Murmurium

Capítulo 14

Las tres de la mañana es su momento crítico; empieza a cabecear y se le cierran los ojos. Es la hora de hacer su primera ronda para espantar el sueño. Se pone de pie. Por si acaso, saca unos tranquilizantes del cajón y sale al pasillo de la planta baja.

El edificio, por dentro, cuenta en su planta baja con el pabellón A, que tiene unas veinte camas, un baño con varias duchas e inodoros, la oficina de control junto con los vestuarios y el baño exclusivo para los enfermeros, otra oficina que pertenece al director del instituto, la sala de los médicos con sus respectivos vestuarios y baños, y, por último, al fondo del ala sur de la planta baja, una especie de celda con las paredes acolchadas. Ese último espacio se usa para aislar a los pacientes que entran en crisis y tienden a golpearse la cabeza contra las paredes.

Sale al pasillo, pero un corte de luz repentino lo deja en total oscuridad; apenas un débil resplandor rojizo del cielo se filtra por los ventanales del edificio.

—La puta que lo parió —murmura—. Espero que la linterna tenga pilas.

Vuelve sobre sus pasos y, tanteando al costado del escritorio, encuentra la linterna vieja. La enciende y aparece un haz de luz tenue:

—Pilas viejas —piensa—, pero todavía sirven.

Sale otra vez al pasillo y camina por el corredor. El resplandor rojizo de antes ha desaparecido; ahora el cielo se desploma en una lluvia torrencial que golpea con fuerza los ventanales, acompañada por el viento. A mitad de camino, abre unas puertas dobles tipo vaivén y entra al pabellón A. Revisa una por una las camas; todos los internos duermen bajo los efectos de los calmantes. Sale del pabellón sin novedades y sube al primer piso. Abre la puerta del pabellón B; el silencio solo se rompe por la respiración tranquila y acompasada de los pacientes, un total de catorce en ese piso. Va revisando una por una las camas ocupadas, pero la cama de Juan "el grandote" está vacía. Una mezcla de preocupación y miedo se apodera de Vicente; se da media vuelta de golpe, con la sensación de que alguien está detrás de él, pero no hay nadie. Respira profundo y trata de calmar su ritmo cardíaco.

—Y esta luz de mierda que no vuelve —piensa—, capaz que esté en el baño.

Vuelve hacia la puerta de salida del pabellón, pero esta vez va iluminando cada rincón. Sombras inquietantes se forman y desaparecen al paso del débil haz de la linterna, sombras que parecen moverse, que engañan y asustan a Vicente, quien sigue buscando. Se asoma al pasillo central del primer piso y camina hasta el fondo, en dirección contraria a la escalera; allá están los baños de la planta alta. Entra al lugar; un fuerte olor a desinfectante y el sonido constante del agua corriendo automáticamente en los mingitorios lo recibe.

—¿Juan? ¿Estás aquí? —pregunta en voz alta, esperando oír alguna respuesta desde uno de los siete baños individuales, pero no hay ninguna. Uno a uno, va abriendo las puertas, que no tienen cerraduras internas por cuestiones de seguridad. Todos están vacíos.

—¿¡Dónde mierda se metió!?

—Atrás tuyo, Vicente —oye una voz muy suave detrás de él, tan despacio que apenas se puede percibir.

El tiempo parece detenerse. La voz tiene un efecto paralizante en todo su cuerpo; siente cómo el corazón le da un vuelco en el pecho y las piernas se le aflojan. Un escalofrío le recorre la espalda, como si unos dedos de hielo subieran por su columna hasta llegarle a la nuca.

Se da vuelta tras una fracción de segundo, aunque para Vicente esa fracción se siente como una eternidad con todas esas sensaciones encima… pero detrás de él no hay nadie.

—¡La puta que lo parió! —exclama por lo bajo. Le tiemblan las manos y el haz de luz de la linterna no logra enfocarse en un punto fijo.

—¿Juan, eres tú? ¡Vamos, no te escondas que me diste un susto tremendo! ¿Juan?...

Silencio. Nadie responde.

Sale del baño con esa extraña sensación persistente de que alguien está detrás de él.




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