Murmurium

Capítulo 20

15 de septiembre de 1999, 21:15 horas.

Mario Toledo llevaba once años en la División Homicidios de la Policía Federal. Desde niño, soñaba con desentrañar los asesinatos más complejos, una ambición alimentada por las viejas series de detectives solitarios donde la lógica deductiva siempre prevalecía sobre los crímenes más intrincados. Al principio de su carrera, su ímpetu era notable: dedicaba hasta quince horas diarias a estudiar cada probabilidad que surgía de los casos menores asignados por sus superiores. Un tiempo que otros inspectores, especialmente los veteranos, consideraban excesivo, prefiriendo archivar rápidamente esos incidentes molestos. Sin embargo, con el tiempo, Toledo comprendió que su ideal infantil era una utopía. Aquellas series eran rompecabezas prefabricados, y la lógica deductiva desplegada no era más que un guion establecido. En la vida real, la acumulación de casos sin resolver en su archivo le demostró que la lógica, aunque esencial, a menudo requería una dosis de azar.

Hoy, a sus 39 años, la frustración lo acompañaba tanto en lo profesional como en lo personal. Tras dos divorcios y con tres hijos a los que veía esporádicamente, se cuestionaba su elección de carrera. Si hubiera seguido el consejo paterno y retomado sus estudios de ingeniería, al menos la lógica y los cálculos serían absolutos, independientes del incierto devenir.

Eran las 21:15 cuando el teléfono sonó, interrumpiendo el momento en que Mario Toledo se disponía a dejar su desordenada oficina rumbo a su hogar, un espacio igualmente carente de afecto. La llamada de Esteban Fuentes lo tomó por sorpresa. Aunque le había facilitado su número en Comodoro tras darse por concluido el caso Ramírez, nunca esperó volver a tener contacto con el psicólogo. Ahora, en su casa, aún más caótica y descuidada que su lugar de trabajo, aguardaba la llegada de Esteban, reclinado en su gastado sillón de pana, con los pies doloridos apoyados sobre una mesa ratona. En una mano sostenía una lata de cerveza; en la otra, una porción fría de pizza, mientras la televisión reflejaba el convulso panorama nacional.

Esteban llegó alrededor de las 22:10. El timbre sobresaltó al inspector, quien se había quedado dormido.

Se saludaron con una formalidad casi desconocida.

—¿Cómo le va, Fuentes? No esperaba volver a verlo.

—Yo tampoco, Toledo, yo tampoco.

—Pero pase, por favor. Disculpe el desorden.

Se ubicaron en el comedor. Toledo apagó el televisor.

—Dígame qué lo trae por aquí —inquirió el inspector, encendiendo el cuarto cigarrillo de su segundo paquete del día.

—No estoy seguro de por qué lo llamé, o si usted podrá comprender lo que quiero decirle. Aunque el caso de mi hermanastro se considere cerrado, no puede negar que las circunstancias fueron bastante confusas.

—Admitamos que fueron muy confusas. He tenido cientos de casos en mi carrera, algunos resueltos y otros no. ¿A dónde quiere llegar, Fuentes?

—No lo sé con certeza, pero ¿ha considerado la posibilidad de algo paranormal en todo esto? No me tome por un loco, pero hay un dicho que sugiere que cuando la lógica falla, debemos explorar otras vías para encontrar una respuesta razonable.

—¿Y esas vías serían algo fuera de lo común, según usted?

—Podría decirse que sí.

—Usted mencionó por teléfono que tenía algo que respaldaba su teoría.

—Así es. ¿Leyó esto? —preguntó Esteban, extrayendo de un bolsillo interior de su saco un recorte de periódico con la noticia del enfermero acusado de asesinato.

Toledo leyó detenidamente el artículo.

—Interesante —dice al concluir la lectura.

— ¿Qué opina?

—El enfermero está más loco que los locos que cuidaba.

— ¿Y si le dijera que no es así? ¿Y si le dijera que ese hombre ha sido sincero?

— ¿Cómo puede estar tan seguro?

—Hablé con él personalmente hace un rato. El tipo dice la verdad. ¿Acaso no ve la similitud de este caso con el de mi hermanastro?

—Supuesta muerte y desaparición.

—Supuesto suicidio y desaparición diría yo, con un testigo casi directo en esta oportunidad.

—Entiendo la comparación Fuentes, son dos casos similares en los cuales tiene que haber una respuesta verosímil. Discúlpeme por no creer en "otras cosas", pero la vida me ha enseñado a poner los pies sobre la tierra y no dejarme llevar por fantasías. Lo digo por experiencia.

—Lo entiendo, inspector, no le pido que crea ciegamente en lo que le digo, pues lo que estoy tratando de hacer simplemente es una investigación que tiende más a una curiosidad de mi parte. Tenga en cuenta que soy psicólogo y que todo lo que atañe al misterio de la mente es para mí una obsesión.

—Lo envidio. Yo ya perdí ese fuego sagrado hace tiempo con mi carrera. ¿Qué es lo que necesita específicamente?

—Necesito información a la cual usted puede tener acceso.

— ¿Qué tipo de información?

—Necesito que consulte sus archivos y me suministre algunos casos similares a estos. Quisiera poder leerlos y analizarlos. Es toda la ayuda que le solicito.

Toledo guarda silencio por unos segundos.

—Lo lamento, Fuentes, pero no puedo suministrarle dicha información. Primero porque va en contra de mi poca ética que aún me queda, y segundo porque estoy hasta el tope de trabajo y sinceramente no tengo el tiempo ni las ganas para escarbar en mis archivos desempolvando viejas carpetas. Discúlpeme.

Esteban muerde su labio inferior, reprimiendo mostrar su descontento.

—Bueno, al menos lo intenté. Le agradezco por su tiempo, inspector —dice poniéndose de pie—. Si cambia de parecer este es mi número de celular —concluye extendiéndole una tarjeta.

—Dudo que lo llame, Fuentes, a no ser que necesite sus servicios profesionales —contesta Toledo aceptando la tarjeta.

—Hasta pronto.

Se estrechan las manos y Esteban se marcha. Mario Toledo vuelve a su sillón de pana con otra lata de cerveza, otra fría porción de pizza y la televisión encendida.




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