Buenos Aires
12 de julio de 1999, 23:55 horas
Vicente, el enfermero, desciende de su auto a las 23:55. Una llovizna fina lo recibe, acompañada de una brisa helada que cala los huesos en el invierno de la ciudad. Las luces mortecinas del alumbrado público le dan un aspecto tétrico al viejo edificio del instituto de asistencia mental. El nosocomio, de dos plantas, ocupa una amplia superficie, bordeada por pinos de más de sesenta años.
Vicente detesta su trabajo, pero es lo único que ha podido conseguir a cambio de un sueldo escaso que le permite continuar sus estudios universitarios. Hace tres meses que trabaja en el hospital psiquiátrico, y ya le parece toda una vida. Juró, apenas una semana después de haber ingresado, que no trabajaría allí más de un año. Ahora, después de tan solo tres meses, piensa romper su promesa: trabajará la mitad del tiempo que se había propuesto.
El edificio, mal iluminado, parece abandonado. Solo algunas luces encendidas en el interior indican la presencia de personas. Vicente presiona el timbre de la puerta lateral, por donde accede el personal. A los pocos segundos, aparece Pablo con sus pertenencias, listo para marcharse. Es el otro enfermero, a quien Vicente reemplaza en el turno. Turnos rotativos de seis horas, de los cuales el más deseado por todos es el nocturno.
—¿Qué tal, Pablo? ¿Todo bien?
—¿Cómo estás, Vicente? Todo tranquilo. Ya están sedados y dormidos todos. ¡Cómo te envidio!
—Ya te tocará la semana que viene.
—Ah, me olvidaba: mantén vigilado al grandote. Hoy estuvo más inquieto de lo normal. Se puso violento y tuvimos que sedarlo antes de tiempo. Mantente atento, y si pasa algo, vuelve a inyectarlo —le advierte Pablo.
—¿Juancito violento? Pero si es el más tranquilo de todos.
—Por algo está aquí. Todos estos locos son iguales. Ya estoy harto de este trabajo.
—Y yo.
—Hasta mañana.
—Nos vemos, Pablo.
Pablo se marcha y Vicente cierra la puerta. Ahora es el único cuerdo entre los cuarenta y cinco habitantes de aquel edificio.
Se dirige a la oficina de control, una habitación de 9 metros cuadrados con un escritorio, un teléfono y una computadora como únicas herramientas. Dos tubos fluorescentes iluminan el lugar y resaltan la suciedad de las paredes, que de blancas ya no tienen nada y piden a gritos una mano de pintura. También hay un viejo armario metálico gris, con cuatro puertas que se deslizan horizontalmente. Contiene ficheros atiborrados con los datos de los internos. Por último, completan el lugar un anafre de una hornilla y una alacena que resguarda lo más preciado para los enfermeros de guardia: yerba, azúcar, café… en fin, todo lo indispensable para matar el tiempo. Una puerta contigua conduce a otro ambiente donde se encuentran los cambiadores y el baño, ambos en un estado deplorable.
Además de las rondas habituales que los enfermeros deben hacer para verificar el estado de los internos, también realizan una vigilancia mediante el monitor de la computadora, que muestra, gracias a las cámaras instaladas en los dos pabellones, distintos sectores del edificio. Lo primero que hace Vicente al entrar en la oficina es revisar el monitor. Deja la ronda para más tarde, cuando el sueño lo venza: así se despejará.
Durante la noche nunca ha tenido problemas. Por eso ese turno es tan codiciado entre los enfermeros: lo consideran un descanso comparado con los otros tres, en los que los gritos, los llantos, las peleas y limpiar inmundicias son cosa de todos los días.
Después de revisar el monitor, Vicente se dirige al cambiador, abre el candado de su casillero —también metálico y gris, como el fichero— y se cambia la ropa de calle por los pantalones y la camisa de tela gruesa color celeste. Ya de regreso en la oficina, toma la pava de aluminio, algo abollada por los golpes, la llena de agua y se prepara un café. Acomoda el periódico sobre el escritorio, aunque ya sea del día anterior.
—¿Qué más da? Al fin y al cabo, las noticias siempre se repiten —piensa.
La primera sección que siempre lee es la de Empleos Solicitados, pero cada vez hay menos ofertas.
—Este país es un desastre —se dice a sí mismo—. Tengo que largarme de aquí.
Sigue hojeando. Lee el suplemento deportivo, pasa a los juegos, pero los crucigramas ya fueron completados por otros enfermeros. Por último, hojea la sección política, aunque, como siempre, no le presta atención. Solo lo hace para reafirmar su convicción de que no tiene futuro si permanece en el país.
—Corrupción, corrupción, corrupción. ¡Malditos! No se cansan de arruinarnos... y encima quieren volver —murmuró, cerrando el diario con rabia.
#112 en Terror
#755 en Thriller
#364 en Misterio
suicidio, vida despues de la muerte, terror psicologico misterio suspenso
Editado: 28.12.2025