Al día siguiente, al atardecer, Esteban se dirige hacia un viejo conventillo ubicado en el barrio de La Boca, en el que ocupa un departamento Vicente Ramos. La vieja construcción de los años veinte muestra una fachada deplorable, toda pintarrajeada con aerosoles, descascarada y húmeda. Dentro del edificio, en la galería, resuenan las voces de los ocupantes de los departamentos: gritos histéricos de una madre retando a un niño que llora, un televisor a todo volumen con las noticias del día castigando los oídos, carcajadas por allá de una adolescente excitada y olores, olores típicos de las comidas, entremezclados con humedad y encierro.
Utiliza el timbre del departamento, pero no se escucha ninguna campanilla resonar del otro lado. Golpea la puerta.
—¿¡Quién es!? —contestan desde el interior.
—¿Señor Ramos?
—¿Qué quiere? —Responde el ex enfermero sin abrir la puerta—. Ya estoy harto de los periodistas, ¡váyase!
—No soy periodista, señor Ramos, vengo de parte de Osvaldo Prado, su ex jefe.
—¡No me interesa! ¡Ese gordo hijo de puta me mandó a la muerte!
—¿Puedo hablar con usted, señor Ramos? Es solo un momento.
—¡Váyase a la mierda! ¡No me molesten más!
—Señor Ramos, yo le creo —dice Esteban esperando unos segundos alguna respuesta positiva proveniente del interior de la vivienda, pero esta no llega en forma verbal.
La puerta se abre asomando un rostro demacrado, ojos enrojecidos con evidentes muestras de haber llorado, pelo sucio y despeinado, un vaquero gastado, una camiseta sucia y arrugada; así sale a atender Vicente.
—¿Quién es usted?
—Esteban Fuentes —contesta el psicólogo extendiendo la mano, pero Vicente no acepta el saludo.
—¿Qué quiere?
—Hablar con usted. A mí me pasó algo similar.
—¿Algo similar a qué?
—¿Me permite pasar?
—Mi departamento es un desastre, pero pase, si no le tiene miedo a las cucarachas...
—Ya las conozco, no se preocupe.
Adentro todo está en desorden. Dos velas, una arriba de una vieja nevera, y la otra en medio de una mesa pequeña, iluminan el lugar. Una vieja cocina toda chorreada de aceite y grasa de antiguas frituras, sirve de calefacción para el pequeño ambiente con sus tres hornillas encendidas. Un aparador destartalado soporta el peso de los utensilios sobre tres patas originales y una cuarta improvisada con una lata de leche. Los azulejos que recubren parte de la pared están cubiertos por una delgada capa de grasa, otorgándole una tonalidad ocre a lo que otrora fuera un blanco inmaculado, y la pileta de acero inoxidable rebosa de platos y ollas sucias. Tal cual lo ha dicho Vicente, el desorden y la mugre dominan su deprimente hogar.
—Me quedé sin luz. No pude pagar las facturas, y pronto me van a echar de aquí también.
—Lo lamento, Vicente.
—Ya no me importa nada, me destrozaron.
Saca un último cigarrillo y hace un bollo con el paquete vacío arrojándolo a un cesto de basura al cual no acierta.
—Ya ni para cigarros tengo.
Esteban arquea las cejas como no sabiendo qué decir. Vicente da una profunda pitada al cigarrillo y exhala el humo con furia.
—Lo escucho. ¿Qué quiere de mí?
—Bueno, en realidad quería saber qué fue lo que le pasó específicamente... —Vicente lo interrumpe.
—Mire... yo ya estoy harto de contar siempre lo mismo y que me tomen por loco. Usted ya habrá leído los periódicos, es más o menos así como lo cuentan con la diferencia de que esos hijos de puta me consideran un asesino.
—Yo ya le dije que le creía. Mi hermanastro desapareció de forma similar, digamos, pero con la diferencia de que no hubo un testigo directo como usted.
—¡Usted me está tomando el pelo!
—No, Vicente, es la verdad. Por eso yo quería que me cuente qué fue lo que vio exactamente, cómo fueron las cosas.
Vicente le relata no sin cierto fastidio la historia que ha repetido una y otra vez en las últimas semanas. La cuenta con lujo de detalles desde que llegó aquella noche al instituto a tomar su guardia, lo que hizo, el corte de luz, la ronda de vigilancia con una linterna, el miedo que sintió cuando encontró la cama vacía del paciente, el terror que se apoderó de él en el baño de los internos cuando creyó oír una voz a sus espaldas y de cómo decidió encerrarse en su oficina y esperar la madrugada. El ruido en su baño, el encuentro con el paciente moribundo, el vidrio que intentó retirar y no pudo, la llamada a los paramédicos, todo.
—¿Digamos entonces que en ningún momento usted abrió la puerta ni se separó de sus llaves hasta que llegaron los paramédicos?
—Así es, por eso nadie me cree. El tipo desapareció, no sé cómo pero se fue dejando poco más que las tripas allí.
—¿Estaba muerto?
—Para mí ya estaba muerto cuando llegaron los paramédicos.
—¿Hacía mucho que estaba internado este hombre?
—Dos años aproximadamente. Según decían era un comerciante próspero y de repente perdió la razón.
#200 en Terror
#1338 en Thriller
#583 en Misterio
suicidio, vida despues de la muerte, terror psicologico misterio suspenso
Editado: 07.03.2026