La suspensión de Leo convirtió a la casona de Valle Sombrío en un búnker de silencio. Tomás pasó el resto de la tarde clavando listones de madera gruesa sobre la puerta del ático, reforzando el marco con tornillos largos hasta que sus manos se ampollaron. Cada golpe de martillo resonaba por los pasillos como un disparo, pero del otro lado de la madera ya no se escuchaban golpes. Solo un silencio denso, pesado, casi espectante.
Leo se había encerrado en su habitación. No lloraba, no protestaba. Elena intentó hablar con él, aplicar sus herramientas terapéuticas para desarmar el delirio, pero el niño se limitaba a mirar la pared vacía, hamacándose suavemente en el borde de la cama.
—Está ganando autonomía —le susurró Elena a Tomás en la cocina, mientras la noche devoraba los campos—. El aislamiento lo está empeorando. Leo no está interactuando con el mundo real, solo con él. Su mente es un circuito cerrado que alimenta a Kael las veinticuatro horas del día.
—La puerta del ático está sellada —respondió Tomás, limpiándose el sudor y el polvo de la frente—. Físicamente, nada puede salir de ahí.
—Tomás, esa cosa no está hecha de madera ni de ladrillos —dijo Elena con una mueca de desesperación—. Está hecha de pensamientos. ¿Cómo bloqueás un pensamiento?
A tres kilómetros de allí, en el pueblo, el terror había encontrado otra forma de propagarse.
Santi se despertó sobresaltado en medio de la noche. Su habitación estaba sumida en una oscuridad total. El tic-tac del despertador en su mesa de luz parecía haber disminuido su velocidad, volviéndose un eco lento y distorsionado. Tiiiiic... taaaaac...
Tenía frío. Un frío tan intenso que le dolían los dientes. Cuando intentó sentarse en la cama, descubrió con horror que sus extremidades no le respondían. Parálisis del sueño. Su mente estaba despierta, pero su cuerpo era un trozo de piedra.
El olor llegó primero. Ese olor rancio a carne vieja, humedad y tierra de cementerio.
En la esquina de su cuarto, al lado del ropero, la oscuridad comenzó a espesarse, cobrando una altura imposible. Una silueta de hombros anchos y gabardina fluida, hecha de pura negrura, se desprendió de la pared. No caminaba; se deslizaba por el suelo con una lentitud que destrozaba los nervios.
Santi intentó gritar, pero de su garganta solo salió un gemido ahogado.
La entidad se detuvo al lado de su cama. Era tan alta que su cabeza tocaba el techo. No tenía rostro, pero Santi pudo sentir una mirada implacable clavada en él. Entonces, la criatura estiró un brazo. Una mano con dedos desproporcionados, largos y delgados como ramas secas, se posó suavemente sobre la frente del chico.
La mano estaba helada, pero el contacto no quemaba por el frío; quemaba por la cantidad de imágenes que inundaron la mente de Santi en un segundo. Vio la casona de los abuelos de Leo, vio el ático oscuro, vio un espejo roto y vio a Leo atrapado en el fondo de un pozo negro, gritando sin voz.
—No hablen de mí —susurró una voz dentro de la cabeza de Santi. No era un sonido real; era un eco profundo, como si una roca colosal se arrastrara sobre el fondo del mar—. No intenten apartarlo. Él es mío. Si interfieren... los romperé como a Renzo.
Dos puntos de luz azul, gélidos y parpadeantes, se encendieron en el rostro sin facciones de la aparición.
Santi cerró los ojos con fuerza, rezando mentalmente, llorando en la inmovilidad de su pesadilla, hasta que el aire volvió a sus pulmones de golpe y pudo soltar un alarido que despertó a sus padres en la habitación de al lado.
A la mañana siguiente, Santi llegó a la plaza del pueblo media hora antes de que abriera la escuela. No tenía el uniforme completo y arrastraba los pies por la falta de sueño. Mía ya estaba esperándolo en el banco de madera.
Cuando Santi la vio, se le oprimió el pecho. Mía tenía los ojos rojos, hinchados de haber llorado, y las manos le temblaban tanto que apenas podía sostener su mochila.
—Vino a mi casa, Santi —dijo Mía antes de que él pudiera saludarla. Su voz era un hilo quebrado—. Anoche. No me pude mover. Entró por el placard. Era alto, tenía una campera larga y me tocó la cabeza. Me dijo...
—Que no hablemos de él —completó Santi, dejándose caer a su lado.
Mía lo miró con los ojos abiertos por el espanto.
—¿A vos también?
—Sí. Y apuesto a que a Javi también, pero hoy no vino a la escuela. Llamé a su casa antes de salir y su mamá me dijo que Javi tiene fiebre muy alta y no para de delirar con un "hombre de negro" en el techo.
Mía se tapó la boca con las manos, ahogando un sollozo.
—¿Qué está pasando, Santi? Leo creó un monstruo. Nos está buscando a todos.
—No fue Leo —dijo Santi, apretando los dientes para no temblar—. Leo es nuestro amigo. Es esa cosa... Kael. Se está volviendo más fuerte porque todos en el pueblo están hablando del accidente de Renzo. Todos están pensando en lo que pasó en el recreo. Kael se está alimentando del miedo de todo Valle Sombrío.
Mía miró hacia la colina, donde la silueta de la casona se recortaba contra el cielo gris de la mañana.
—Los padres de Leo no saben a qué se enfrentan —susurró Mía—. Creen que Leo está loco, pero no saben que el monstruo ya salió de la casa. Tenemos que avisarles, Santi. Si Kael nos hace esto a nosotros desde lejos... ¿qué les estará haciendo a ellos que duermen bajo el mismo techo?
Santi miró su reloj. Faltaban minutos para el timbre de entrada, pero sabía que si cruzaba esa puerta, la culpa y el miedo no lo dejarían respirar. Miró a Mía y asintió.
Iban a ratearse de la escuela. Iban a subir la colina. Tenían que hablar con Elena y Tomás antes de que Kael decidiera que ya no necesitaba esconderse en las pesadillas.