Murmurium

Capítulo 15

"Juan, eres un hijo de puta, si te agarro te duermo para siempre", piensa mientras regresa por el pasillo más lento que nunca. Gira una y otra vez sobre sí mismo, iluminando con la linterna a todos lados. Está aterrorizado y no quiere que lo sorprendan otra vez. Se detiene frente a la entrada de las habitaciones del pabellón B; quiere volver a revisar, pero el miedo lo paraliza. Nunca en su vida, pese a no haber visto nada, sintió un terror tan profundo.

"Mejor espero a que vuelva la luz y reviso bien", se dice, justificando su falta de valor para volver a entrar.

Baja las escaleras y se mete apurado en su oficina, cerrando la puerta por dentro. Se sienta y respira hondo, mirando hacia afuera por la ventana. Afuera, la oscuridad es total.

"Ni siquiera volvió ese resplandor rojizo del cielo… al menos eso me ayudaba, ahora no se ve una mierda" —piensa—. "Vamos, a tomar unos buenos mates", se anima a sí mismo e intenta tararear una canción, pero un ruido repentino de vidrios rotos que viene desde los vestuarios de los enfermeros lo hace pegar un salto. El miedo vuelve a apoderarse de él.

—¿¡Juan!? ¿¡Juan, eres tú!? —dice con voz temblorosa.

Empieza a buscar algo, cualquier cosa que le sirva para defenderse, pero lo único que tiene a mano es un escobillón. Lo agarra con la derecha; en la izquierda sostiene la linterna. Camina hacia la puerta de entrada de los vestuarios. Respira profundo intentando calmarse y empuja la puerta con el escobillón; la puerta se abre con un chirrido largo y agudo en las bisagras.

"Esto parece una película de terror", se dice, y sonríe sin ganas.

Adentro de los vestuarios, el espejo está hecho pedazos. Escucha un sollozo contenido.

—¿¡Juan!? ¡Soy yo, Vicente! ¡Vamos, vení, dale, yo te ayudo! —dice desde el marco de la puerta.

—¡No! —responde un grito repentino que sale del baño.

Vicente se acerca con cuidado y se para frente a la puerta cerrada.

—¿¡Juan!? ¡Abre la puerta, por favor!

Pero Juan no responde. Solo sigue llorando.

Juan comienza a toser. Vicente se da cuenta de que está pisando un líquido pegajoso que se escurre por debajo de la puerta del baño; apunta con la linterna y, horrorizado, descubre que está parado sobre un charco de sangre.

—¡Mierda! ¿¡Juan, qué hiciste!?

Junta coraje y le da una patada a la puerta. La traba interna cede fácilmente ante el golpe de Vicente. Juan, un hombre de unos 55 años, está sentado sobre la tapa del inodoro. Lleva puesto un pijama blanco empapado en sangre. Un gran trozo de vidrio le atraviesa el estómago. Sus manos, llenas de cortes, empujan el vidrio hacia adentro, profundizándolo en su carne. Levanta la vista y mira a Vicente con los ojos vidriosos; un hilo de sangre le corre por la comisura izquierda de la boca.

—¡No... lo soporto más... no lo soporto... más! —dice Juan, llorando. Vuelve a toser, y vomita sangre.

—¡Aguanta, amigo, aguanta que ya llamo una ambulancia!

Vicente corre a su oficina y llama por teléfono al hospital más cercano; le prometen llegar en cinco minutos. Vicente sabe que eso es imposible.

—¡Pero apúrense, apúrense que el tipo se muere! —le grita al operador antes de colgar.

Corre al compartimiento de primeros auxilios y saca un montón de gasas, aunque sabe que no va a poder detener la hemorragia. Juan está por desmayarse; Vicente lo sacude para evitar que se le vaya.

—¡Vamos, Juan, vamos, no te me vas a morir ahora, háblame, dime algo!

Pero Juan lo mira a los ojos, con una calma extraña, como si le estuviera agradeciendo… y simplemente niega con la cabeza antes de desplomarse.

—¿¡Juan!? ¿¡Juan!? ¡No, no! ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Qué desastre! ¡Carajo!

Afuera, la sirena de la ambulancia rompe el silencio, y Vicente corre a abrir las puertas, aunque ya sabe que es demasiado tarde.

Guía a los paramédicos hasta su oficina y se queda parado en la entrada de los vestuarios.

—Ahí, en el baño —les indica, y se deja caer en la silla frente a su escritorio, sintiendo cómo la angustia le pesa en el pecho. Saca un cigarrillo, y recién entonces nota que la luz ha regresado.

Uno de los paramédicos se asoma por la puerta.

—¡Eh, amigo! —lo llama.

Vicente se acerca.

El otro paramédico está parado junto a la puerta rota del baño. Tiene una expresión de desconcierto en el rostro.

—¿¡Qué sucede!? —pregunta Vicente, ya con algo de irritación.

—¿Se te fue el muerto? —le dice el paramédico más cercano.

—¿¡Qué dices!? —responde Vicente mientras entra al baño.

—¡No... no entiendo! —exclama, completamente confundido al ver el baño vacío. Solo quedan la sangre y los vidrios rotos—. ¡No entiendo nada! ¡Si estaba ahí, muerto!

—Nosotros tampoco entendemos nada, amigo —le responde uno de los paramédicos.

Afuera, la lluvia ha cesado.




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