Murmurium

Capítulo 17

La pizzería La Tana está repleta de comensales. Es la hora pico en la capital, cuando los trabajadores con jornada continua aprovechan su hora de almuerzo. La mesa de Esteban y Osvaldo se encuentra junto a uno de los ventanales; afuera, la gente se mueve con prisa, buscando un lugar donde comer.

Ambos disfrutan con gusto una pizza grande de anchoas, acompañada por dos jarras de cerveza bien fría. El bullicio del local actúa como un perfecto escudo para la conversación que mantienen. Ya han hablado sobre su juventud, recordando aquella pelea en la que se conocieron, la universidad, las noches en los bares, las mujeres, el viaje a Brasil y la descomunal borrachera que se agarró Osvaldo; también sus matrimonios, los hijos, el trabajo… un sinfín de pequeños recuerdos compartidos a lo largo de los años. Cada uno de esos momentos revive en el brillo de sus ojos, llenos de melancolía.

—¿Y cómo fue que te acordaste de tu viejo amigo? —pregunta Osvaldo.

—Ya sabes que siempre me acuerdo de ti, gordo. Pero… el trabajo, la familia, los chicos… vivimos a mil todo el día. Hoy, leyendo el periódico, me enteré de lo que pasó en el instituto. Me llamó mucho la atención.

—Sí. Yo todavía no salgo de mi asombro. El muchacho era relativamente nuevo, pero de total confianza. Nunca pensé que pudiera hacer algo así.

—¿Piensas que lo mató?

—No lo pienso yo, lo cree todo el mundo. Para la policía no hay duda de que él mató al interno. Pero sin cuerpo, no hay condena; solo pueden juzgarlo por negligencia.

—¿Y este muchacho qué dice?

—Lo niega todo. Dice que lo encontró con un pedazo de vidrio clavado en el estómago y que llamó de inmediato a los paramédicos. Pero cuando estos llegaron al lugar, no encontraron a nadie.

—El testimonio de los paramédicos aquí es fundamental.

—Sí. Ellos declararon que tardaron unos diez minutos, más o menos, en llegar. Que no notaron nada raro en el muchacho, pero que sí se sorprendió cuando le dijeron que no había nadie donde él aseguraba que estaba.

—El muerto se esfumó.

—Así parece, pero ya te digo que todos sospechan que él hizo desaparecer el cuerpo. La lluvia de esa noche pudo borrar cualquier rastro que haya dejado al sacarlo.

—¿Y la sangre?

—Se comprobó que era del interno. Había rastros en el baño, en las manos y en la ropa del enfermero. Él dijo que intentó detener la hemorragia.

Esteban queda pensativo por unos segundos, con la mirada perdida en la calle. Luego respira hondo y mira a su amigo.

—Aquí hay algo que no encaja. Si tú crees que el muchacho lo mató y quiso simular un suicidio… ¿por qué haría desaparecer el cuerpo? No tiene sentido. Lo más lógico hubiera sido que el cadáver quedara allí, o, en todo caso, cambiar la historia y decir que el tipo se hirió y escapó.

Osvaldo lo observa, dejando a medio camino una porción de pizza.

—Nunca lo había analizado desde ese punto de vista. Es muy cierto lo que dices. Pero también puede ser que este muchacho no tuviera la audacia suficiente para armar una historia así, y cometió un error.

—Puede ser también… pero ¿y si te dijera que me pasó algo similar?

Osvaldo lanza una carcajada.

—En serio te digo, gordo. No estoy bromeando.

Osvaldo sigue riendo, incrédulo. Pero ante la mirada fija y el silencio de su amigo, la sonrisa pronto se le borra.

—¡No me digas eso! ¿De verdad me lo dices?

—Muy en serio, gordo.

—Pero… ¿cómo fue? ¿Alguien más lo sabe?

—¿Te acuerdas que alguna vez te hablé de mi hermanastro en Comodoro?

—Sí, lo comentaste. No recuerdo su nombre.

—Pedro. Se llamaba Pedro. Mira, hace dos meses mi madre llamó desde Comodoro para avisarme que Pedro había desaparecido, y me pidió que fuera urgente. Viajé, hablé con la policía, me contaron todo. Supuestamente, Pedro intentó suicidarse. Vivía en un departamento en unos monoblocks policiales. Todos los vecinos dijeron haber escuchado gritos y un disparo que venía del departamento. Llamaron a la policía. Cuando llegaron, ¡oh, sorpresa! Había sangre, pero ningún cuerpo.

—¡Carajo! —exclamó Osvaldo.

—Así es, gordo. Fui al departamento, vi la sangre, hablé con los vecinos y confirmaron todo. Y lo más increíble es que no había forma de salir de ese lugar. Las ventanas estaban cerradas con postigos, y la única puerta de acceso, apenas se oyó el disparo, quedó siempre a la vista de los vecinos.

—¿Y qué dijo la policía?

—Estaban más perdidos que yo. Presumen que todo fue planeado por Pedro.

—¿Para qué?

—Si lo supiera, lo creería más. Pero no se le veían motivos. Tenía un historial intachable.

—Estamos todos locos. Qué raro todo.

—Lo dijiste tú: qué raro. Por eso quiero pedirte un favor, gordo.

—Si está en mis manos…

—Necesito hablar con el muchacho al que le pasó esto. ¿Cómo se llama?

—Vicente Ramos.

—Pásame su dirección, por favor. Quiero escuchar lo que tenga que contarme.

—No hay problema, Esteban. Llama mañana al instituto y te la doy.

—Gracias, gordo. ¿Otra pizza?

—Y más cerveza, amigo.

—¡Mozo!




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