Esteban anota la calle y el número en la palma de su mano. Ya no le queda espacio en el papel.
La dirección está cerca de los monoblocks. Conduce unas siete cuadras y estaciona frente a un pequeño chalet con un jardín muy bien cuidado. Toca el timbre de la reja y una mujer de unos 37 años, bastante obesa, sale a recibirlo. Lleva puesta una especie de túnica de seda blanca y negra, con dibujos de lunas, estrellas y símbolos del zodíaco. Un grueso collar de perlas de fantasía cuelga de su regordete cuello y hace juego con los dos enormes aros que penden de sus orejas. Su rostro rechoncho está completamente maquillado: párpados azules, mejillas blancas y labios de un rojo intenso. Sus uñas largas lucen el mismo color rojo sangre, y sus muñecas llevan pulseras del mismo juego que el collar y los aros.
—¡Hola! Recién hablé con usted. ¿Señora Noemí, verdad?
—Sí. ¿Señor...?
—Fuentes... Esteban Fuentes.
—¡Esteban! Pase, por favor.
Lo conduce al interior de la casa. Un intenso olor a incienso le golpea la nariz, y su primera reacción es llevarse una mano a la boca.
El comedor es pequeño y está atiborrado de objetos de todo tipo. Cuadros de diversos paisajes, pequeños y medianos, cuelgan de las paredes. Una cortina ruidosa, hecha de piezas de caña pintadas de blanco y negro, divide el comedor del cuarto de consulta.
En el centro de la habitación hay una mesa de caoba con cuatro sillas del mismo material. Sobre la mesa, una mantilla blanca sostiene un florero repleto de flores secas. Las cortinas del ventanal están hechas de seda y repiten los dibujos del vestido de la mujer. En un rincón, descansa un Buda de marfil.
—Tome asiento, por favor. ¿Desea un té? —pregunta la mujer.
—No, gracias. No quiero quitarle su tiempo.
—Para eso estoy, Esteban. Para escuchar los problemas y tratar de guiar a la gente con mi ayuda espiritual.
—Mire, en realidad no venía por una consulta. Necesito hacerle una pregunta con respecto a alguien que, aparentemente, sí la ha consultado.
La sonrisa en el rostro de la mujer desaparece, y no disimula su desagrado ante las palabras de Esteban.
—Discúlpeme, señor Esteban, pero no suelo dar información confidencial. Usted me entiende...
—La entiendo perfectamente. Yo tampoco acostumbro a revelar información confidencial en mi trabajo, pero no se preocupe, le pagaré su tiempo como una consulta normal. ¿Qué dice?
Noemí finge no estar convencida, aunque por dentro la frase "le pagaré su tiempo" la ha puesto de buen humor.
—Señor Esteban, haré una excepción con usted porque me cae bien, pero por favor, que no se entere nadie de esto. Ya sabe… la reputación. ¿Entiende?
—Entiendo, entiendo. No se preocupe —responde Esteban, mientras deposita en su mano derecha los 25 pesos por la consulta.
—Y bien, señor Esteban —dijo Noemí, con su rostro nuevamente sonriente—, ¿en qué puedo ayudarle?
—Estoy recabando información sobre mi hermanastro, señora Noemí, por motivos que no vienen al caso. Solo necesito saber si él estuvo aquí y de qué hablaron. Su nombre es Pedro Ramírez.
—Pedro Ramírez... Pedro Ramírez... —repitió en voz alta la mujer, frunciendo el ceño y con la mirada perdida, intentando recordar—. Lamentablemente, señor Esteban, no llevo un registro de visitas, ya que generalmente la gente que viene desea mantener su privacidad. ¿Tiene una foto para mostrarme?
—¡Cierto! Me olvidé. Aquí tengo una —dijo Esteban, extendiéndole una fotografía de Pedro.
—Mmmm, no recuerdo haber atendido a nadie con uniforme, pero esa cara me resulta familiar... Lamentablemente, el tiempo de consulta se está agotando y no voy a poder ayudarlo.
Esteban suspira, algo fastidiado.
—No se preocupe por el tiempo de consulta —dice, entregándole 25 pesos más—. Por favor, dígame qué sabe de él.
La adivina sonríe al aceptar el nuevo pago y finge concentrarse en la fotografía.
—Ahora que lo veo bien, recuerdo a su hermanastro. Vino una noche, asustado, a pedirme ayuda. Decía que lo perseguían, que lo espiaban... o algo así. Cuando le pregunté quiénes eran, me dijo que nunca los había visto, pero que podía escucharlos a sus espaldas… —piensa un momento— ¿Cómo era que dijo? No me acuerdo. El asunto es que oía voces. Indudablemente, no estaba bien.
—¿Le dijo algo más?
—No que yo recuerde. Solo le hice una armonización con flores y luego le tiré las cartas del tarot. Y ahora que lo menciona, salió algo en las cartas que normalmente no les digo a mis clientes.
—¿Qué fue lo que no le dijo?
—La muerte, señor Esteban. Que la muerte estaría presente en los próximos meses.
Esteban se despide de la adivina y sube a su auto. Ya es mediodía, y un viento fuerte proveniente del Atlántico ha hecho descender la temperatura. Permanece un rato pensativo, sin encender el motor. No ha conseguido una pista concreta; lo único que tiene es el testimonio de una mujer en quien no confía del todo. Por el momento, se dirigirá a almorzar con sus padres. Luego decidirá qué hacer.
En los días siguientes, Esteban se entrevista con el psicólogo y los médicos clínicos que los policías deben visitar periódicamente. Ninguna de estas entrevistas arroja información relevante: todo indica que Pedro estaba en sus cabales. En su charla personal con el psicólogo, Pedro no manifestó ningún problema particular, lo que contradice lo dicho por la adivina.
Después habló con compañeros de trabajo de Pedro, tanto superiores como agentes de menor rango. Todos coinciden en algo: Pedro era una persona bastante antipática, poco conversadora, pero un excelente policía que, a veces, se arriesgaba más de lo necesario en cumplimiento del deber.
El misterio parece un callejón sin salida, pero una sospecha comienza a instalarse en la mente de los investigadores: que todo ha sido orquestado por el propio Pedro Ramírez. Esteban termina por aceptar esta teoría, aunque aún faltan los motivos y quedan muchos cabos sueltos. Tal vez sea la postura más cómoda para quienes no quieren admitir que han fracasado.
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Editado: 28.12.2025