El patio de la escuela provincial de Valle Sombrío era un rectángulo de cemento agrietado rodeado por un alambrado oxidado y árboles de hojas secas que crujían con el viento. Durante el recreo, el ruido de los gritos y las corridas de los chicos llenaba el aire, pero para Leo, el lugar se sentía como un coliseo romano donde él siempre terminaba siendo la presa.
Leo estaba sentado en un banco de madera astillada, apartado de los demás, con su cuaderno de hojas cuadriculadas sobre las rodillas. Lápiz en mano, dibujaba trazos rápidos y firmes.
—¿Qué hacés, Leo? —La voz de Santi lo sobresaltó.
Santi era un chico menudo, de anteojos redondos y un eterno remolino en el pelo, que se había acercado junto a Mía y Javi. Los tres formaban el grupo de los "marginados" del grado, los únicos que le habían dirigido la palabra a Leo desde su llegada. Mía, con sus zapatillas gastadas y una mirada perspicaz, se asomó por encima de su hombro para ver el cuaderno.
—Es... un hombre alto —dijo Mía, ladeando la cabeza—. Pero no tiene cara. O sea, tiene ojos, pero no nariz ni boca. ¿Quién es?
—Se llama Kael —respondió Leo sin levantar la vista, sombreando la gabardina oscura del dibujo—. Es mi amigo. Llegó anoche a mi casa.
Javi, que estaba comiendo un alfajor, soltó una carcajada corta.
—Che, ¿un amigo invisible a los nueve años? Estás un poco grande para eso, ¿no?
—No es invisible —replicó Leo, y por primera vez, sus amigos notaron una frialdad inusual en su tono de voz, una seguridad que no encajaba con el chico tímido que se escondía detrás de los flequillos—. Él me dijo que hoy no me iba a pasar nada. Que él se iba a encargar.
Santi y Mía se miraron de reojo, incómodos. Antes de que pudieran decir algo más, una sombra proyectada sobre el cuaderno de Leo les congeló la sangre.
—Miren quién está acá. El rarito de la ciudad con sus dibujitos idiotas.
Era Renzo. Tenía doce años, repetidor, una cabeza más alto que cualquiera de ellos y el cabecilla de los chicos que disfrutaban haciendo llorar a Leo. Detrás de él estaban sus dos sombras habituales, riéndose por inercia. Renzo estiró la mano de un zarpazo y le arrebató el cuaderno a Leo.
—A ver qué dibujás, tarado... —Renzo miró la hoja y arrugó la nariz con desprecio—. Qué asco. ¿Esto es un monstruo? Te combina bastante bien.
—Devolvémelo, Renzo —pidió Leo. No lloraba, no temblaba. Su voz era plana, casi desprovista de emoción, lo que pareció enfurecer más al acosador.
—¿Y si no quiero qué? ¿Vas a llorar con tu mamá? —Renzo tiró el cuaderno al suelo y lo pisó con su zapatilla embarrada, refregándolo contra el cemento—. Sos un infeliz, Leo. Nadie te quiere acá.
Mía dio un paso al frente para defenderlo, pero Javi la agarró del brazo, asustado. Renzo se inclinó hacia Leo, invadiendo su espacio, buscando la mirada de pánico que siempre encontraba.
Pero Leo no lo miraba a él. Miraba fijamente un punto en el espacio, justo detrás del hombro izquierdo de Renzo.
—Kael dijo que no tenías que hacer eso —murmuró Leo en un susurro.
—¿Quién carajo es Ka...?
Renzo no pudo terminar la frase.
El ambiente en el patio cambió de golpe. El bullicio de los demás chicos pareció alejarse, apagándose como si estuvieran bajo el agua. El aire se volvió tan denso y helado que Santi vio el vapor salir de su propia boca. Un olor rancio, como a carne vieja y tierra húmeda, se apoderó del rincón del banco.
De la nada, una ráfaga de viento helado barrió el patio, levantando polvo y hojas secas. Pero lo verdaderamente aterrador ocurrió con la sombra de Renzo.
En el cemento, la sombra del acosador ya no imitaba sus movimientos. De la silueta oscura de sus hombros parecieron brotar dos extremidades largas, dos manos de sombra con dedos hipertrofiados y afilados que se elevaron por la pared del alambrado y luego bajaron velozmente hacia los pies del propio Renzo.
¡CRACK!
El sonido de un hueso rompiéndose resonó con una nitidez espantosa.
Renzo soltó un alarido inhumano, un grito de dolor puro que desgarró el aire del colegio. Sus rodillas cedieron y cayó al suelo de cemento, tomándose el tobillo derecho, que ahora estaba doblado en un ángulo completamente antinatural.
—¡Mi pierna! ¡Me rompió la pierna! —aullaba Renzo, retorciéndose en el suelo, con el rostro pálido y cubierto de sudor frío—. ¡Me empujaron! ¡Alguien me agarró el pie!
Sus dos amigos retrocedieron, aterrorizados, mirando a su alrededor. No había nadie cerca. Leo seguía sentado en el banco, inmóvil. Santi, Mía y Javi estaban a dos metros de distancia, paralizados por el shock. Nadie había tocado a Renzo. Había caído sobre su propio peso, como si una fuerza invisible le hubiera quebrado el hueso desde abajo.
Los profesores corrieron hacia el patio al escuchar los gritos de dolor. En medio del caos, las corridas y las órdenes de que todos volvieran a las aulas, Santi miró a Leo.
Leo se había agachado para recoger su cuaderno del suelo. Le sacudió la tierra con la mano, con total tranquilidad. Luego, levantó la vista hacia Santi y le dedicó una sonrisa pequeña, casi cómplice.
—Te dije que Kael me cuida —dijo Leo en voz baja.
Santi sintió un escalofrío que le recorrió toda la espina dorsal. Miró hacia la esquina del alambrado, donde la niebla de la mañana parecía haberse concentrado en una columna de oscuridad espesa. Por una fracción de segundo, juró ver dos puntos de luz azul parpadear en el centro de la bruma, mirándolo directamente a él.