Murmurium

Capítulo 23

La Plata

10 de julio de 1999, 22:30 horas.

El teatro está desbordado de espectadores. Lozano rebosa de alegría y su autoestima está por las nubes al ver cómo el público ha respondido positivamente al estreno de su última obra. Hacía tiempo que esperaba este momento, y desde el mismo instante en que comenzó a escribir el guion, supo que sería un éxito. Uno intuye estas cosas; instintivamente percibe cuándo algo bueno está por surgir, lo presiente, lo huele. Y un artista que vive en constante búsqueda de esos momentos de conexión divina —en los que la inspiración se manifiesta en pequeños destellos— sabe reconocer cuándo ha encontrado una veta creativa poderosa.

Ese es el caso de Silvio Lozano: escritor, director y actor de sus propias obras. Lozano ha hallado esa veta que todo artista anhela y ha sabido extraer lo mejor de ella. Ahora, su trabajo se materializa en una puesta en escena impecable, con actores desconocidos pero brillantes en cada uno de sus papeles. El público lo nota y responde con aplausos entusiastas durante el desarrollo de la obra.

Silvio Lozano acaba de cumplir 45 años. Está felizmente casado con Laura desde hace más de quince años, y fruto de esa relación nació Francisco, su hijo de siete años, quien es su mayor pasión y desvelo.

La vida de Silvio no ha sido fácil. Desde pequeño tuvo que lidiar con un padre severo y una madre demasiado débil como para protegerlo de semejante exigencia. Se convirtió en un niño retraído, poco sociable, víctima constante de las burlas de sus compañeros de escuela. Al sentirse atacado tanto en su casa como en su entorno escolar, se vio obligado a construir una coraza para aislarse de esas agresiones, hasta el punto de volverse completamente ausente frente a todo lo que sucedía a su alrededor.

El tiempo fue pasando, y la muerte prematura de su padre, cuando él tenía tan solo 14 años, provocó un cambio radical en su personalidad. Ya no se sintió avasallado en su hogar y, poco a poco, comenzó a ganar confianza y a valerse por sí mismo. Su relación con el mundo exterior empezó a transformarse, primero con una actitud cautelosa, protegiéndose tímidamente de todo aquello que percibía como una amenaza. Con el tiempo, esa defensa frágil se convirtió en una protección vehemente, que en ocasiones derivaba en violencia física. Pasó de ser una persona completamente pasiva y dominada, a otra que necesitaba tenerlo todo bajo control, con estados de ánimo que fluctuaban constantemente entre una alegría desbordante y una furia incontrolable.

Fue por aquellos años que comenzó a estudiar arte dramático, y de inmediato sobresalió entre sus compañeros, gracias a su capacidad para llevar al escenario esos bruscos cambios de temperamento. Con frecuencia asumía como propias las penas y alegrías de los personajes que interpretaba, llegando incluso a conservar, durante meses después de finalizada una obra, las características emocionales de esos papeles.

En la escuela fue un estudiante mediocre, y sus actitudes irreverentes lo pusieron más de una vez al borde de la expulsión. Sin embargo, gracias a que su padre había dejado a la familia en una buena posición económica, su madre solía intervenir con alguna que otra donación a la institución, logrando que el director reconsiderara su postura y permitiera que su hijo continuara su errático paso por el ámbito escolar.

A los veinte años ingresó a la universidad, y su pasión por el teatro ya era una realidad. Pronto comenzó a realizar sus primeras adaptaciones, que al principio, por supuesto, no fueron del todo buenas. Sin embargo, el ímpetu y la dedicación con los que se entregaba a sus creaciones le permitieron madurar y mejorar con el tiempo.

A los veinticinco años, tras varios noviazgos desastrosos a causa de su carácter impredecible, conoció a Laura, su actual esposa. Para él, fue como alcanzar aguas tranquilas después de una larga y tormentosa travesía. Laura era la horma de su zapato, y pronto demostró ser capaz de equilibrar los cambiantes estados de ánimo de Silvio. Su relación fue creciendo en pasión y amor con el paso del tiempo, y para entonces Silvio ya había abandonado la carrera de Licenciatura en Literatura, que le parecía demasiado rígida y carente de revelaciones. En cambio, se dedicó por completo al teatro, tanto en la actuación como en la escritura de sus propias obras.

Laura lo acompañó y apoyó en esas decisiones, aunque siempre aportando su punto de vista, cumpliendo en cierta forma el papel de ancla entre la realidad y la mente volátil y dispersa de su pareja. Después de cinco años de noviazgo y varias idas y venidas, Laura, con un discurso convincente y bajo la amenaza de no volver a verlo, logró persuadirlo para dar el siguiente paso en la relación. Así fue como se casaron por iglesia y por civil, tal como ella deseaba, y no simplemente en concubinato, como prefería Silvio. Pero el profundo amor que él sentía por Laura era más fuerte que sus propios deseos, y por ella habría sido capaz de hacer cualquier cosa.

El matrimonio le sentó bien, y pronto comenzó a concretar obras y actuaciones aún más convincentes. En cuanto a Laura, se recibió de abogada con todos los honores.

Después de dos años de casados, comenzaron a buscar el tan ansiado hijo que Laura deseaba con fervor y que Silvio, en el fondo, temía. Pero ese hijo no llegaba. Ambos se realizaron estudios médicos y se descubrió que el esperma de Silvio no era muy fértil. Las posibilidades de que Laura quedara embarazada eran prácticamente nulas, aunque existía una leve posibilidad. Decidieron no recurrir a la fecundación asistida hasta agotar todas las instancias del embarazo natural.

El tiempo pasó y, después de mucho intentarlo, ese hijo tan anhelado —ahora por ambos— llegó. Francisco, que tanto se hizo esperar, fue el eslabón que completó la cadena de felicidad de Silvio. Por fin se sintió pleno. Han pasado siete años desde el nacimiento de Francisco, y hoy Silvio toca el cielo con las manos. Su obra está resultando un éxito, despertando admiración y aplausos, especialmente por su participación como actor. Se siente colmado de dicha.




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