Murmurium

Capítulo 28

Diez días después de la partida de Lorena, Silvio aún no ha logrado dormir. Ha dejado su auto en algún lugar, sin recordar dónde. Deambula por las calles como un zombi, deteniéndose de vez en cuando frente a alguna vidriera, observando el espectro que se refleja y lo mira con asombro. Mal alimentado, sin dormir, aterrorizado, solo le queda un camino: morir. Dónde hacerlo y cómo es toda una elección, y el mejor lugar que se le ocurre es una plaza oscura, prácticamente desierta.

Aún tiene dinero en el bolsillo y algo guardado en la casa a la que no ha vuelto. Compra una botella de whisky y se sienta en uno de los bancos sucios de la plaza, esperando la noche, que esta vez actuará como encubridora. Bebe todo lo que puede, y cuando cree estar lo suficientemente borracho como para reunir el coraje de quitarse la vida, toma una navaja que usa como llavero y la afirma contra las venas de su muñeca izquierda.

Así permanece durante un tiempo indefinido. Extrañamente, los murmullos han disminuido; alguno que otro, de forma esporádica, aún lo sobresalta. Ahora desea que vengan todos juntos, para que el terror lo obligue a llevar a cabo su acto de sangre. Pero en lugar de los murmullos, una voz encolerizada de un anciano lo sorprende desde atrás.

—¡Nadie se suicida en mi plaza, muchacho! ¡No quiero líos con la policía!

—Vete, viejo, no me lo hagas más difícil. Toma, te dejo media botella de whisky.

—Te acepto el whisky, pero te repito: nadie se suicida en mi plaza.

—No sabía que la plaza tuviera dueño.

—Hace años que duermo y como aquí. Todos los vagabundos pueden venir a quedarse si quieren, pero sin hacer alboroto. La gente del barrio me conoce y me ayuda, y a cambio yo les doy tranquilidad por las noches —Silvio esboza una sonrisa cansada.

—¿De qué te ríes, idiota? —le pregunta el viejo.

—Mírate un poco, viejo. ¿A quién puedes defender? Cualquiera podría golpearte sin problema.

—No estoy solo, muchacho. Soy viejo, pero no tonto. Sé defenderme y me respetan. Y tú también me vas a respetar. Si quieres quedarte a dormir, hazlo, pero nada de suicidios aquí.

—¿Y si no te hago caso? ¿Qué vas a hacerme? ¿Me vas a matar? —dice Silvio, sonriendo.

—Peor aún: te hago meter preso. Y eso no creo que te guste, no vas a poder suicidarte. Ríete ahora.

—Está bien, ganaste, viejo. Ganaste. Ya no tengo fuerzas para nada, y tampoco puedo dormir. Hace días que no lo hago. Estoy hecho polvo.

—¿Tu problema es dormir? Haberlo dicho antes. Mira quién viene allá —dice el anciano, señalando con el dedo un punto indefinido tras Silvio, quien voltea para mirar, aún sentado en el banco.

—¿Quién…? —fue lo último que alcanzó a decir esa noche.

Lo despierta la lluvia a las cinco de la tarde. Ha dormido más de diez horas, y un fuerte dolor de cabeza ha reemplazado su cansancio y sus temores. Le cuesta ponerse de pie; tiene el cuerpo entumecido por haber permanecido tantas horas en ese banco. Necesita refugiarse del agua.

—¡Eh! ¡Suicida! —le grita un viejo harapiento asomándose desde detrás de un deteriorado monumento a los inmigrantes—. ¡Ven acá!

A Silvio le cuesta reconocerlo a la luz del día. Ese viejo barbudo y andrajoso es quien lo golpeó la noche anterior. Revisa sus bolsillos: todas sus pertenencias siguen allí. La lluvia arrecia.

Camina sobándose la nuca en dirección al viejo. Detrás del monumento, una guarida construida con cartones y bolsas de polietileno sirve de refugio para el indigente. El viejo lo invita a pasar. Silvio tiene que agacharse para entrar en aquella pocilga.

Un colchón viejo y desgarrado, algunas mantas carcomidas y un cajón de frutas que hace las veces de mesa de luz y silla ocupan el lugar. Un perro pulgoso, viejo, desdentado e increíblemente bien alimentado está echado sobre el colchón.

—¿Quieres? —dice el viejo, ofreciéndole la misma botella de whisky que le entregó Silvio.

—No tomaste nada.

—Por culpa de esto estoy como estoy. Hace tiempo dejé de beber, aunque siempre tengo algo para mis visitas —responde sonriendo.

—¿Con qué me golpeaste, viejo? Me parte la cabeza.

—Con la base de la botella. Tenías sueño y no podías dormir. Yo te ayudé.

—Gracias por "tu ayuda" —contesta irónicamente, sin dejar de tocarse la nuca.

—¿Por qué quieres matarte? No eres un vagabundo cualquiera, estás bien vestido.

Silvio hace un gesto de desdén.

—No lo entenderías.

—¿Por una mujer?

—Ojalá fuera eso, viejo. Ojalá fuera eso.

—¿Entonces…?

—¡Maldición, qué curioso eres!

—Es que quiero entender el porqué. Aunque no lo creas, hace algunos años tuve una vida decente, con mujer e hijos. Lo perdí todo por la bebida, pero jamás, en toda mi maldita vida, se me ocurrió suicidarme. No, señor, eso jamás. Uno tiene que ser valiente para enfrentar sus propios errores.

—Hace algún tiempo yo también tuve una familia, y también la perdí por culpa de la bebida, viejo. Pero eso no me motivó a querer suicidarme. Fue lo que vino después.

—¿Qué vino después?

Silvio mira hacia afuera con intención de marcharse, pero aún llueve con más fuerza. No tiene ganas de hablar de lo que le ocurre, quizá porque los síntomas han disminuido, quizá porque teme que regresen si habla de ellos. Pero el pobre viejo es insistente, y sus ojos brillan como los de un niño esperando un cuento.

Silvio le narra todo lo sucedido después del accidente: las voces, los miedos, su lucha constante por acallarlos. El viejo lo escucha con cierta piedad, interrumpiéndolo ocasionalmente para profundizar en algún detalle. Dos horas después, la lluvia ha cesado y Silvio ha terminado su relato.

—Estás loco, amigo. Tu novia, ¿Lorena dijiste? Tiene razón. Necesitas ayuda.

—¿Y que me encierren en un manicomio? No, amigo. Eso no es para mí.

—Aquí cerca hay un consultorio de un psicólogo muy bueno. Yo lo conozco, siempre me da una limosna.




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