Buenos Aires
11 de agosto de 1999, 11:10 horas.
La habitación 108 de cuidados intensivos del Hospital Británico se encuentra en penumbras, y el mecánico andar del respirador inunda el ambiente con un sonido sombrío y monótono. A simple vista, solo se pueden observar, como contornos borrosos sobre un tapiz oscuro, una cama, el respirador artificial y la estructura metálica que sostiene el suero. Sin embargo, si se presta atención, adecuando la vista a las sombras, se observará con sorpresa que la cama alberga el cuerpo de una persona extremadamente delgada, que la aguja del suero penetra una vena seca de un brazo consumido, y que la mascarilla del respirador artificial cubre gran parte del rostro huesudo del paciente.
Silvio Lozano despierta después de un coma de treinta días. Sus ojos le duelen tanto que intenta llevarse una mano a ellos para protegerlos, pero descubre que carece de la fuerza para realizar una acción tan simple. Imagina entonces que esta es una de esas tantas pesadillas en las que uno cree despertarse, viendo todo transfigurado y sintiendo que los movimientos se dificultan. Supone que solo tendrá que tranquilizarse, cerrar los ojos y despertar nuevamente en su casa. Cierra los ojos, se duerme y comienza a soñar, creyendo en su sueño que ahora está realmente despierto, viendo a su esposa que le trae el desayuno a la cama mientras él juega con su hijo sobre esta, con un ambiente bañado por la luz radiante del sol que entra por la ventana, destacando los colores con una claridad inusual, dándole a toda la escena un toque surrealista.
Silvio... Silvio...
Silvio ve a su esposa que lo llama, parada junto a la cama, mientras él sigue jugando con su hijo, y que una mano de ella acaricia su frente repitiendo una y otra vez su nombre.
—Silvio... despierta, Silvio... por favor.
Poco a poco la habitación, su hijo y su esposa se van desvaneciendo, dando paso otra vez a las sombras, otra vez al ardor en sus ojos, otra vez a la pesadilla.
—Silvio... ¡hijo! —escucha la voz entrecortada de su madre.
Pronto sus ojos se adaptan a la penumbra y el dolor inicial disminuye, sin comprender por qué está en esa situación, por qué se encuentra en un hospital.
La figura regordeta de su madre, con su voluminoso peinado de siempre en su cabello canoso, se recorta en un ambiente ahora iluminado por una lámpara de gradación que despide una tenue luz amarillenta en el techo. Quiere responder al llamado de su madre, pero sabe que no podrá. Poco a poco se da cuenta de que su situación no es tan sencilla y que tendrá que armarse de paciencia.
El doctor Araneda aparece en la habitación luciendo su aspecto cansino de siempre. Llama la atención por su altura y su delgadez. Su caminar encorvado y su aspecto desaliñado, sin corbata y con el delantal desabrochado, se conjugan perfectamente con sus anteojos gruesos y redondos que, junto con su escaso cabello sin peinar de los costados (arriba luce una calvicie perfecta), le dan más un aspecto de científico excéntrico que del brillante doctor que es.
— ¡Buen día, señora! ¿Despertó el joven?
— ¡Sí, doctor, gracias... gracias por...! —sus palabras se entrecortan por los sollozos.
— ¡Oh, no, no, no! —lo interrumpe Araneda—. ¡No se me ponga sentimental! Además, esto recién comienza, señora, su hijo tiene un largo proceso de recuperación.
— ¡Gracias de todas maneras, doctor!
Araneda acepta las gracias y conversa con la enfermera que se encuentra al cuidado de Lozano; después se dirige a este.
—Bueno, mi amigo, ¡por fin despertamos! No intente moverse ni hablar, solo escuche y descanse, ¿estamos? Ahora bien, lo único que va a saber es que está en una situación delicada, pero reversible; puede recuperarse siempre y cuando se esfuerce y siga todos nuestros consejos al pie de la letra. Su cuerpo ha estado bastante tiempo sin recibir alimentos sólidos, y también tiene sus complicaciones, algunos huesos rotos, digamos. Pero tranquilo, y afronte la situación con valentía, va a salir adelante —culmina Araneda tomando una de las manos de Silvio a modo de saludo.
Silvio comprende muy bien las palabras del doctor, pero no se inmuta en absoluto. Lo único que le intriga es cómo ha ido a parar allí y por qué su esposa y su hijo no están junto a su cama. Solo eso le importa, hasta que el sueño vuelve a dominarlo.
El proceso de recuperación fue largo y doloroso, pero no tan doloroso como cuando se enteró de la verdad al mes de haber despertado.
Aquella tarde el doctor Araneda no pudo esquivar más los interrogantes de Lozano, y viendo que este se venía recuperando rápidamente, decidió contarle todo lo sucedido.
—Doctor, sé que usted cumple con su deber de protegerme, pero también tengo derecho a saber la verdad. Mis últimos recuerdos se remontan a la noche del estreno de mi obra de teatro y nada más. No sé qué sucedió aquella noche, si realmente llevamos a cabo esa obra o no, si la gente nos abucheó o felicitó, no sé absolutamente nada de eso y no me interesa. Solo quiero saber la verdad de lo que sucedió, cómo vine a parar aquí y qué sucede que mi esposa y mi hijo no están conmigo. Por favor, doctor... —expresa Silvio desde su nueva habitación de terapia intermedia. Araneda está de pie mirando por la ventana que da al exterior el alocado tránsito del mediodía en la ciudad, y se dice a sí mismo que el estudio de medicina lo ha preparado para abrir cuerpos y seccionar órganos sin siquiera inmutarse, pero no lo ha preparado para dar malas noticias; es la parte desagradable de su trabajo.
—Hace exactamente dos meses —comienza a decir Araneda sin despegar su vista de la calle—, usted tuvo su estreno soñado; es más, debo decirle que yo estuve allí y fue fantástico, tanto su actuación como la obra que escribió. Después del estreno, y según la información que se recabó, usted junto a su esposa y su hijo participaron de una pequeña fiesta particular donde, supongo, festejaron el éxito que habían tenido esa noche. —Calla unos segundos, respira hondo y, dándose la vuelta con sus manos cruzadas tras su espalda, mira fijamente a Silvio—. Lozano, usted, como todos en la fiesta, bebió algunas copas de más. No quiero justificarlo, pero también contribuyó el mal tiempo. Llovía aquella noche, y el vehículo que usted manejaba, en el cual iban su esposa y su hijo, sufrió un accidente... Lo lamento, Lozano, pero su esposa y su hijo no sobrevivieron a ese accidente —concluye Araneda esperando una reacción, una explosión de angustia y dolor por parte de Silvio, pero nada de esto sucede.
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Editado: 07.03.2026