EN LAS AFUERAS DE SAN RAFAEL, MENDOZA
3 de mayo de 1959, 1:15 AM
El silencio en el campo es absoluto. No es calma: es ausencia. El espectro de la vida ha sido silenciado por una oscuridad opresiva, casi líquida, que todo lo envuelve. Es una noche sin luna, y la casa, solitaria en la vastedad del paraje, tampoco escapa a ese manto tenebroso. Su blancura inmaculada ha sido devorada por la negrura, y en su interior, casi toda la familia duerme, ajena. Sólo una débil luz resiste, temblorosa, en un rincón de la vivienda. Lucha, inútilmente, contra la sombra que acecha al niño que tiembla en su cama.
Silvio, con apenas cinco años, conoce el miedo con una intensidad que ningún adulto soportaría. La oscuridad que lo rodea no es sólo ausencia de luz: es una entidad viva que lo observa, lo espera. Su única defensa es una linterna pequeña, obsequio de su tío Joaquín, que emite un haz débil y trémulo, con la vida de sus pilas en cuenta regresiva. Oculto bajo las frazadas, con sólo una rendija por donde respirar, ahueca las mantas sobre su cabeza y enciende su luz cada noche. Así permanece, en vigilia silenciosa, con los ojos abiertos como platos, fijos en ese abismo que se cierne más allá del borde de su cama.
Noche tras noche, vigila que la oscuridad no cruce el umbral invisible que separa su refugio del reino del miedo. Así es su ritual. Así libra su guerra solitaria contra los fantasmas negros. Pero su defensa se debilita. El enemigo avanza. Y esa noche, el silencio se vuelve cómplice.
El mundo enmudece de pronto. Ni los grillos se atreven a romper el pacto. Sólo su corazón, desbocado, retumba en sus oídos como un tambor de guerra. Todo lo demás ha desaparecido. La oscuridad lo rodea, lo acecha. Está por dormirse, cuando lo siente: un sonido apenas perceptible, un chistido sutil, casi imaginado, pero cargado de una amenaza helada. No es un ruido cualquiera. Es un susurro perverso que parece decirle:
“No te duermas. Aún estamos aquí. Si cierras los ojos, lo lamentarás.”
El terror se apodera de su cuerpo. Se queda inmóvil, como si sus huesos hubieran sido reemplazados por piedra. No puede respirar. Cada latido retumba como un disparo. Siente, con claridad escalofriante, que algo se acerca por detrás. Un sudor helado le cubre la frente. Sus ojos están desorbitados, su mente al borde del quiebre. Quiere gritar, correr, alzar la linterna. Pero su cuerpo no obedece.
Pasan apenas unos minutos, pero para él son siglos. Y entonces, un espasmo le sacude el pecho. Recupera, con esfuerzo, el control de sus músculos. Tiene que darse vuelta. Tiene que mirar. Necesita confirmar que detrás no hay nadie. Con movimientos lentos y temblorosos, gira un poco… pero en el intento de sostener la linterna y la frazada con la misma mano, su único aliado cae. La linterna rueda bajo la cama, sin apagarse, dejando su rostro sumido en una penumbra incierta.
El niño rompe en un llanto sordo, contenido. No puede dejarla allí. Necesita esa luz. Esa delgada línea que lo separa de la locura. Estira la mano, pero es demasiado pequeño. Ni siquiera roza el suelo. Junta el valor que le queda, se inclina, levanta un poco las mantas… y mira debajo de la cama.
Dos ojos brillantes, fijos, inhumanos, lo observan sin pestañear.
No hay palabras. No hay pensamiento. Sólo un grito ahogado que nace de sus entrañas y despierta a sus padres en la habitación contigua. Corren hasta su cuarto y lo encuentran arrodillado sobre la cama, sacudiendo sus pequeñas manos como si intentara arrancarse de la piel algo invisible. Su rostro está lívido. Se ahoga, víctima del espanto puro provocado por la mirada de aquellas pupilas sin alma.
Su madre lo abraza con ternura desesperada, intentando reconectarlo con la realidad. Él se aferra a ella como si su vida dependiera de ese contacto, con manos crispadas, llorando sin consuelo. Su padre los observa desde el umbral, serio, helado, como si hubiese comprendido algo que no se atreve a decir en voz alta.
Silvio nunca pudo explicar lo ocurrido aquella noche. Ni una palabra. Pero desde entonces, no sólo la oscuridad se volvió su enemiga. El silencio también. Ambos se habían unido. Y él sabía que tendría que encontrar nuevas formas de luchar contra ellos.
Silvio culmina aquel recuerdo de su niñez y parece liberarse de un gran peso. Esteban lo mira fijamente.
—¿Jamás comentó lo que le sucedió aquella noche?
Silvio niega con la cabeza.
—No, nunca. Además, era demasiado pequeño como para poder explicarme. Todo quedó como una simple pesadilla.
—¿Y no ha pensado que tal vez sí fue una pesadilla, como supusieron sus padres?
—Sinceramente, doctor, ya no sé qué creer. No sé si esto que estoy viviendo ahora es una pesadilla o la realidad.
—¿La experiencia se repitió?
—En cuanto al miedo y a los sonidos casi imperceptibles, sí. Pero en cuanto a lo que vi aquella noche bajo mi cama, no.
El reloj de pared marca las once de la noche, interrumpiendo el relato de Silvio.
—Se ha hecho tarde —dice Silvio—. Disculpe si lo aburrí con todas mis tonterías.
—No es ninguna tontería, Orellana. Creo que ha dado un paso importante al decidirse a buscar ayuda. Es indispensable que no abandone esta actitud y vuelva a consultar.
—Gracias, doctor. Intentaré regresar.
—No lo intente, prométamelo.
—Se lo prometo.
Esteban saca una agenda.
—¿Qué le parece el lunes que viene a las seis de la tarde?
—Como usted diga, doctor.
—Entonces lo espero el lunes.
Ambos se ponen de pie y se estrechan las manos. Con el rostro más sereno, Silvio da media vuelta y se marcha; mientras tanto, Esteban piensa en cómo disculparse con su esposa por otro día más de retraso.
#200 en Terror
#1338 en Thriller
#583 en Misterio
suicidio, vida despues de la muerte, terror psicologico misterio suspenso
Editado: 07.03.2026