Silvio llega al lugar indicado por el viejo. La lluvia arrecia y ya ha oscurecido. No sabe qué hacer. Piensa que todo esto es absurdo, que no vale la pena, pero tras varios minutos de indecisión, toca el timbre, arrepintiéndose al instante de haberlo hecho. Sin embargo, la puerta se abre de inmediato, y no le queda más remedio que quedarse.
—¿El doctor... —se inclina ligeramente hacia atrás para leer la placa de bronce— ...Fuentes? —dice Silvio.
—Así es —responde Esteban.
—Quisiera hablar con usted...
—Perdone, pero tendrá que solicitar una cita mañana con mi secretaria, señor. Puede hacerlo por teléfono. Aquí tiene mi tarjeta —dice Esteban.
Silvio, completamente empapado, acepta la tarjeta sin decir una palabra. Asiente con la cabeza, da media vuelta y sale del descanso de la escalera hacia la calle.
Esteban apaga las luces, cierra y se adentra en el clima inclemente. Abre el paraguas y corre hasta su vehículo. Las calles están desiertas, apenas unos pocos autos circulan y los comercios de la zona están cerrados. Arranca lentamente. Enciende la radio. Un viejo tango resuena con nostalgia: Café La Humedad, trayéndole a la mente imágenes de una época mejor. Gira a la derecha en la esquina siguiente y, a media cuadra, ve al hombre que lo había visitado minutos antes. Camina sin apuro bajo la lluvia torrencial, como con indecisión, sin saber con certeza hacia dónde ir.
Este tipo está mal —piensa Esteban—, espero que llame mañana. Lo sobrepasa, llega a la esquina siguiente y lo observa por el espejo retrovisor. Le causa remordimiento verlo en ese estado y no haberlo atendido.
—¡Mierda! —dice, frenando el auto. Maldice su suerte; otra vez llegará tarde a casa. Espera al hombre hasta que pasa junto a él. Baja la ventanilla.
—¡Eh, oiga! —grita Esteban, pero Silvio no se detiene, ni siquiera lo mira. Continúa caminando.
Es evidente que lo ha oído, pero ya no está dispuesto a pedir ayuda. La primera impresión de Esteban fue acertada: ese hombre no está bien. Denota una gran angustia y un enorme esfuerzo por convencerse a sí mismo de compartir su pesar con alguien. Esa voluntad frágil se rompió con la negativa inicial del psicólogo, y ahora está decidido a no volver a intentarlo.
Esteban avanza con el auto a la par del hombre.
—¡Escuche! —le dice—. ¡Pensándolo bien, tengo tiempo para usted!
El hombre bajo la lluvia se detiene. Lo mira con el rostro sombrío y niega con la cabeza. Luego sigue caminando.
—¡Nada puede ser tan grave como para no tener una posibilidad de solución! —insiste Esteban—. ¡Si no lo intenta, jamás logrará resolver lo que lo atormenta! ¡Al menos intente un camino!
Silvio se detiene otra vez.
—¡Sólo inténtelo! —repite Esteban.
Sin decir palabra, Silvio se vuelve hacia el psicólogo y asiente con la cabeza.
—¡Vamos, hombre, no siga bajo la lluvia o terminará con una pulmonía!
Silvio sube al vehículo. Esteban da la vuelta a la manzana y estaciona frente al consultorio. Bajan del auto.
Sin necesidad de palabras, Esteban le indica que pase. Como un autómata, Silvio se dirige al sillón y se desploma en él, como si, de repente, todo el cansancio acumulado durante años cayera sobre sus hombros. Por primera vez, mira a Esteban directamente a los ojos: una mirada triste, desesperada, sumida en la impotencia que lo consume.
—Me costó mucho decidirme a venir. Sinceramente, me arrepentí apenas toqué su puerta, y... yo... no sé ni por qué estoy... va, sí, pero...
Esteban observa al sujeto, que parece un vagabundo bien vestido, aunque su forma de expresarse revela que es una persona instruida. Su rostro muestra un agotamiento extremo. Esteban se acomoda los anteojos y extrae una libreta de anotaciones. Se sienta frente a él.
—No se preocupe. La mayoría siente ese arrepentimiento al visitar por primera vez a un psicólogo, pero, en el fondo, desean ser escuchados. Mi nombre es Esteban Fuentes. ¿Cuál es el suyo?
—Carlos, Carlos Orellana —se presenta Silvio con su nombre real—. Mire, doctor, no traje dinero. Si quiere, dejamos esta consulta para otro día y...
—No se preocupe por eso ahora. Me pagará después. Por el momento, quiero escucharlo, aunque no puedo prometerle que resolveré su problema.
—Entonces no veo el motivo de estar aquí, doctor.
—Mire, Orellana, en realidad el psicólogo no da soluciones: lo que hace es escuchar y ayudar al paciente a encontrar por sí mismo su camino. ¿Me entiende? Quiero que hable libremente de lo que quiera. Cualquier dato puede ser útil.
Silvio respira hondo y mira hacia el techo. Luego baja la cabeza. Juega con sus manos, retorciéndose los dedos, entrelazándolos, intentando leer en las líneas de sus palmas las palabras que no logra organizar en su mente para comenzar a hablar.
—No sé cómo empezar. Me cuesta encontrar un comienzo, porque, pensándolo bien, no hay un inicio real de los hechos, solo un incremento. Desde niño he sentido esta extraña sensación de estar siendo observado. Desde chico escucho el murmullo de cientos, miles de... no sé si llamarlos personas o qué, pero están ahí, en mi cabeza, en mi entorno, en todas partes, atormentándome.
—Hábleme de su infancia.
—Mi infancia... me aterrorizaba la noche. Sí, era el momento más difícil del día. En la oscuridad de mi habitación escuchaba el silencio, y eso me asustaba. Deseaba oír algún ruido del exterior, un perro ladrando, un vehículo pasando, cualquier cosa que tapara los ruidos en mi cabeza. Pero lamentablemente vivíamos en el campo. No sabía cómo callar esos murmullos que surgían en cada rincón del cuarto, alrededor, encima y debajo de la cama. Todo era una espantosa vigilancia, como si ojos gigantes ocuparan el espacio, asfixiándome. Ni siquiera con la luz encendida se iba esa sensación, solo los sonidos reales, los ruidos de la vida, me aliviaban.
A Esteban le viene de inmediato el recuerdo de la conversación con la vecina de su hermanastro y con la adivina de Comodoro. Había cierta coincidencia en los síntomas iniciales. Quizás se trataba de otro paranoico, pero lo poco que Carlos había relatado despertaba su curiosidad.
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Editado: 07.03.2026