My Witness Record

PROLOGO

Con el peso del sol en mis manos

En esta ciudad de calor eterno, donde el aire te golpea la cara con la hostilidad de un insulto y el asfalto exhala los secretos de quienes caminan sin rumbo, hoy siento un frío que me nace en la médula de los huesos. Tengo apenas veinte años y cargo con un alma saturada por cicatrices que no me pertenecen. Soy la hija de un hombre que una vez decidió borrarme de su memoria como quien sacude el polvo de un mueble viejo, dejándome una herencia de ausencias que hoy, a pesar de la calma aparente, sigue doliendo en los días en que mi corazón sangra. Soy la sobreviviente de un amor anterior que me usó como moneda de cambio y me robó el brillo, pero nada, absolutamente nada, me preparó para este impacto. Nada.

Tengo el amor en las manos y me quema con la furia de un metal incandescente. Es un incendio voraz que yo misma alimenté durante esos días en que sus ojos bonitos me juraron un paraíso que resultó ser un campo minado. Él me envolvió en espejismos, y ahora que ha cerrado la puerta en mi rostro con la frialdad de un extraño, no sé dónde soltar este incendio que me consume por dentro. Me he quedado aquí, varada en el umbral de su desprecio, repitiendo al compás de un disco rayado el momento exacto en que sus labios decidieron catalogar mi existencia como un «atraso».

El dieciséis volvió a pasar por mi vida con una fuerza aplastante y destructiva. Es el número maldito en mi calendario, el código de barras de mis tragedias. Un dieciséis despidió a mi abuelo, aquel hombre que dibujaba retratos con el alma y hacía llorar a la guitarra con notas que solo el corazón entiende, dejándome huérfana de su arte y su consuelo. Y ahora, otro dieciséis me arranca de cuajo el derecho a ser amada por esos ojos color sol. Rael Stone. Un demonio con piel de ángel que supo leer con precisión quirúrgica mi hambre de afecto; me ofreció un banquete de promesas celestiales solo para sentarse a observar cómo moría de inanición emocional cuando se cansó de fingir.

Miro el desorden de mi cuarto, ese caos de libros apilados y silencios que es el reflejo exacto de mi mente en ruinas. Dicen que soy madura, que mi inteligencia me hace superior, pero ¿de qué me sirve el intelecto cuando el corazón es un perro mendigo que insiste en lamer la mano que le propinó el último golpe? Mi mente me tortura, arrastrándome de vuelta al segundo en que mis ojos leyeron aquellas palabras donde me decía que yo era un «fastidio» y que jamás me amó.

Yo, que he sobrevivido a la escasez más cruda, al abandono más cínico y a la soledad de las madrugadas, me encuentro aquí, rogándole al cielo que este 17 de noviembre sea el último día de mi existencia. Porque lo más doloroso no es su partida, sino el asco que me da sentirme tan frágil; el saber que, después de que me rompió en mil fragmentos, sigo buscando sus ojos bonitos en cada rincón de mi miseria.

He vuelto a ser la Lía amargada, la de la risa muerta y el alma de piedra. Solo que esta vez, el veneno lo puso él, y yo me lo bebí con la sed de un náufrago, creyendo que era agua bendita.

Soy Lía Sofía Ross Sneider, y esta es la historia de cómo batí el peor de los récords en la carrera de autodestruirme por amor.

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En el texto hay: , desamor, basada en echos reales

Editado: 26.04.2026

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