Murmurium

Capítulo 26

Con el transcurso de los años se hizo buena en lo suyo, pero jamás pudo ahorrar un peso extra. Todo lo que obtenía se lo enviaba a su madre viuda, para que pudiera alimentar a sus hermanos menores; la complicidad era perfecta: la madre aceptaba el dinero que tanta falta le hacía y jamás le preguntaba cómo lo conseguía.

A los 21 decidió viajar a Buenos Aires en busca de nuevos horizontes. La crisis económica del país ya golpeaba con fuerza, y aún más en el norte. Su idea era conseguir un trabajo decente, pero pronto la realidad le mostró que Buenos Aires no era la panacea. El tiempo pasaba y no conseguía nada; no tuvo más remedio que caer nuevamente en la prostitución. "Esto es como una droga —le dijo un día a una novata—, la dejas por un tiempo pero siempre vuelves."

Una noche de invierno, después de un año y medio en Buenos Aires, conoció a Silvio, quien se hacía llamar Carlos. Pronto hubo algo en él que la atrajo, pese a ser una experta en desechar cualquier sentimiento que despertara un cliente. Pero Silvio siguió frecuentando aquel lugar y siempre la solicitaba a ella, a veces solo para hablar.

"Es lástima lo que siento", se dijo Lorena e intentó convencerse de eso cuando empezó a frecuentar la casa de él. Siempre le cobraba para mantener en pie esa postura de: "Es un cliente más", "No hay sentimiento", hasta que un día Silvio le pidió que fuera a vivir con él. Allí todo cambió. Aceptó vivir con él, pero le impuso ciertas condiciones a aquella relación: ella continuaría desarrollando su actividad y no aceptaría ninguna recriminación ni escena de celos por eso. Él le ofrecía un techo y comida, y a cambio recibiría los favores de ella, aunque los favores que por ese tiempo Silvio buscaba se limitaban a una compañía, a alguien con quien conversar, con quien compartir una comida o ver una película. El sexo era lo secundario.

Los meses pasaron, y aunque Lorena se lo negaba, había comenzado a sentir algo por aquel hombre de pasado misterioso y mirada triste. Y no era precisamente lástima.

—Me voy —le dice Lorena a Maru. El reloj marca las cinco de la mañana.

—Adiós, Lore —la saludan al paso sus compañeras.

Sale a la calle. Afuera la espera el mismo taxi de todas las noches, un cliente con el que tiene un arreglo. Llega a la casa. Afuera, el auto abollado de Silvio está estacionado; tampoco esa noche ha salido. Lleva algunas semanas sin sus juergas nocturnas: ahora prefiere emborracharse y drogarse en casa.

Lorena entra, enciende la luz de la cocina. Tiene hambre. Pone la tetera para prepararse un café y comer algo. Va al baño, se limpia el maquillaje y se dirige al dormitorio. Antes de entrar, escucha el sollozo, la súplica casi imperceptible, pero ahí está.

—¿Carlos?

Enciende la luz. La cama está desordenada, pero vacía. Al principio se asusta al verlo allí, de pie en un rincón de la habitación, temblando de pies a cabeza, vestido solo con ropa interior.

—¡Carlos, mi amor! ¿Qué te pasa? —es la primera vez que lo llama “mi amor”, pero Silvio no parece escucharla, no parece verla. Tiene los ojos desorbitados, está aterrorizado, su cuerpo suda, y se cubre el rostro con las manos, como intentando evitar un golpe.

—¡Carlos, cielo, soy Lorena! —se le acerca, no sin cierto temor. Estira una mano lentamente para tocarlo.

—¡¡Nooo!! —grita Silvio, dándose cuenta recién de la presencia de alguien. Alza las manos aún más y se acorrala contra la pared.

—¡Carlos! ¿Qué te pasa, mi amor? No te voy a hacer daño, soy Lorena.

—¿Lo... Lore...na? —balbucea Silvio.

—¡Sí, corazón! Soy yo, no tengas miedo —dice, posando ahora su mano sobre la cabeza de Silvio.

—¡Lorena! —reacciona, aferrándose a ella con fuerza, abrazándola como un niño temeroso, hundiendo su rostro en su pecho.

Lorena no comprende qué pasa. Supone que las drogas y el alcohol han causado ese efecto, pero nunca lo ha visto así antes. Lo abraza con mucha ternura y lo acuna como a un hijo. Y así, los dos abrazados, se van a la cama y se acuestan.

—¡No me dejes, por favor! —dice Silvio.

—No te voy a dejar, mi amor, no te voy a dejar. Quiero que te duermas. Voy a sacar la tetera del fuego y regreso a acostarme contigo, ¿sí?

—Tengo miedo, tengo mucho miedo.

—Ya va a pasar —le besa la frente mientras le acaricia el rostro—. Ya va a pasar —repite, y Silvio se duerme.

Lorena saca la tetera del fuego, que ya se ha secado. No toma nada. Se desviste y se acurruca junto a Silvio, que respira profundamente. Ella lo observa un rato, con dolor, con pena. Sus ojos se llenan de lágrimas. Afuera, el sol comienza a despuntar, desgarrando el negro terciopelo con pinceladas rojas y amarillas. Adentro, en la casa, Silvio y Lorena duermen abrazados.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.