My Ángel

CAPITULO 21

Desde que él apareció, el ambiente en la universidad no volvió a sentirse normal. No era algo evidente, no había ocurrido ningún desastre visible, pero existía una sensación sutil, casi imperceptible, que parecía instalarse en los pequeños detalles: en las miradas más largas de lo habitual, en los silencios que antes no incomodaban y en esa intuición constante que no la dejaba relajarse del todo.
Aquella mañana decidió llegar más temprano, intentando convencerse de que todo estaba bajo control y que lo que sentía no era más que una exageración de su mente. El aula estaba medio vacía, bañada por la luz que entraba por las ventanas altas. Se sentó en su lugar de siempre, dejando la mochila con un suspiro suave, como si eso pudiera descargar la tensión que llevaba encima.
No habían pasado ni cinco minutos cuando su amiga se acercó con una expresión sospechosamente animada.
—Cambiemos de asiento —susurró, inclinándose hacia ella con una sonrisa que no lograba disimular la emoción.
La miró con desconfianza.
—¿Por qué?
—Solo hazlo. Quiero sentarme allí hoy.
No era una petición inocente. Las dos sabían perfectamente cuál era la verdadera razón.
Suspiró, rodando los ojos con resignación.
—Está bien, pero solo hoy.
Intercambiaron lugares rápidamente, entre risas discretas y movimientos apresurados para no llamar la atención. Fue entonces, cuando terminó de acomodarse, que una sensación fría le recorrió la espalda.
Ese no era cualquier asiento.
Ese era el lugar donde él se sentaba.
Y él aún no había llegado.
Miró hacia la puerta, notando que tampoco estaban los demás. Ni su mejor amigo. Ni los otros chicos. Era extraño. Demasiado extraño después de todo lo ocurrido con Suho.
—Es raro que falten todos —murmuró su amiga.
—Sí… no es coincidencia.
El murmullo general aumentó cuando comenzaron a llegar uno por uno, rompiendo el silencio matutino. El aula se llenó poco a poco, hasta que finalmente la puerta volvió a abrirse por última vez.
Entró con paso firme.
Saludó con naturalidad al profesor, pero su mirada no se detuvo en nadie más que en ella. Fue un instante breve, pero suficiente para que notara el cambio en su expresión cuando vio que ya no estaba en su lugar habitual.
No dijo nada.
Simplemente caminó hacia el asiento vacío a su lado.
—Permiso.
Su voz sonó neutra.
—Adelante.
Se sentó sin añadir más palabras.
La clase comenzó, pero la concentración era imposible. Podía sentir su presencia demasiado cerca, la tensión contenida en sus movimientos mínimos, en la forma en que apretaba ligeramente la mandíbula cada vez que ella desviaba la mirada hacia el frente. No sabía si era enojo, celos o algo más profundo, pero estaba claro que el cambio de asiento no le había gustado.
Hubo momentos en que creyó que iba a decir algo, pero se contenía.
Y ese silencio pesaba más que cualquier discusión.
Cuando la clase terminó, el profesor pidió que ambos se quedaran un momento.
El resto salió entre murmullos curiosos.
El encargo fue sencillo en apariencia: debían ayudar a Suho a adaptarse, mostrarle la universidad, explicarle cómo funcionaban los trabajos, los horarios, las evaluaciones.
Aceptó sin pensarlo demasiado.
A su lado, él dejó escapar un suspiro que no pasó desapercibido.
Cuando el profesor se marchó y quedaron solos, el aire pareció volverse más denso.
—¿Por qué aceptaste tan rápido?
No sonaba molesto. Sonaba… inquieto.
Se giró lentamente hacia él.
—Porque no tiene nada de malo ayudar.
—No sabes quién es.
—Y tú tampoco.
Se levantó del asiento y dio un paso hacia ella.
—No me gusta.
—¿Qué no te gusta?
—Que estés tan tranquila con alguien que apareció de la nada.
Su mirada se endureció.
—No actúes como si tuvieras derecho a decidir con quién hablo.
El silencio que siguió fue pesado.
—No es eso —murmuró él, bajando apenas la voz—. Solo tengo la sensación de que algo no está bien.
—Eso no te da permiso para tratarme como si no pudiera pensar por mí misma.
La tensión entre ambos creció.
En un impulso que ni él mismo pareció prever, la sostuvo por los brazos, acercándola un poco más.
—Cállate.
Sus ojos se abrieron, no por miedo, sino por incredulidad.
—Suéltame.
No gritó.
No tembló.
—Y no vuelvas a tocarme así.
Su firmeza lo hizo reaccionar.
La soltó de inmediato, como si hubiera entendido que había cruzado una línea.
Ella recogió sus cosas y salió del aula con pasos rápidos, intentando ordenar el caos que sentía por dentro.
Escuchó que la seguía.
—Espera, no era mi intención.
—Entonces aprende a controlar tus impulsos.
Se detuvo un segundo, girándose apenas.
—No soy algo que tengas que proteger a la fuerza.
Esa frase pareció golpearlo más que cualquier otra.
Antes de que pudiera responder, alguien lo llamó desde el pasillo.
Él dudó.
Ella no.
Siguió caminando sin mirar atrás.
Cuando llegó a casa, intentó convencerse de que solo había sido una discusión más. Nada importante. Nada grave. Pero el nombre seguía resonando en su cabeza.
Suho.
Al mencionarlo frente a su madre, el cambio fue inmediato.
El color abandonó su rostro.
—¿Cómo dijiste que se llama?
—Suho.
El silencio que siguió no fue normal.
Fue pesado.
Fue inquietante.
Su madre se apoyó en la mesa como si necesitara sostenerse.
Un recuerdo antiguo pareció cruzar por sus ojos.
Una noche llena de gritos.
Una amenaza sin rostro.
Una deuda que nadie entendía.
Un nombre pronunciado en medio del caos.
Suho.
—¿Estás segura?
—Sí.
El pasado no siempre desaparece.
A veces solo espera el momento exacto para regresar.
Y tal vez ese momento había llegado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.