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๑ RAEL STONE ๑
La alarma marca las 4:00 AM. El silencio de la madrugada es un lienzo en blanco que solo yo parezco habitar en esta casa. Me incorporo lentamente, sintiendo cómo mis sentidos regresan de ese limbo sin nombre que es el sueño. Mientras mis dedos buscan instintivamente el celular, la luz de la pantalla rasga la penumbra, proyectando una danza de notificaciones que ignoro por un momento. Necesito procesar el peso de mi propia existencia antes de entregarme al ruido del mundo, antes de que los demonios que habitan en mi cabeza terminen de despertarse para recordarme lo que prefiero olvidar.
Paseo la mirada por mi habitación y una satisfacción silenciosa se instala en mi pecho. Cada objeto descansa exactamente donde mi voluntad lo ha colocado; el orden aquí no es una casualidad, es mi lenguaje, una extensión de mi propia disciplina. Los libros alineados, el escritorio despejado y cada prenda en su sitio forman un santuario de control en el que me siento seguro. Es mi búnker personal, lejos de los ruidos compartidos y de los recuerdos que a veces amenazan con desbordarse.
Antes de ponerme en pie, extiendo las sábanas con una precisión casi quirúrgica; no soporto el caos, ni siquiera el que dejo al dormir, porque el caos externo es lo único que puedo dominar cuando el interno se vuelve ingobernable.
Apago el aire acondicionado y el último rastro de ruido eléctrico muere, dejándome a solas con mis pensamientos. Me dirijo al baño y dejo que el agua me golpee. Está fría, una columna de hielo que recorre mi espalda, pero ya estoy acostumbrado a su rigor; es el primer choque de realidad necesario para anestesiar esas sombras que, en la quietud de la noche, suelen gritarme cosas de mi pasado que no quiero escuchar.
Al salir, envuelto en la suavidad de mi bata de baño, me deslizo hacia la cocina. Cocinar es uno de los pocos momentos donde siento que el control y la creatividad bailan en sintonía; se me da terriblemente bien. Con movimientos fluidos, preparo unos sándwiches nutritivos para el desayuno y, para el almuerzo, sello unas pechugas de pollo que acompañaré con arroz y ensalada cruda. El toque final, el que nunca falta, es mi jugo de piña con esas gotas de limón que tanto amo y que le dan el equilibrio perfecto. Empaco todo en mis viandas con esmero, intentando que este orden culinario calme el desorden de mi alma.
Regreso a mi habitación para vestirme con la ropa ya preparada de antemano, debidamente lista y planchada. Al terminar, me detengo frente al espejo y veo mi reflejo. No puedo evitar que una breve sonrisa asome a mis labios; no está nada mal. Me he encargado de cuidar muy bien mi aspecto físico, pero mientras observo la firmeza de mi postura, un sabor amargo me invade. Me siento orgulloso de este envase, de esta armadura de piel y hueso que he construido, pero no puedo decir lo mismo de la forma en la que me siento por dentro. Quisiera sentirme igual de orgulloso de mi personalidad, pero sigo luchando contra esos demonios que me dicen que no soy suficiente.
Miro mi cabello castaño claro y paso los dedos por su liso envidiable. Cualquier distraído diría que es marrón, pero yo sé distinguir los matices que lo hacen único. Ya roza mi cuello, pidiendo un corte que por ahora no le daré, así que lo peino sin dejar de lado ese poco de desorden característico que siempre acompaña mi cabellera. Una vez que me siento conforme con mi apariencia, procedo a preparar mi morral con todo lo que necesitaré para la jornada, asegurándome de que nada falte en mi equipo.
Antes de salir, paso por la habitación de mi madre, Elena de Valverde. Ella ya está despierta, moviéndose con esa lentitud elegante de quien ha aprendido a caminar sobre las espinas de la vida. Su rostro refleja el peso de los años en líneas de expresión que son mapas de resistencia. Nos parecemos tanto que a veces me asusta, aunque nuestras miradas sean mundos distintos: la suya, de un café profundo y protector; la mía, de ese color miel con vetas verdosas que siempre parece estar buscando una salida.
-¿Ya tienes todo, hijo? -me pregunta con esa voz dulce.
-Todo bajo control, mamá -le respondo acercándome para darle un beso cálido en la frente.
-Ve con cuidado, Rael. Disfruta del sol, que a veces te encierras demasiado en ti mismo.
-Te quiero, mamá. Nos vemos más tarde.
Ya en la calle, el aire fresco me espabila. Camino hacia el punto de recogida del bus, intentando sincronizar mis pasos para no dejar espacio a los pensamientos intrusivos. Intento no pensar en lo que he vivido, en esas cicatrices que no se ven. Saco el teléfono para distraerme y noto que mi mejor amigo, Matt Stranger aparece en una toma de medio lado; es un tipo con su atractivo, con esa piel clara que resalta sobre su cabello negro azabache. Sus ojos negros, tras el cristal de sus gafas, tienen esa profundidad de quien prefiere observar antes que hablar. Matt es mi sombra, el silencio que me acompaña, un chico de 18 años tan reservado que su sola presencia se siente como una fortaleza inexcusable, el único silencio que no me juzga.
"Matty Bro🥸"
Rael: Esa foto de perfil... ¿Ahora eres modelo de catálogo de gafas o qué? Te ves más serio que de costumbre, bro. 😂
Matt: Es la cara que pongo cuando sé que me vas a despertar a las 4 AM con tus mensajes.
Rael: No te quejes, que ya tengo el jugo de piña listo. Ni se te ocurra acercarte a mis viandas, que te conozco.
Matt: Traje galletas para
el camino, pero ya veremos si tu pollo sobrevive a mi hambre. Ya estoy llegando al punto de encuentro. Nos vemos allá, bro.