Tomás contemplaba la puerta de la habitación de Leo con el martillo todavía pesado en la mano derecha. No se atrevía a guardarlo en la caja de herramientas. Eran las diez de la mañana y la casona estaba sumida en una penumbra artificial, con todas las persianas bajas por orden de Elena.
—Tomás, tenés que ver esto —el susurro de Elena llegó desde el interior del cuarto del niño. Su voz no era la de la psicóloga analítica; era la de una mujer que empezaba a dudar de su propia cordura.
Tomás entró despacio. Leo no estaba; Elena lo había mandado al jardín trasero a juntar hojas secas bajo la estricta vigilancia de la ventana de la cocina. El cuarto estaba helado. A pesar de que el radiador funcionaba al máximo, el frío estaba en el aire.
En el suelo, justo al lado de la cama de Leo, la madera estaba blanca, cubierta por una fina capa de escarcha helada. Y grabadas en la escarcha, nítidas y profundas, se extendían tres huellas consecutivas de zapatos grandes. Avanzaban desde la pared desnuda —la que colindaba con la chimenea del ático— y se detenían justo al lado de la almohada del niño.
—Anoche estuvo acá —dijo Elena, abrazándose a sí misma para contener el temblor—. Durmió al lado de nuestro hijo, Tomás. La puerta del ático está sellada, la de la entrada tiene cerrojo... Esta cosa no respeta las estructuras físicas. Está usando la mente de Leo como un puente.
—Si no puedo frenarlo con madera, lo voy a frenar con fuego —rugió Tomás, con una furia nacida del miedo más puro—. Voy a subir, voy a romper mis propios listones y voy a quemar ese espejo, los muebles de la abuela y todo lo que haya ahí arriba.
¡Toc, toc, toc!
El violento golpe en la puerta principal de la casa los hizo saltar a ambos. El sonido rebotó en las paredes altas del pasillo como un trueno. Tomás apretó el mango del martillo y caminó hacia la entrada, con Elena pisándole los talones.
Al abrir la puerta de madera pesada, Tomás se quedó estupefacto. No era la policía, ni los padres enfurecidos de Renzo. Eran dos nenes de la escuela, con los uniformes desprolijos y las caras pálidas por el esfuerzo de haber subido la colina corriendo.
—¿Santiago? ¿Mía? —Elena los reconoció de inmediato por las fotos del colegio—. ¿Qué hacen acá? Deberían estar en clase.
Santi, que todavía intentaba recuperar el aire, dio un paso al frente, ajustándose los anteojos.
—Señora Vásquez... señor Tomás... vinimos por Leo —dijo Santi, con la voz entrecortada—. Pero más que nada, vinimos por él. Por Kael.
Tomás y Elena se miraron, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Tomás bajó lentamente el martillo.
—Pasen —dijo con gravedad—. Ahora mismo.
La cocina de la casona se sentía un poco más segura, pero la tensión era casi sólida. Elena les sirvió dos vasos de agua a los chicos, cuyas manos temblaban tanto que el vidrio tintineaba contra la mesa.
—¿Cómo saben ese nombre? —preguntó Elena, yendo directo al grano, sentándose frente a ellos.
—Porque anoche estuvo en nuestras casas —respondió Mía, con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. No fue un sueño, señora. Yo sé lo que es una pesadilla, pero esto... esto se sentía real. Se sentía helado. Nos tocó la cabeza a los dos. A Javi también, y ahora está enfermo con fiebre. Kael nos prohibió hablar de él. Nos dijo que si intentábamos alejarlo de Leo, nos iba a romper como a Renzo.
Tomás se agarró la cabeza con las manos, soltando un gemido ahogado. La confirmación de los chicos destruía cualquier intento de explicación científica que Elena hubiera querido mantener. No era una psicosis compartida; la criatura operaba fuera de los límites de la casa.
—¿Qué les hizo ver? —inquirió Elena, forzando su mente a trabajar en modo de investigación.
—Me mostró el ático —dijo Santi, mirando el techo con temor—. Y me mostró a Leo... como si estuviera atrapado en el fondo de un pozo oscuro. Kael dijo que Leo era suyo. Señora, Leo no inventó un amigo. Creó un monstruo que se está alimentando de los miedos de todo el pueblo. Cada vez que los grandes hablan de lo que le pasó a Renzo en el recreo, esa cosa se vuelve más grande.
—Es un circuito de retroalimentación —murmuró Elena, mirando a Tomás—. El pueblo le está dando la energía que Leo ya no puede suministrarle solo. Por eso está saliendo de la casa.
En ese momento, la puerta de la cocina que daba al patio trasero se abrió lentamente. Leo entró arrastrando los pies, con un balde de plástico lleno de hojas secas. Al ver a Santi y a Mía sentados a la mesa, sus ojos se iluminaron por una fracción de segundo, pero la alegría fue reemplazada casi de inmediato por una expresión de profunda tristeza.
—No debieron venir —dijo Leo, quedándose de pie en el umbral.
—Leo, vinimos a ayudarte —dijo Mía, intentando acercarse, pero Santi la detuvo del brazo.
—No están ayudando —replicó Leo. Su voz bajó un tono, adquiriendo esa cadencia madura y fría que a Elena le ponía los pelos de punta—. Kael está muy enojado. Sintió que subían la colina. Sabe que le fallaron, que hablaron de él.
De repente, las hornallas de la cocina de gas se encendieron solas, soltando llamaradas azules que lamieron el aire con un siseo violento. El agua de los vasos de Santi y Mía comenzó a vibrar, creando ondas concéntricas rápidas.
—¡Leo, basta! —gritó Tomás, poniéndose de pie y colocándose entre su hijo y los otros dos nenes—. ¡Dile a esa cosa que pare! ¡Esta es mi casa!
Leo miró a su padre. Había lágrimas reales corriendo por las mejillas del niño, pero su rostro permanecía extrañamente inmóvil, como si sus músculos no respondieran a su propia voluntad.
—Yo ya no puedo pararlo, papá —susurró Leo—. Kael dice que ya no soy su creador. Dice que ahora... él es mi papá.
Un golpe seco y brutal sacudió el piso de la cocina desde abajo, proveniente del sótano, seguido por el sonido de algo metálico arrastrándose por las tuberías hacia las paredes de la habitación. Kael ya no estaba solo en el ático. Estaba rodeándolos.