BUENOS AIRES
15 de septiembre de 1999, 7:30 horas.
Dos meses han pasado del viaje de Esteban a Comodoro, y el incidente vivido con la desaparición de su hermanastro parece quedar en el olvido. Esteban continúa con su rutina diaria: se levanta todos los días a las siete de la mañana, compra el diario y se sienta exactamente a las siete y media frente a las tostadas y el café con leche. Su mujer lo acompaña y, a las ocho menos cuarto, se suman a la mesa sus hijas que van al colegio.
—¡Buenos días, mamá! ¡Buenos días, papá! —saludan al unísono, a lo que, por lo general, Esteban contesta con un “¿cómo están mis leonas?”. Pero hoy Esteban está absorto en una nota aparecida en el diario y no les presta atención:
SERÁ ENJUICIADO EL ENFERMERO DEL MANICOMIO
Vicente Ramos, quien protagonizara un confuso hecho en el Instituto de Asistencia Mental Sigmund Freud, será enjuiciado el próximo año, demandado por los familiares del interno desaparecido. Recordemos que Vicente Ramos, quien estaba a cargo de la guardia médica en el nombrado instituto la noche del 12 de julio del corriente año, en circunstancias aún no esclarecidas, el interno Juan Sardowski desapareció dejando solo muestras y rastros de haber sufrido graves heridas; esto último comprobado por la abundante sangre encontrada en el lugar, que concuerda con la del interno en cuestión. Vicente Ramos asegura que el interno habría intentado quitarse la vida y que dio parte inmediato a los paramédicos, pero que, cuando estos llegaron, Juan Sardowski había desaparecido sin que Vicente Ramos pudiera dar una explicación al hecho.
La nota era escueta y podría pasar desapercibida tranquilamente en un sinfín de hechos de sangre, pero esta tiene algo en particular que llama la atención de Esteban: el suicidio y la desaparición.
—¡Papá, salúdanos! —le recrimina una de las gemelas.
—¡Venga para acá, mi leoncita! —dice Esteban dejando el diario a un lado.
Durante la mañana, en su consultorio, Esteban atiende a un par de pacientes y le informa a Gladis, su secretaria, que derive los turnos que tiene ese día para mañana; se tomará la tarde libre. Después hace un llamado al Instituto Sigmund Freud y pide comunicarse con su amigo, el director del instituto, Carlos Osvaldo Prado.
—¿Osvaldo?
—¿Esteban? ¡Cómo estás, viejo! ¡Tanto tiempo!
—¿Cómo estás, Osvaldito? ¿Hasta qué hora te quedas en el instituto por la mañana?
—Hasta la una estoy acá.
—¿Te parece que almorcemos juntos en algún restaurante? Necesito hablar con vos.
—¡Perfecto! Yo también tengo algunas cosas para contarte. Te habrás enterado de lo que pasó, ¿no?
—Sí, lo leí recién esta mañana, pero mejor lo charlamos mientras almorzamos. Te paso a buscar, ¿ok?
—¡Listo, Esteban! Le aviso a mi señora que no me espere entonces.
—Listo, Osvaldito. Nos vemos.
Osvaldo Prado es un hombre imponente que roza los dos metros de altura y pesa cerca de 150 kilos. A sus 52 años, su vigor físico no parece haber mermado en lo más mínimo, y bien podría enfrentarse con varios hombres al mismo tiempo, tal como lo hizo en su juventud, cuando intervino para defender a un desconocido que estaba siendo acosado por cuatro individuos.
Con la tranquilidad de quien se sabe un gigante, Osvaldo le preguntó a uno de los agresores:
—¿Algún problema, amigo?
—¡Lárgate de acá, idiota! ¡Esto no es contigo!
—Perdón, pero este chico es mi amigo. Y cualquiera que se mete con un amigo mío, se mete conmigo.
La atención del grupo se desvió completamente hacia Osvaldo, dejando a Esteban fuera de peligro. Esteban no pudo moverse; seguía paralizado por el miedo y sorprendido por la intervención de aquel extraño que lo defendía.
—¿Qué te pasa, desgraciado? ¡Vamos a partirles la cara a los dos! —dijo el líder, flanqueado por sus compinches, que comenzaban a rodear a Osvaldo.
—Yo soy un tipo tranquilo, muchachos. ¿Por qué no se van antes de que alguien salga lastimado?
—¿Ah, sí, imbécil? —contestó el líder, encendiendo la chispa. El clic metálico de una navaja al abrirse pareció encender la mecha.
Entonces Osvaldo se movió con la velocidad de un felino, contrastando brutalmente con su enorme volumen. Cinco minutos después, tres de los agresores yacían en el suelo, lamentando haber desafiado a ese coloso. Intentaban contener las hemorragias de nariz y boca. El cuarto, el líder, había huido a tiempo, lanzando amenazas e insultos mientras escapaba.
—¿Estás bien? —le preguntó Osvaldo a Esteban.
—Sí, estoy bien. Gracias. Te debo una… —Esteban dudó un segundo, sin saber cómo llamarlo.
—Osvaldo. Me llamo Osvaldo —respondió entonces el gigante.
—Esteban. Esteban es mi nombre. Estoy en deuda contigo, Osvaldo.
—Con que me invites una cerveza estamos a mano.
—¡Perfecto! Vamos por unas cervezas, entonces.
Desde aquel día nació una amistad que, con los años, se fue haciendo más fuerte.
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Editado: 28.12.2025