—Hola, Gladis. ¿Llamó alguien?
—Hola, doctor. Nadie ha llamado. A propósito, aquí tengo los números...
—Deje eso de lado —interrumpe Esteban—. Le traigo un listado más actualizado, con un agregado —le entrega el listado con los treinta números.
—Aquí hay dos nombres diferentes, doctor.
—Así es. Escuche bien lo que quiero que haga. Comience a llamar a todas las personas que aparecen en esta lista. Pregunte por Carlos Orellana en los nombres que dicen Silvio Lozano, y por Silvio Lozano en los que dicen Carlos Orellana.
Gladis lo mira, confundida.
—No entiendo, doctor.
—Es sencillo, Gladis. El hombre que vino el otro día sin turno, Carlos Orellana, usaba antes un nombre falso. Lo más probable es que no quiera atender a nadie. Si llamamos y preguntamos por el nombre exacto que aparece en el listado, probablemente diga que es Orellana o Lozano, pero no el que buscamos. Sin embargo, si invertimos los nombres al preguntar, podría mostrar alguna duda o tardanza al negar, y eso nos daría una pista. Quiero que llame a todos los de la lista y anote al lado de cada número cualquier reacción que le parezca relevante. Quien no tenga nada que ver, dirá que está equivocada de inmediato. Pero si nota un silencio, una duda o si le cortan directamente, márquelo. Vamos a jugar a ser investigadores privados.
Mientras Esteban atiende a un paciente, Gladis se dedica a llamar a las treinta personas del listado.
Cuando Esteban se desocupa, Gladis le entrega los resultados.
—¿Alguna respuesta que le llamara la atención, Gladis?
—Ninguna, doctor.
—Gracias, Gladis.
Esteban revisa cuidadosamente las respuestas. Tacha todos los casos que respondieron como equivocados. Solo quedan tres Carlos Orellana que no atendieron. Resalta sus direcciones.
—Salgo, Gladis. Si necesita algo, llámeme al celular. Ah, y agende el turno de la señora López para otra fecha. No me espere, y cierre el consultorio a las ocho.
Sube al auto, verifica cuál es la dirección más cercana y arranca.
Llega a un edificio de diez pisos con consultorios y oficinas varias. La puerta principal está cerrada. Llama al número del portero eléctrico que figura en el listado. Nadie responde, pero enseguida se oye la chicharra que destraba la puerta. Esteban entra y sube hasta el quinto piso, departamento “B”.
"Dr. Carlos M. Orellana, dentista", dice un cartel de acrílico colocado en la puerta. Golpea. Una joven sale a atenderlo.
—Buenas tardes, señor.
—Buenas tardes, señorita. Estoy buscando al señor Orellana.
—¿Tiene cita?
—No, en realidad necesito hablar con él personalmente.
—En este momento está atendiendo a un paciente.
—Es muy importante que me reciba, señorita.
La secretaria suspira con fastidio.
—No puedo interrumpirlo ahora, señor.
—Por favor, dígale que es solo un instante. Estoy buscando a una persona con el mismo nombre del doctor, y tengo que entregarle unos documentos muy importantes. Solo quiero verlo para saber si es el Orellana que estoy buscando —miente.
—¿De parte de quién le digo?
—Marcos... Marcos Torres, abogado —vuelve a mentir.
La secretaria se da media vuelta y camina hacia el consultorio contorneando sus curvas. Da dos golpes suaves en la puerta y la entreabre.
Pasan unos segundos. La puerta se abre un poco más y aparece un hombre canoso, con sobrepeso y unos anteojos gruesos.
—¿Sí...? —dice con tono despectivo.
Esteban le dedica su mejor sonrisa. No es la persona que busca.
—Perdone, solo quería verlo. No es la persona que estoy buscando. Pero llamé al número que aparece en la guía y nadie respondió.
—Cambiamos el número hace poco. La guía todavía no lo actualiza —dice la secretaria.
—Mil disculpas por la molestia —dice Esteban, haciendo un gesto de despedida con la mano, y se marcha.
Ya en el auto, tacha esa dirección. Quedan dos.
Arranca nuevamente. Quince minutos después llega a otro edificio de oficinas comerciales.
Baja del auto y llama al portero eléctrico. Una voz femenina suena desde la caja metálica.
—Estudio.
—Sí, señorita. Estoy buscando al señor Carlos Orellana.
—Se ha equivocado, señor.
—¿Silvio Lozano?
—No, también equivocado. Este es el estudio del Dr. Julio Brown.
—Disculpe.
Vuelve a llamar, pero esta vez al encargado del edificio.
—¿Sí? —se escucha del otro lado.
—Hola, ¿Qué tal? Estoy buscando a un tal Carlos Orellana.
—No conozco a ningún Orellana.
—Mire, supuestamente vivía en este edificio hace un tiempo.
—Disculpe, pero soy nuevo aquí.
Un gesto de fastidio se dibuja en el rostro de Esteban.
—Gracias de todas formas.
Tacha esa dirección maldiciendo a la compañía telefónica por su falta de actualización. Queda un solo Orellana por visitar.
El departamento está ubicado en un edificio de ocho pisos grandes, habitado por personas de buen nivel económico, en pleno barrio de Belgrano. El portero eléctrico, uno más, tiene nueve botones: ocho corresponden a los departamentos y uno al encargado de planta baja. Llama al séptimo piso, pero esta vez nadie responde. Insiste, pero no obtiene ninguna respuesta. Entonces llama al portero, y en lugar de ser atendido por el aparato, un hombre de unos 48 años, robusto y vestido con ropa de trabajo color caqui, sale a atenderlo.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?
—Buenas tardes, señor. Mire, estoy buscando al señor Orellana. Llamé a su piso, pero no responde nadie.
—¿Qué piso dijo?
—El séptimo.
—Ese piso no está habitado, señor. Hace tres años fue vendido y ahora lo maneja una inmobiliaria. Está a la venta.
—¿Hace mucho que trabaja aquí?
—Quince años —responde el portero.
—¿Recuerda quién vivía en ese piso?
—Sí, un actor, Silvio Lozano. Pero ahora que menciona a Orellana, recuerdo que la correspondencia venía a ese nombre.
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Editado: 07.03.2026