Nacido de mí mente

Capitulo 5: La lógica de la locura

​Elena no durmió en toda la noche. Pasó las horas en vela, sentada en el borde de la cama, mirando de reojo la puerta del dormitorio mientras Tomás daba vueltas entre sábanas sudorosas, atrapado en una pesadilla de la que despertó gritando a las cuatro de la mañana. Ninguno de los dos volvió a mencionar la palabra en el espejo, pero el miedo flotaba entre ellos como un gas invisible y asfixiante.

​A las ocho de la mañana, el silencio en el auto de camino a la escuela era sepulcral. Leo iba en el asiento trasero, mirando por la ventanilla el paisaje brumoso de Valle Sombrío. Tenía una serenidad casi angelical que contrastaba de forma grotesca con los rostros demacrados de sus padres.

​La reunión en la dirección de la escuela fue un despliegue de diplomacia incómoda. La directora Martínez, una mujer de cabello canoso y ojos cansados, los recibió con tazas de café que nadie tocó.

​—Agradezco que hayan venido tan rápido —comenzó la directora, entrelazando las manos sobre su escritorio—. El estado del alumno Renzo es estable, pero la fractura fue limpia y severa. Sus padres están furiosos. Amenazan con denunciar al colegio y... a su hijo.

​—Directora —intervino Elena, forzando su mejor tono profesional de psicóloga—, entiendo la gravedad de la situación, pero mi hijo no tocó a ese chico. Estaba a metros de distancia. Hubo testigos.

​—Los testigos son el problema, señora Vásquez —la directora suspiró y sacó una carpeta—. Hablé con tres alumnos que estaban allí: Santiago, Mía y Javier. Los chicos están aterrorizados. No acusan a Leo de un empujón físico. Dicen cosas... delirantes. Hablan de una sombra, de un frío repentino y de que Leo comanda a una especie de "entidad" llamada Kael.

​Tomás se removió en su silla, apretando los puños. La palabra Kael resonó en la oficina como un latigazo.

​—Es una sugestión colectiva infantil —dijo Tomás, con la voz más firme que pudo impostar—. Leo inventó un amigo imaginario para defenderse del acoso que sufría en este colegio, un acoso que ustedes no supieron ver ni detener. Es normal que los otros chicos, por culpa del remordimiento o el shock de ver una fractura, asocien el accidente con las fantasías de mi hijo.

​La directora Martínez miró a Tomás con una mezcla de lástima y severidad.

​—Señor Vásquez, yo nací en este pueblo. Conozco esta casona donde ustedes viven; perteneció a sus abuelos. Sé que las historias de Valle Sombrío a veces son... particulares. No soy una mujer supersticiosa, pero les sugiero una cosa: mantengan a Leo en casa por el resto de la semana. Oficialmente, es una suspensión preventiva por alteración del orden. Extraoficialmente... les aconsejo que cuiden a su hijo. Los chicos de aquí repiten lo que escuchan en sus casas, y los rumores en los pueblos pequeños se convierten rápido en hogueras.

​El viaje de regreso a la casa fue aún más tenso. Tomás manejaba con los nudillos blancos sobre el volante, acelerando más de la cuenta en el camino de ripio.

​Cuando entraron a la casona, Leo se bajó del auto sin decir palabra y caminó directamente hacia el porche. Antes de entrar, se dio la vuelta hacia su madre.

​—Mamá, ¿por qué la directora está enojada conmigo? Yo no le hice nada a Renzo. Fue Kael. Kael no tolera que la gente mala me toque. Deberían estar agradecidos.

​Elena sintió que se le helaba la sangre. Se agachó para quedar a la altura de su hijo, tomándolo suavemente por los hombros.

​—Leo, escúchame bien —le dijo, tratando de que su voz de madre no temblara—. Kael no es real. Es un personaje que tu mente inventó porque te sentías solo y asustado. Pero las cosas llegaron demasiado lejos. Ese libro que encontraste en el ático...

​—El libro dice la verdad —la interrumpió Leo, con una frialdad que no correspondía a un niño de nueve años. Sus ojos castaños parecieron oscurecerse—. Al principio yo lo imaginaba, sí. Pero ahora él ya no necesita que lo imagine todo el tiempo. Él ya sabe cómo existir. Tiene hambre, mamá. Se alimenta de lo que yo siento. Y hoy... hoy siente que ustedes le tienen miedo.

​Leo se soltó del agarre de Elena con un movimiento seco y entró a la casa, dejando la puerta abierta.

​Elena se quedó de rodillas en el porche, temblando. Tomás se acercó a ella y la ayudó a levantarse. Su rostro de arquitecto, siempre aferrado a los planos, las medidas y la lógica de los materiales, estaba desencajado.

​—Elen... lo que vimos en el espejo anoche —susurró Tomás, mirando hacia el interior de la casa oscura—. No fue una alucinación nuestra. Yo... yo sentí el frío en la nuca. Sentí el olor.

​—Es un tulpa, Tomás —dijo Elena, limpiándose una lágrima de frustración—. Revisé mis libros de la facultad y textos de antropología hoy a la madrugada. En el misticismo oriental, si una mente vierte suficiente energía, obsesión y trauma en una idea, esa idea cobra una densidad cuasi-física. Se independiza de su creador. Y Leo está herido. Creó un protector basado en su dolor.

​—Si lo creó con la mente, tiene que haber una forma de destruirlo con la mente —dijo Tomás, con una determinación desesperada—. Quemamos el libro. Borramos los dibujos. Obligamos a Leo a olvidarlo.

​—No es tan fácil —respondió Elena, recordando las advertencias del texto antiguo—. Un tulpa independiente no se deshace solo con desearlo. Si intentamos obligar a Leo a olvidarlo por la fuerza, Kael se va a defender. Y ya vimos lo que le hizo a Renzo sin siquiera tocarlo. Kael está atrapado en esta casa, con nosotros. Y ahora sabe que queremos eliminarlo.

​En ese momento, desde la planta alta, se escuchó un ruido espantoso. El sonido de un mueble pesado siendo arrastrado por el piso del ático, seguido por el llanto repentino y ahogado de Leo en su habitación.

​Tomás y Elena se miraron. La tregua con la entidad había terminado. La criatura que su hijo había hecho con pensamientos estaba reclamando su territorio, y los padres acababan de convertirse en los enemigos públicos de una sombra.




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