El zumbido del teléfono de línea en la oficina de Elena rompió el tenso silencio de la tarde. Ella soltó la lapicera y atendió de inmediato, con esa opresión en el pecho que solo sienten las madres cuando intuyen que algo anda mal.
—¿Hola? ¿Elena Vásquez? Habla la directora Martínez, de la escuela de Leo.
—Sí, directora, ¿pasó algo? —preguntó Elena, enderezándose en la silla.
—Hubo un incidente en el recreo, señora Vásquez. Un alumno de séptimo grado, Renzo Galarza, sufrió una fractura expuesta de tobillo bastante grave. Ya se lo llevó la ambulancia.
Elena exhaló un suspiro de alivio mezclado con pena.
—Oh, qué horror... pero, ¿Leo está bien?
Hubo una pausa del otro lado de la línea. Una pausa larga, pesada, cargada de una incomodidad palpable.
—Físicamente, Leo no tiene un rasguño —dijo la directora, midiendo cada palabra—. Pero lo llamo porque varios chicos que presenciaron el hecho... bueno, están muy asustados. Dicen que Leo estuvo involucrado. Que antes de que el chico cayera, Leo lo amenazó nombrando a alguien. Un tal... Kael. Y los amigos de su hijo están en un estado de crisis nerviosa que no podemos controlar. Nos gustaría que mañana a primera hora usted y su esposo vengan a una reunión.
Cuando Elena colgó el teléfono, sentía las manos heladas. La teoría del "mecanismo de defensa inofensivo" que Tomás había defendido esa mañana se estaba cayendo a pedazos.
Mientras tanto, a unas pocas cuadras de la escuela, el ambiente en la plaza del pueblo era tétrico. El sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas, tiñendo el cielo de un color púrpura herrumbre.
Santi, Mía y Javi estaban sentados en círculo sobre el pasto seco, cerca de unos juegos infantiles oxidados. Ninguno había tocado sus bicicletas.
—Yo sé lo que vi —insistió Santi, con la voz temblorosa, ajustándose los anteojos que se le resbalaban por el sudor—. La sombra de Renzo se movió sola. Se estiró hacia arriba por el alambrado. Tenía... tenía dedos, Javi. Dedos largos como garras.
—¡Dejate de joder, Santi! —Javi caminaba de un lado a otro, devorándose las uñas—. Renzo se pisó el cordón de la zapatilla, se tropezó y se rompió la pierna porque es un gordo bruto. Eso fue lo que pasó. Es lo lógico.
—¿Y el frío? —lo cortó Mía, clavándole una mirada afilada—. ¿Y el olor a podrido que apareció de golpe? Javi, yo estaba al lado tuyo. Se nos congeló el aliento en pleno mediodía. Y lo peor no fue eso. ¿Le vieron la cara a Leo?
Los tres se quedaron callados. El recuerdo de la tranquilidad de Leo, de su sonrisa casi mística mientras limpiaba su cuaderno embarrado, les erizaba la piel.
—Leo dijo que Kael lo cuidaba —susurró Santi, abrazándose las piernas—. Anoche, cuando fui al baño en mi casa, miré por la ventana hacia la colina donde está la casonas de sus abuelos. No había luces prendidas, pero juraría que en el techo, recortada contra la luna, había una silueta altísima. Estaba quieta, mirando hacia el pueblo. Pensé que era una chimenea... pero las chimeneas no se agachan.
—Tenemos que dejar de juntarnos con él —sentenció Javi, con el miedo transformado en rabia—. Ese chico está maldito. Trajo algo raro de la ciudad. Si nos quedamos cerca, nos va a pasar lo mismo que a Renzo.
—No podemos dejarlo solo —replicó Mía, aunque sus propios ojos reflejaban terror—. Es nuestro amigo. Además... ¿vieron cómo nos miró Leo antes de subirse al micro? No nos miró mal. Nos miró como si... como si Kael también supiera quiénes somos nosotros.
Un crujido fuerte entre los árboles secos de la plaza los hizo saltar a los tres. El viento sopló de golpe, arrastrando una oleada de ese mismo olor rancio y húmedo que habían sentido en el patio del colegio. Las hamacas de metal de la plaza, completamente vacías, comenzaron a balancearse hacia adelante y hacia atrás con un chirrido agudo. Iiii-áaaa, iii-áaaa.
—Me voy a mi casa —dijo Javi, pálido, subiéndose a su bicicleta de un salto y pedaleando como si lo persiguiera el mismísimo diablo.
Santi y Mía lo siguieron de inmediato, sintiendo en sus espaldas la insoportable sensación de que algo, oculto entre la negrura de los árboles que rodeaban la plaza, los estaba midiendo, calculando el peso de sus miedos.
Al caer la noche, la casonas de Valle Sombrío parecía devorar la poca luz que quedaba.
Tomás y Elena cenaban en un silencio sepulcral. Leo ya estaba en su habitación, supuestamente durmiendo. Elena le había contado a su esposo la llamada de la directora, y esta vez, Tomás no había intentado buscar una excusa eléctrica o de infraestructura. Tenía la mirada perdida en su plato de sopa.
—Mañana voy a ir con vos a la escuela —dijo Tomás finalmente, con voz ronca—. Esto se está saliendo de las manos. Si Leo está sufriendo brotes psicóticos o delirios persecutorios que derivan en violencia o en... no sé, en sugestión colectiva, tenemos que internarlo o buscar un psiquiatra en la ciudad.
—No sé si es un brote, Tomás —murmuró Elena, frotándose las sienes—. Revisé la habitación de Leo mientras él se bañaba. Encontré un libro viejo debajo de su colchón. Está escrito en caracteres que parecen tibetanos o sánscritos, pero tiene notas marginales en castellano. Habla de la creación de entidades... tulpas. Formas de pensamiento que cobran vida.
Tomás soltó una risa amarga, nerviosa.
—Elen, sos científica. No me vas a salir con brujería ahora.
—No es brujería, es... —Elena se interrumpió al escuchar un sonido sutil.
Tap. Tap. Tap.
Venía del piso de arriba. Del ático. Pero no eran pasos. Era el sonido rítmico de algo golpeando el techo de madera, justo encima de donde ellos estaban sentados.
Tomás se levantó de la silla, harto.
—Voy a subir. Voy a ponerle tres candados a esa maldita puerta y voy a sacar ese libro de la casa.
Agarró una linterna pesada de la cocina y subió las escaleras con paso firme. Elena lo siguió de cerca, con el corazón en la boca. Llegaron al pasillo del piso superior. La puerta del ático estaba cerrada, y el candado nuevo que Tomás había puesto esa tarde seguía en su lugar, cerrado.