Murmurium

Capítulo 25

El cabaret representa fielmente lo que su nombre indica: La Cueva, ya sea por la oscuridad que allí reina o por lo ruinoso de sus paredes.

La música estridente, elegida por los clientes en una vieja y deteriorada rocola, el humo de los cigarrillos que revela la densidad del ambiente en la oscuridad apenas iluminada por luces rojas, las risas histéricas de las prostitutas contoneándose sin gracia para atraer a algún borracho y llevarlo a la cama, el olor a alcohol, humo y perfumes baratos; todo conforma una armonía grotesca, la perfecta mezcla de la anarquía de los placeres.

"La anarquía de los placeres, vamos a sumergirnos en la anarquía de los placeres", se dice cada noche Silvio Lozano, quien ha estado frecuentando bares y cabarets de mala reputación desde hace dos años, sumergiéndose en un caos de alcohol y marihuana, recostado en los mullidos y manoseados pechos de alguna que otra prostituta.

Hace dos años que eligió ese camino, hace tres que empezó a sentir los viejos síntomas de la paranoia, que se fueron acrecentando con el correr de los meses, tornándose por momentos intolerables. La solución pasajera la ha encontrado en el whisky, las drogas y el bullicio. La vida mundana disipa los murmullos en su cabeza y le permite vivir de noche y dormir la borrachera de día, dopando sus sentidos, disgregando su personalidad, alejándose por completo de aquel hombre respetable y feliz de antaño, sedando el dolor por los seres queridos que ya no están. La sociedad se ha olvidado por completo de Silvio Lozano y Silvio Lozano se ha olvidado por completo de la sociedad. Después del alta hospitalaria, el periodismo lo acosó durante algunos meses, pero ante la negativa de Silvio de no satisfacer el canibalismo de los medios de publicación sensacionalistas, pronto lo olvidaron, pasando a ser una persona común, uno más entre la multitud. Para lograr esto, dejó atrás su nombre artístico, Silvio Lozano, y comenzó a utilizar su nombre real, el que usaba cuando era niño y el que usaba para asuntos legales: Carlos Orellana. Se dejó crecer la barba y el cabello, adquiriendo un aspecto desaliñado y fatigado, y se sumergió en la noche para recorrer sus secretos caminos.

El cambio de nombre, además de servirle para dejar atrás su vida pública, le sirve también como una forma de expiar sus culpas, diciéndose que no es él quien lleva a cabo esa vida dedicada a los placeres mundanos, diciéndose que es otro quien lo hace. Pronto sus amigos, sus familiares, la gente en general se olvidaron de Silvio Lozano; todos creyeron que se marchó del país, nadie lo reconoce por la calle, y eso para Silvio es una prueba más de que él no es quien lleva esa vida miserable, adoptando una doble personalidad, como si de un Mr. Hyde y un Dr. Jekyll se tratara.

A las tres de la mañana, La Cueva está vacía; la depresión económica en el país ha golpeado todos los ámbitos, y las whiskerías no son la excepción. Dos putas entretienen a un par de clientes en los reservados, sentadas sobre las piernas de estos, frotándoles los pechos en la cara, balanceando su cuerpo y restregando sus culos sobre sus miembros erectos, susurrándoles al oído: "¡Dale, mi amor! Vamos al fondo. No sabes lo caliente que estoy". Cuatro putas más están sentadas en los taburetes altos contra la barra del bar; dos de ellas fuman compulsivamente, con la mirada perdida en un punto indefinido del lugar, sumergidas en un sinfín de pensamientos: "Tengo que pagar el alquiler mañana", o "Que entre alguien, por favor, no tengo ni leche para mi bebé", o "Tengo que dejar esta mierda". En un extremo de la barra, las otras dos conversan.

—Tres de la mañana y no entra nadie —dice Lorena.

—Al menos tú tienes a ese tipo —contesta Maru.

—Sí, pero está medio loco.

—Loco o no, por lo menos tienes para el alquiler.

—Carlos es un buen tipo, pero se está destruyendo con la bebida y la droga.

—¿Y eso a ti qué te importa? Ojalá yo tuviera a un tonto que me mantenga. Mientras no se ponga violento, lo puedes aprovechar.

—Yo no soy como tú, querida. No puedo ser tan hija de puta.

—Mira, Lorena, tú sabes que este es un ambiente de mierda, y que los sentimientos los tienes que dejar de lado. Si no te metes eso en la cabeza, te vas a morir de hambre.

Lorena no contesta. Sabe que Maru tiene razón con lo que le dice. Lorena ha cumplido 23 años recientemente. Nacida en Formosa, en el seno de una familia humilde, su sueño de niña era poder ser doctora, creyendo, en su inocencia, que el hambre y la humillación se podían curar, pero la realidad la llevó a dejar el colegio a los 16 años; el hambre mordía y el desprecio hacia los que más tenían crecía. Una amiga le dijo que tenía que aprovechar que era linda y la inició en la prostitución a los diecisiete. A pesar de no ser virgen, su primera vez como puta le resultó asquerosa: "Un viejo de mierda y encima gordo...", siempre comienza de esa forma la descripción de su primer cliente cada vez que alguien le pregunta, primer cliente que, apenas entró en ella, eyaculó jadeando y babeando como un cerdo, obligando a Lorena a torcer el rostro hacia un lado para evitar el mal aliento. Se dijo que nunca más lo haría; el destino impuesto por la sociedad diría otra cosa.




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