7 de febrero de 2002, 19:15 horas
Han pasado dos semanas y Esteban no tiene noticias de Silvio Lozano, a quien conoce como Carlos Orellana. Teme que se haya arrepentido, que cometa alguna tontería, todo por haber confiado en la promesa de alguien que no estaba bien. Pero Silvio aparece en la tercera semana desde su primer encuentro. Es un jueves por la tarde.
—Doctor, hay un hombre de apellido Orellana que quiere verlo, pero no tiene cita.
—¿Orellana? Está bien, Gladis, dígale que pase.
Y allí está Silvio Lozano, nuevamente con rostro sombrío, cansado, con barba de varios días, ojeroso, ropa descuidada.
Esteban le tiende la mano, pero Silvio rechaza el saludo.
—Con esta visita cumplo mi promesa, doctor. Perdón por la demora. Aquí tiene el dinero que le debo. Jamás debí haber venido. Para mí no hay solución. Adiós —dice, extendiéndole unos cuantos billetes arrugados.
—¡Eh, espere! ¡No me diga que se ha rendido antes de empezar a luchar!
—Doctor, lo que sufro ya no lo soporto. Sólo me queda una salida.
—Si está pensando en suicidarse, déjeme ayudarlo —lo encara Esteban. Se dirige al escritorio y saca un arma de uno de los cajones.
—¿Ve? Está cargada y lista para usted —dice, mostrándole el tambor del arma—. Tome, adelante, dispare y termine cobardemente con su vida. Total, nadie lamentará su muerte —lo desafía, ofreciéndole la pistola.
El discurso de Esteban provoca el efecto deseado. Silvio, sorprendido por la agresividad del psicólogo, queda desconcertado. Amaga tomar el arma, pero se arrepiente, aprieta el puño con impotencia y evita la mirada penetrante de Esteban.
—¿Se da cuenta de que hay cosas peores que lo que usted está viviendo? La muerte no es una opción. La muerte es solo el adorno final de su desgracia. Vamos, siéntese y relájese, Orellana, cuente conmigo. Usted no está solo en esta lucha.
Silvio obedece sin oponer resistencia. Con la cabeza baja y las manos a los lados del rostro, como soportando el peso de su desgracia, dice:
—No sé qué hacer, doctor. Sinceramente, ya no sé qué hacer. Mi vida está destruida y usted me habla de posibilidades que yo no veo —se recuesta hacia atrás, dejando entrever sus ojos llorosos.
—Para eso estoy yo, para ayudarlo a encontrar esas posibilidades. Lo único que tiene que hacer es confiar en mí, y juntos intentaremos resolver este rompecabezas.
—¿Tiene un cigarro?
—Sí, claro. Aquí tiene. Hace tiempo que dejé de fumar, pero siempre guardo un paquete cerca —le contesta Esteban, ofreciéndole uno. Se lo enciende. Da una primera pitada. Tose.
—Cuénteme algo, Orellana. En la charla anterior me habló de su infancia. ¿Cómo fue su adolescencia? ¿Siguió teniendo los mismos miedos? ¿Siguió escuchando esos... murmullos?
—Durante la adolescencia la cosa no cambió mucho, aunque sí se atenuó un poco, sobre todo por mi entorno escolar.
—¿Entonces podemos decir que los temores desaparecieron?
—No, para nada. Durante el día, sí. El bullicio, el despertar hormonal, descubrir el sexo opuesto... la locura... —hace una pausa y sonríe, perdido en algún recuerdo de juventud. Respira profundo, y continúa—. Esa hermosa locura colectiva de los adolescentes ocultaba los ruidos en mi cabeza. Pero de noche todo cambiaba. Todo volvía a ser como cuando era niño, y los temores me asaltaban.
—¿Cómo era su relación con sus compañeros? ¿Le comentó a alguno lo que le pasaba?
—No, jamás. Me habría muerto de vergüenza. Mi adolescencia fue muy traumática. Era un muchacho retraído, siempre víctima de las burlas de los demás, aceptando en silencio todo lo que me decían.
Hace otra pausa. Frunce el ceño, recordando algo importante, y continúa:
—Pero... pero hubo algo que pareció cambiar todo eso. Sí, ahora que lo recuerdo bien, fue la muerte de mi padre.
—¿Cuántos años tenía usted?
—Catorce años. Al principio me sentí muy triste, pero luego vino una especie de liberación de las exigencias que él me imponía.
—¿Y en qué lo cambió ese hecho?
—Fue un cambio general en mi actitud, en mi personalidad. También influyó que nos mudamos con mi madre a la ciudad de Mendoza, dejando aquella maldita casa de campo.
—Explíqueme específicamente: ¿cuál fue su cambio de actitud?
—Mi conducta en la secundaria se volvió agresiva. Ya no soportaba las burlas de mis compañeros, y eso fue quedando atrás. Me transformé en otra persona, alguien que peleaba ante el más mínimo rechazo o desaprobación. Así me gané el respeto que antes no tenía. Pero también me convertí en un alumno problemático para las autoridades. En más de una ocasión estuve a punto de ser expulsado, pero como era un chico de buena familia, me permitieron varios excesos.
—¿Desaparecieron sus miedos?
—No. Eso continuó.
—¿Por qué esperó tanto tiempo para buscar ayuda profesional?
—Era un adolescente. Además, puedo decir que hubo un período prolongado en que estuve tan ocupado con otras responsabilidades que mi mente dejó de enfocarse en aquellos ruidos. Todo empezó después de la universidad, cuando conocí a Laura.
—¿Quién es Laura?
—Laura fue lo más hermoso que me pasó en la vida. Se convirtió en mi esposa cuando tenía 25 años, y las cosas mejoraron aún más con la llegada de nuestro primer y único hijo. Fueron cinco años de absoluta felicidad, en los que no había lugar para mis temores. Solo ellos dos ocupaban mi mente y mi corazón. Nada ni nadie podía arruinar mi felicidad, salvo el destino… ese destino que me jugó una mala pasada.
Se detiene en su relato. No puede contener las lágrimas que brotan de sus ojos.
—Si lo desea, podemos parar aquí.
—¡No, no! Está bien. Necesito hablar de esto con alguien. Han pasado tres años y todavía lo siento como si fuera ayer.
Hace otra pausa. Respira hondo. Rebusca entre su dolor los recuerdos que lo atormentan.
—Acabábamos de ver la presentación de una de mis obras en el teatro Argentino de La Plata...
#200 en Terror
#1338 en Thriller
#583 en Misterio
suicidio, vida despues de la muerte, terror psicologico misterio suspenso
Editado: 07.03.2026