiera, ocurrió todo. Nunca antes quisimos meternos.
—¿Nunca se escucharon otras voces?
—No. Siempre estaba solo. Y eso que me acerqué varias veces para escuchar, pensando que podrían estar asaltándolo... pero nada. Es raro, ¿no?
—Sí, muy raro —respondió Esteban, mirando al suelo—. Le agradezco su tiempo, señora García —dijo, poniéndose de pie.
—No hay de qué. Espero que logre aclarar lo que pasó.
—Eso espero. Ah, por cierto… ¿conoce a alguna señora Noemí?
—¿Noemí? Mmm… no, no me suena.
—Gracias de todos modos. Hasta luego.
—Hasta luego.
Esteban salió del edificio con más dudas que certezas. No lograba entender qué había ocurrido, pero debía existir una explicación lógica. Tal vez Pedro había fingido su muerte para desaparecer. ¿Pero por qué? ¿Una deuda de juego? ¿Algo peor? Esa idea no terminaba de convencerlo.
Ya en el auto, sacó el papel arrugado de su bolsillo y, con su celular, marcó el número que figuraba junto al nombre "Sra. Noemí".
Una voz serena y seductora de mujer respondió al otro lado de la línea.
—¿Con la señora Noemí?
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Disculpe, señora. Esteban Fuentes es mi nombre. Necesito hablar con usted.
—¡Cómo no! ¡No hay problema! Son veinticinco pesos la consulta normal, con tirada de cartas del tarot y pronóstico para un año. Cincuenta pesos, la completa, con pronóstico de tres años y armonización con flores.
Esteban, al principio, no entiende bien lo que le está diciendo aquella mujer, pero pronto se da cuenta de que la tal Noemí no es ni más ni menos que una "bruja".
—Está bien, no hay problema. ¿Cuál es su dirección, señora?
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Editado: 28.12.2025