Murmurium

Capítulo 27

—¡Eh! ¡Qué cara, nena! —dice Maru a su amiga la noche siguiente. Lorena hace una mueca con la boca, arqueando las cejas en señal de asentimiento—. ¿Quieres hablar? —le pregunta Maru, posando una mano sobre el hombro de Lorena.

—Estoy harta, Maru. Estoy harta de todo.

—¿Qué pasó? ¿Te peleaste con Carlos?

—No, no me peleé con él. Es un tipo buenísimo y lo quiero, aunque me lo haya estado negando.

—Te lo dije, Lore. Enamorarse es una mierda.

—Sí, pero no se puede evitar, ¿no? Uno no puede vivir reprimiendo lo que siente.

—¿Cuál es el problema entonces? ¿Él no te quiere? ¿Te quiere dejar?

—Al contrario, él quiere estar conmigo. Pero es... es la maldita droga y el alcohol lo que lo está matando.

—¿Se vuelve violento?

—No, nada de eso. Pierde la noción de las cosas, delira y se pone muy mal. Se aterroriza y se aferra a mí como un niño, y yo no sé qué hacer.

—Si tanto quiere estar contigo, dile que deje de tomar y drogarse. Pónselo claro: "O dejas de beber y drogarte, o no me ves más". Así, sin vueltas.

—Jamás nos reprochamos nada de lo que hacemos, ni él ni yo. Es como un acuerdo tácito que tenemos.

—Entonces, querida, no te quejes. Él es un borracho y un drogadicto, y tú una puta. Cada cual con lo suyo, ¿no?

—Pero lo quiero, Maru. Me duele verlo así. Me duele mucho.

—Entonces díselo.

—¿Decirle qué?

—¡Que lo amas, tonta! Dile que lo amas.

Una semana después.

Lorena decide no ir a trabajar ese día.

—Tenemos que hablar, Carlos.

Están los dos en la cama. Silvio está ebrio, abrazado a una botella de whisky. Un porro de marihuana cuelga de la boca, a punto de caérsele. Su mirada está perdida, su mente vagando por la droga y el alcohol, en un callejón oscuro y sin salida. Siente que lo observan, que cada movimiento suyo está siendo escrutado. Tiene esa espantosa sensación de que en cualquier momento, unas manos poderosas se aferrarán a su cuello y lo estrangularán. Escucha voces en la oscuridad, susurros ininteligibles y una voz lejana que lo llama por otro nombre... la voz de una mujer... una mujer...

"Conozco esa voz... la conozco... tengo miedo... me acechan... se acercan", piensa Silvio.

—¡Carlos...! ¡Carlos...! —dice Lorena, incorporándose un poco, enfrentando su mirada con los ojos perdidos de Silvio en aquel mundo de sombras—. ¡Carlos... amor! —le retira el cigarro de los labios y la botella de la mano.

"Carlos... Carlos... amor... conozco esa voz... Lorena... ¡Lorena!", grita Silvio en su mente, y corre en la oscuridad hacia esa voz. Los demonios vienen detrás, arañándolo, aullando en sus oídos. El pánico, el terror... "¡Lorena! ¡Lorena!", grita mientras corre desesperado. Pero está quieto, inmóvil, como un cadáver: los ojos abiertos, las pupilas dilatadas, sin parpadear, sin respirar.

—¡Carlos! —Lorena se desespera—. ¡Carlos! ¡Carlos! —le grita, sacudiéndolo.

"¡Lorena!" El callejón es interminable y la oscuridad, absoluta. No puede verlos, pero siente que los demonios están allí, justo detrás de él...

—¡Lorena! —grita incorporándose de golpe, los ojos desorbitados, tragando aire desesperadamente, forzando a sus pulmones a reaccionar—. ¡Lorena! ¡Lorena! —repite.

—¡Estoy aquí, amor, estoy aquí! —contesta Lorena, abrazándolo con fuerza. Silvio se aferra a ella, llorando, temblando de miedo, sin dejar de repetir su nombre.

Después de una noche angustiosa, al día siguiente conversan.

—Yo te quiero, Carlos. Pero así no podemos seguir. Anoche casi mueres. Tienes que buscar ayuda, amor.

Silvio está sentado frente a una taza de café que ya se ha enfriado. Escucha cabizbajo las palabras de Lorena.

—Nadie puede ayudarme.

—Sí, mi amor, sí pueden ayudarte. Yo voy a estar contigo. Yo te voy a acompañar. Tienes que dejar de beber, tienes que dejar las drogas. Te estás destruyendo.

—Nadie puede ayudarme —repite.

—Carlos, por favor...

—¡Nadie puede ayudarme! —grita, poniéndose de pie y volteando la mesa. Sale de la casa dando un portazo. Lorena se queda de pie, con la mirada fija en la mesa caída. El llanto brota. Es el llanto del amor perdido, el llanto de la despedida.

Silvio deambula sin rumbo en su auto con la radio a todo volumen. Fuma un cigarrillo tras otro. Poco a poco, su furia se disipa, dando paso al temor. El temor de esas voces que murmuran, esos susurros que ya ningún ruido logra silenciar. Entonces toma un trago más de whisky —el último, porque ya ha vaciado la botella—. Está borracho, cansado y aterrado. Decide volver a casa y pedir perdón. Necesita a Lorena. No es amor lo que siente, sino una necesidad desesperada de no estar solo, de que alguien lo abrace por la noche y lo proteja de sus pesadillas.

Son las 4:30 de la madrugada cuando llega. El silencio es insoportable. El silencio da paso a ellos, que susurran a su espalda. Algo traman. Siente sus alientos, sus siseos. Un escalofrío le recorre la espalda.

Adentro, la mesa ha sido puesta en su lugar. La casa está limpia y ordenada. La cama hecha, los pisos brillan, la vajilla en su sitio. Todo reluce. Sobre la mesa, una nota. Una nota de amor... y despedida.

Silvio la estruja con el puño hasta que los nudillos se le ponen blancos. Un llanto entrecortado, mezcla de dolor y miedo, le brota desde lo más profundo. Afuera, las estrellas aún brillan con todo su esplendor. La noche está en su apogeo. Y él está solo. Completamente solo en esa casa rodeado de un silencio absoluto.

Se dirige al dormitorio y enciende el televisor. Quiere ahogar los murmullos de su cabeza, quiere arrancarlos, deshacerse de ellos como sea. Pero la televisión no alcanza. Lorena ya no está para abrazarlo. Está desesperado.

"Me tengo que ir", se dice. Y sale a la calle con la desesperación de quien huye de lo ineludible. Pero aquello de lo que huye va con él, se lo lleva encima. Y no importa a dónde vaya: siempre lo seguirá.




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