"¿Acaso nunca has escuchado los sonidos de la muerte? Los pequeños "blurf" que brotan de un cuerpo podrido. El sordo lamento de la descomposición orgánica ¿Acaso nunca los escuchaste? ¿Acaso nunca olfateaste el hedor de la muerte? La lenta pero inexorable corrupción de la carne. Los líquidos corporales fluyendo. El angustioso olor a putrefacción ¿Acaso nunca lo pudiste sentir? No hay nada más aterrador que eso, nada... Te lo puedo asegurar..." C.M.
Cuando Roberto Flores informó a sus padres que se había inscrito en la facultad de medicina, estos rebosaban de alegría y orgullo. Tendrían un doctor en la familia, quizás un eximio cirujano, o un renombrado científico que descubriría curas para las enfermedades mortales. Todo ese sueño se mantuvo a lo largo de los nueve años de estudio que le deparó a Roberto el recibirse. Pero cuando los padres se enteraron de que Roberto había seguido la rama forense, una mueca de repugnancia y desprecio se dibujó en sus rostros; su hijo conviviría entre cadáveres, como un sepulturero, pero peor aún, su hijo destriparía esos cadáveres y viviría impregnado de olores nauseabundos que luego traería a casa.
A Roberto jamás le interesó lo que pudieran pensar sus padres respecto a la carrera elegida. Él ya tenía decidido qué quería ser en la vida desde el mismísimo secundario.
A él no le asustaba estar solo en un frío recinto, rodeado de cadáveres, abrirlos, inspeccionar sus órganos, drenar sus fluidos. A él no le asustaba deslizar el bisturí sobre carne descompuesta, quemada, triturada; a él le agradaba eso. Siente placer al desmenuzar cuerpos y sacar a la luz las causales de sus muertes, y cada vez que lo hace, el placer que siente es casi orgásmico. En el medio hospitalario, lo han bautizado "el Carnicero", y aunque no se lo dicen directamente, él sabe que todos lo nombran así en conversaciones informales, pero no le molesta, se siente halagado. Su carácter es muy reservado, tanto que no tiene amigos. Solo cruza las palabras justas y necesarias con sus colegas, y cuando se tiene que definir un asunto, la palabra que vale es la de él.
A pesar de no agradar a nadie su aspecto, es considerado uno de los mejores forenses del país. Un par de veces estuvo a punto de emigrar hacia Estados Unidos, tentado por el mismísimo FBI para ocupar un puesto en el departamento de investigadores médicos. Este departamento ayuda a la resolución de los casos criminales más difíciles mediante el análisis forense profundo, a través de la última tecnología. Pero Roberto Flores desechó estas propuestas, pues, a pesar de su aspecto frío, ama a su familia y ama su país.
Desde chico se ha sentido atraído por el misterio de la muerte, desde chico se pregunta qué hay más allá, desde chico se pregunta si se sentirá algo estar muerto, no existir, el no ser nada. Estos interrogantes que todos se hacen en algún momento de sus vidas, son en Roberto Flores una obsesión, una obsesión que se alimentó aún más después de enterarse, a sus quince años de edad, de que su corazón es débil, que su corazón sufría y sufre una malformación congénita, y que en cualquier momento puede decir basta. Toda esta situación fomenta su obsesión, obsesión que lo ha llevado a ser uno de los mejores forenses, a no sentir temor a los muertos y a investigar sin descanso los motivos de sus decesos. Quizá, toda esta obsesión sirva para ocultar su propio miedo a morir.
Es de noche. Las luces del Departamento Forense de la federal muestran una sala fría, metálica, siniestra. Hay un salón amplio en cuyo centro se hallan dos mesas de acero inoxidable junto con sus respectivas mesas móviles con todo su instrumental. Un escritorio amplio, de unos seis metros de largo, está adosado a la pared derecha de dicho salón. Sobre este gran y único escritorio, hay cuatro computadoras y un montón de papeles desparramados. Sobre la otra pared, la izquierda, están los archivos metálicos atestados de carpetas, documentación varia y fotos de los difuntos. En el fondo del salón se visualizan dos cámaras frigoríficas frontales de acero inoxidable, lugar donde se depositan los cuerpos.
Roberto Flores siempre trabaja hasta tarde, se siente a gusto en aquella sala que todos odian, es su segundo hogar.
Es sábado y se ha quedado solo, nadie más que él está en el edificio. No es la primera vez que el Carnicero trasnocha removiendo músculos y tendones. Las dos mesas de acero inoxidable están ocupadas; en una de ellas está terminando de coser un cuerpo de sexo masculino, un pobre tipo asesinado que fue encontrado con un tiro en la cabeza en un descampado. En la otra está un cuerpo llegado a última hora, una mujer de unos 29 años, posible suicida que se arrojó al vacío desde una altura cercana a los nueve metros. El cuerpo está tapado por una sábana blanca manchada de sangre a la altura de la cabeza, lugar del mayor impacto.
—Bueno, señor, usted ha quedado perfectamente cerrado, está limpio y preparado para su último destino —le dice al cadáver—. Ahora te vas a ir a la nevera y veremos qué le pasó a la señorita voladora —comenta en un tono burlón, como mofándose de la muerte.
Después de meterlo en uno de los nichos de la nevera, se dirige al otro cadáver para darle la primera ojeada. Lo destapa con cuidado, como evitando "despertarla".
—Perdone que la moleste, señorita, veamos qué se hizo.
Lanza una exclamación al ver el cráneo destrozado de la mujer. El rostro está completamente desfigurado exponiendo parte de los huesos del maxilar derecho. La carne en ese lugar ha sido prácticamente arrancada. Un ojo lo tiene entreabierto, el otro estalló con el golpe.
—Veo que se ha lastimado seriamente, señorita. Permítame que le diga que voy a abrirla para hurgar su estómago en búsqueda de alguna ingesta de pastillas, alcohol o cualquier otro tipo de sustancia...
Desliza suavemente el bisturí desde la boca del estómago hasta un poco más abajo del ombligo. Entreabre la zona del cuerpo cortado y extrae parte de sus vísceras. En ese instante suena la alarma de su reloj de pulsera.
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Editado: 07.03.2026