Murmurium

Capítulo 31

Sintiéndose más aliviado después de su charla con Esteban, Silvio regresa a su solitaria casa con la intención de descansar como no lo hacía en mucho tiempo. Aún permanece impregnado en las sábanas el perfume de Lorena, recordándole todo lo que ella ha sufrido por él y por su declaración de amor. No ha sido justo con ella: jamás le confesó los verdaderos motivos por los cuales deseaba tenerla a su lado, y eso le remuerde la conciencia. Si bien nunca la ha amado, se acostumbró a su presencia. Dos almas solitarias que el destino cruzó: una necesitada de amor, la otra, de compañía. La vida es cruel, pero también sabia, y tal vez ha llegado el momento de replantearse algunas cosas y dejar enterrado el pasado de una vez por todas, piensa.

Ya nadie le devolverá a su hijo y a su esposa. Es hora de dejarlos descansar y mantenerlos como un bello recuerdo de un tiempo que ya pasó. No puede seguir encerrado en su desdicha sin compartir absolutamente nada; es tiempo de tomar decisiones, y Lorena es una alternativa. Retomar su vida, encontrar el cauce e intentar disfrutar de las pequeñas cosas. ¿Qué importa que él sea un psicótico?, ¿qué importa que ella sea una prostituta? Todos tienen derecho a encontrar la armonía.

Quizá, volviendo al trabajo, reintegrándose en la sociedad y ofreciéndole a Lorena una vida digna, logre alcanzar la paz interior. No duda de lo que hará al día siguiente. Por primera vez en los últimos tres años tiene algo planificado, y no se trata solo de huir de sus miedos. Irá a buscar a Lorena, le propondrá algo concreto y continuará viendo al doctor. Hay esperanza, hay una pequeña luz al final de un túnel oscuro, y correrá hacia ella.

El día siguiente amanece gris, pero sin lluvia. Silvio espera con ansiedad la llegada de la noche, repasando mentalmente las palabras que le dirá a Lorena para ser lo más convincente posible. Durante el día ordena la casa, cocina, mira televisión. También se dedica a su aseo personal: se afeita, cambia la ropa sucia que llevaba puesta desde hacía días por otra más presentable. En definitiva, se siente bien, se siente distinto, se siente como en otros tiempos, porque tiene un objetivo.

La noche llega y él ya está listo desde hace horas para ir a verla. Tal vez la whiskería no sea el lugar indicado para proponerle todo lo que ha pensado la noche anterior, pero qué más da.

Estaciona frente al local nocturno a las once de la noche. A esa hora, los clientes son escasos y las chicas recién comienzan a llegar. Está algo nervioso por la respuesta que pueda recibir, pero tiene una gran esperanza de que sea positiva.

Entra al lugar. Tarda un momento en acostumbrar la vista a la penumbra, solo disipada por las luces rojas del ambiente. Como suponía, el lugar está casi vacío. Dos tipos beben unos tragos en una pequeña mesa. Cuatro mujeres conversan en un rincón; son empleadas del lugar. Detrás de la barra, el mismo viejo gordo de siempre limpia la desgastada superficie del mostrador con una rejilla en la mano.

Silvio se detiene en medio del salón, observando con atención hacia el rincón donde están las mujeres. Trata de ver si entre ellas se encuentra Lorena, pero no puede distinguir bien sus rostros. Una de las prostitutas se le acerca:

—Hola, lindo. ¿Necesitas compañía?

La conoce. Es Eva, una brasileña con la que en más de una ocasión ha compartido los fondos del local.

—Hola, Eva. ¿Cómo estás?

La chica lo mira sorprendida y, al observarlo con más detenimiento, lo reconoce.

—¡Uy! ¡Qué sorpresa! Te ves diferente.

—Solo me afeité.

—¡Qué bien, qué bien! ¿Quieres tomar algo?

—No, linda. Estoy buscando a Lorena.

La sonrisa de la brasileña se desvanece por completo.

—¿Qué Lorena dices? ¿Lorena, la chica que salía contigo?

—Esa misma. ¿Ya vino?

Eva desvía la mirada hacia el rincón de sus compañeras, que la observan en silencio, como buscando una ayuda.

—Pensé que ya lo sabías.

—¿Saber qué? —pregunta Silvio.

La brasileña respira hondo y, mirándolo directamente a los ojos, dice:

—Lorena murió, cariño.

—¿¡Qué!? ¿¡Pe... pero!? ¡No me digas eso, Eva!

—No te estoy mintiendo. Ojalá fuera mentira.

El frágil castillo de ilusiones que Silvio había construido en las últimas horas comienza a desmoronarse desde sus cimientos, que en realidad nunca existieron. Todavía se niega a creer lo que está escuchando de boca de Eva. No puede ser verdad.

—¡Dime que no es cierto, por favor! ¡Dime que simplemente no quiere verme! ¡Dime eso, por favor!

Eva niega con la cabeza. Sus ojos se llenan de lágrimas.

—No pensé que hubiera algo tan fuerte entre ustedes. Lo siento mucho, de verdad, pero la pobre Lorena fue asesinada. La mató ese hijo de puta del taxista que siempre venía a buscarla. Ya lo arrestaron.

—¡Dios mío! ¡No, no, no! ¡Esto es mi culpa! ¡Es toda mi maldita culpa! ¡Esto es...!

—¡No, Silvio, no! ¡Esto no fue tu culpa, tampoco de Lorena! ¡El único que tiene la culpa es ese maldito taxista!

—¿¡Y ahora qué hago, Eva!? ¡Dime qué hago! —dice Silvio, llorando—. ¡Esto no es justo, Dios, esto no es justo! ¡Solo te pedí una oportunidad y me la quitaste de las manos!

Eva lo abraza. Las otras chicas se acercan y lo acompañan hasta una de las mesas. Le traen algo de tomar, pero Silvio no encuentra consuelo. El castillo de ilusiones se ha venido abajo por completo.




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