Murmurium

Capítulo 22

24 de enero de 2002, 20:30 horas

Esteban se recostó en su asiento y extrajo unos viejos papeles de una abultada agenda. Entre ellos encontró una tarjeta que le había entregado tres años atrás Mario Toledo, el inspector de homicidios al que conoció por primera vez en Comodoro Rivadavia. El caso de su hermanastro se dio por cerrado definitivamente un año después de ocurrido, y pasó a formar parte del archivo de personas desaparecidas.

Recordó con tristeza cómo había resuelto, aunque de forma parcial, la ausencia de Pedro ante su padrastro enfermo: le envió una carta con una foto, fingiendo que era el propio Pedro quien la escribía. En ella explicaba que lo habían trasladado a otra dependencia policial y que, por unos meses, no podrían verse. Nunca llegó a decirle la verdad: Pedro había desaparecido. No se sabía si estaba vivo o muerto, aunque todas las pruebas apuntaban a lo peor. Su padrastro falleció a los pocos meses, sin conocer jamás la realidad. La madre de Esteban, en cambio, sufrió un duro golpe, pero logró reponerse y continuar al frente del negocio familiar.

El caso del enfermero acusado de homicidio concluyó en 2001. El joven, defendido por el abogado de Esteban, fue sobreseído de culpa y cargo. Nunca se pudo comprobar la muerte del interno, a pesar de los abundantes rastros de sangre que apuntaban a lo contrario. Vicente Ramos, el enfermero, logró reunir el dinero suficiente trabajando en distintos empleos temporales y finalmente cumplió su sueño de emigrar.

Roberto Flores, el médico forense con quien Esteban conversó en el hospital policial, no sobrevivió a la operación que se le practicó aquel día. El psicólogo lo descubrió tiempo después en la sección de obituarios. Aquel día en el hospital fue también la última vez que vio al inspector Mario Toledo. No volvió a saber nada de él, ni supo si finalmente logró sacarle alguna información a Flores respecto al cadáver desaparecido de la morgue. Lo más probable, pensó, es que Toledo hubiera archivado el caso como tantos otros.

Estos tres episodios, que en su momento tocaron profundamente a Esteban, le dejaron muchos interrogantes que lo perturbaron durante meses. Finalmente, decidió que lo mejor era dejar todo atrás y concentrarse en su familia y su trabajo. Con el paso del tiempo, los hechos se fueron desdibujando hasta quedar reducidos a simples recuerdos de acontecimientos extraños.

Arrugó la tarjeta de Toledo y la arrojó al cesto de basura. Afuera ya era de noche y llovía torrencialmente. Así había estado todo el día. A Esteban le fascinaban los días lluviosos.

Las 20:30. Hora de marcharse. Gladys, su secretaria, se había ido hacía ya media hora. Se puso el sobretodo, se aseguró —palpando desde afuera— de que las llaves del auto estuvieran en los bolsillos, descolgó el paraguas y, en ese preciso instante, sonó el timbre de la puerta. Pensó que sería su secretaria, quizás había olvidado algo. No podía ser un paciente: todos venían con cita previa. Abrió la puerta.

Un hombre de complexión imponente, completamente empapado y cubierto con un abrigo gris, se encontraba del otro lado. Y justo cuando Esteban creía que todo había quedado en el pasado… la pesadilla regresó.




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