My Witness Record

Capítulo 1: El arte de fingir que estoy bien

♡LÍA ROSS♡

Abro los ojos y el alivio es una caricia tibia que se derrama en mi pecho. Por un instante efímero, soy la soberana absoluta del tiempo. Me observo en el espejo y me reencuentro con esa versión de mí que tanto añoro: mi cabello luce sus hermosas mechas rubias radiantes, hilos de luz casi celestiales que parecen devolverme la seguridad que la realidad me ha ido robando. Mi uniforme de pasante se ajusta a mi cuerpo con una dignidad que hoy se siente palpable, sin una sola arruga que delate mi caos, reflejando a la profesional que aspiro a ser. Camino hacia la puerta con una ligereza que me hace creer que, finalmente, las piezas de mi existencia han dejado de pelearse entre sí. Hasta que el mundo exterior reclama su parte...

-Lía... ¿Tú no vas a ir a trabajar hoy?

La voz de mi madre rasga el velo de mi fantasía como un golpe seco de realidad. Me doy cuenta de que la alarma no pudo vencer mi cansancio esta vez, entregándome de nuevo al peso de la gravedad y de los compromisos.

Abro los ojos de nuevo, pero está vez de verdad y me prometo pellizcarme la próxima vez que el destino parezca demasiado amable.
El calor de la habitación es una presencia densa, un abrazo asfixiante que me recuerda por qué prefiero dormir aquí, sin ventilador y en penumbras, antes que ceder un centímetro de mi precario intento de independencia. El rubio de mi sueño se ha evaporado; en su lugar, mis dedos se enredan en mi cabello castaño natural, ese que miro con el deseo constante de transformarlo, de volver a ser rubia, como si cambiar el color de mi cabeza pudiera acallar el ruido que hay dentro de ella.

Son las 6:00 AM. El sueño me ha hurtado una hora de vida. Todo el orden de hace un momento era solo una cruel jugarreta de mi subconsciente.

-¡PADRE SANTO! -exclamo, saltando de la cama con la urgencia de quien huye de un incendio.

Me baño con una prisa que duele, sintiendo el agua como agujas de hielo que intentan despertar un alma que todavía desea permanecer bajo las sábanas. Me enfundo en el uniforme, mi armadura diaria. En la cocina me espera Stefanía Sneider, mi madre. A sus 57 años, el tiempo ha trazado surcos profundos en su piel trigueña, algo más clara que la mía. Sus rizos maltratados, de un pelirrojo teñido donde ya asoman las raíces del cansancio, le dan un aire de resistencia. Es pequeña, pero posee un temple inquebrantable que llena cada rincón de la casa.

-Toma, Lía. Tu comida cariño -me dice, extendiéndome los recipientes.

-Muchas gracias, mamá -respondo, forzando una sonrisa que no llega a mis ojos.

Al tomar la comida, el breve contacto de nuestras manos se siente como un recordatorio de todo lo que nos une y el abismo que nos distancia. Aunque caminamos por la casa como extrañas en una tregua silenciosa, ese gesto de prepararme la comida es el único puente que nos queda en las paredes de lo que llamamos hogar. A pesar de las grietas, de los silencios incómodos y de cómo nos hemos distanciado emocionalmente, ella me mantiene en pie mientras yo intento mejorar nuestra situación económica ya que nuestra relación madre e hija no se pudo.

Salgo disparada. El aire de la mañana me recibe con una frescura inusual; es como si el cielo intentara pedirme perdón por mi desastrosa rutina. En mi desesperación por alcanzar el transporte de la empresa, caminé a pasos agigantados, escribiendo un mensaje rápido al grupo del transporte: "¡Ya casi llego, por favor no se vayan!". Sin embargo, mis pies deciden traicionarme. Ante la mirada de algunos vecinos madrugadores, tropiezo de forma estrepitosa. El mundo se inclina violentamente y mis rodillas impactan contra el cemento en una caída épica. Siento el ardor inmediato de la piel rasgada, pero me levanto de un salto, sacudiendo el uniforme y riendo con una mezcla de nervios y vergüenza, intentando que el asfalto no se quede con mis pedazos.

Me coloco los auriculares—esos que me costó una vida comprar pero que son mi vía de escape— , y dejo que las melodías de Babi y Milo J inunden mis oídos. Sus letras no son solo ruido; son el eco de mi propia alma. Me siento tan identificada con esa melancolía cruda, con esa forma de narrar el desorden interno que parece que escribieran basándose en mi propio derrumbe. Mientras camino a paso veloz, el impulso de cantar se apodera de mí. Es un talento heredado, un fuego que corre por mis venas y que no puedo -ni quiero- sofocar.

Canto con la mirada fija en la carretera, dejando que mi voz fluya como un río que busca su cauce. Sé que mi voz es hermosa, posee una melodía que sorprende, pero también soy consciente de que para algunos resulto irritante. No es que cante mal, es la frecuencia incesante con la que lo hago: canto mientras camino, mientras trabajo, mientras respiro. Pero me da igual. En un mundo donde todo se rompe, mi voz es lo único que me pertenece por completo, mi forma de gritarle al silencio que todavía estoy viva.

Al doblar la esquina, diviso la casa de Jade Gill, mi abuela. A sus 65 años, blanca y de cabello corto, castaño, oscuro y canoso, es como mirar mi propio reflejo proyectado en el espejo del tiempo. Sé que tiene un carácter de acero y que sus palabras han dejado cicatrices en mi memoria, pero la quiero a pesar de su amor retorcido. Sin embargo, hoy el reloj es un juez sin clemencia; hoy no tengo tiempo para sus juicios ni para su amor complicado.

-¡Bendición, abuela! ¡Te quiero mucho, voy corriendo! -le grito con una energía eléctrica, lanzándole un beso al aire sin disminuir la marcha.
No es falta de amor, es que la vida me exige una velocidad que no admite estaciones.

Llego al transporte justo a tiempo y, tras siete minutos de tregua donde el frío del asiento intenta calmar mi pulso, entro a la empresa. En el comedor me encuentro con Stacy Brown. A sus 19 años, es una chica blanca, de contextura rellenita y con una preciosa melena de rizos pelirrojos que parecen arder bajo la luz fluorescente. Sus ojos café brillan con una madurez que siempre me devuelve la calma.



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En el texto hay: , desamor, basada en echos reales

Editado: 26.04.2026

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